lunes, 9 de octubre de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.37

"No fuiste el amor de mi vida, ni de mis días,
 ni de mis momentos. Pero te quise,
 y te quiero,
 aunque estemos destinados a no ser". 
Julio Cortázar 

Imanol no se turbó al descubrir en la vera del camino principal que llevaba a su laboratorio al negro Tadeo maniatado y custodiado por dos vigilantes armados.
Esa noche, luego de brindar con un excelente champagne francés por la muerte de su hermana, a quien  hacía tiempo que deseaba sacar de su vida, se encargó de las dos sirvientas, mujeres entrometidas y cargosas. No las soportaba y ahora gozó con la idea de someterlas a su placer. Por supuesto que no era una placer sexual sino...
Pasó la lengua por sus labios, reteniendo el exquisito sabor frutado de la bebida. Suspiró fascinado. La botella vacía determinó que la hora de la diversión comenzaba. Miguelito podría esperar. "El será la frutilla del postre, como solía decir la estirada de mi abuela", pensó con cinismo.
Fue por su dormitorio con el fin de buscar su maletín de cuero negro. Lo abrió y constató tener todo cuanto necesitaba. Abrió con delicadeza la pequeña y alargada caja de plata. En su interior forrado de terciopelo azul destacaban los cuatro bisturíes y dos tijeras. "¡Gottfried, mon ami! Gracias a tu genialidad y pericia hoy disfruto de estos maravillosos instrumentos que me abren las puertas del saber", exclamó radiante al recordar a sus gran amigo Gottfried Jetter, un maestro cuchillero que encauzó la comercialización de instrumentos quirúrgicos en Francia y al que conoció una espléndida tarde de primavera mientras paseaba por la ribera del Sena con su amado Jean.
Al pensar en su amante, una sombra de tristeza le nubló el corazón provocando que lágrimas indiscretas reptaron por sus mejillas teñidas por una barba incipiente, oscura como sus pensamientos.
"Jean, no quise traicionarte. Solo que la soledad en que me dejaste me llevó a buscar otro amor, un amor que calmara  mi sed de ti, mon chéri. Pero él nunca me correspondió por más que intenté, siempre ignoró mis sentimientos, me humilló. ¡Desalmado Rafael! Pero hoy me cobraré venganza y lo veré revolcarse de dolor". Las risotadas resonaron por toda la casa, risotadas siniestras que parecían conjurar a los espectros más espeluznantes del infierno.
Cerró con delicadeza la caja, tomó el maletín y se encaminó por la galería hacia el último patio, allí donde dormían tranquilamente las dos negras en su habitación. Entró con sigilo, apoyó el maletín sobre una mesa de patas chuecas y extrajo un frasco de vidrio transparente. Lo descorchó con precaución y con el líquido empapó un pañuelo.
Una de las negras balbuceó en sueños. Imanol cayó como un buitre sobre ella cubriendo su boca y su nariz con el paño embebido en cloroformo. La mujer apenas luchó y enseguida cayo en la inconciencia. Enseguida se ocupó de la otra que ni se inmutó.
Con prontitud le quitó el camisón remendado y los calzones. Al ser ella muy delgada, le llamó la atención la redondez del vientre. La observó con detenimiento llegando a una conclusión que lo maravilló. "La negra está preñada".
Tomó un bisturí de la caja de plata. Con pericia realizó una incisión del ombligo hasta el vello púbico. En el proceso lesionó la vejiga, pero no le importó. La prioridad era llegar al feto que tendría unos cuatro meses, calculó.
A continuación, realizó incisiones más profundas a través de capas de tejido y músculo hasta llegar a la pared uterina donde realizó una última incisión. Abrió la bolsa amniótica y extrajo el feto cortando el cordón umbilical. Lo estudió fascinado. Luego lo dejó sobre la mesa junto al maletín.
Extrajo la placenta y examinó el útero. En la sábana de la moribunda se limpió la sangre de las manos. Del bolsillo del pantalón sacó una libreta de anotaciones donde dibujó el útero, la vejiga y los intestinos. Mientras tanto la mujer moría desangrada.
Al finalizar, miró la hora en su reloj de bolsillo y se alteró.
"¡Mierda, que tarde se me ha hecho!", giró hacia la otra negra y la degolló. "Perdona pero no tengo tiempo para ti".
Con el maletín en una mano y el feto en la otra se dirigió a la cocina. Buscó un frasco lo suficientemente grande para que lo albergara. Una vez satisfecho su cometido lo escondió en su dormitorio detrás de un pilón de camisas recién planchadas dispuesto prolijamente en el ropero. Aprovechó para cambiarse no sólo la camisa, de cuello alto y duro, sino también el pantalón, ambas prendas salpicadas de sangre. Las tiró con brusquedad debajo de la cama. Mirándose en el espejo se anudó el moño de seda blanca en cuyo centro colocó un broche de oro en el que se destacaba un gran rubí. Finalizó su atuendo con una capa de terciopelo negro y con paso ligero se encaminó hacia la caballeriza.
Galopó con urgencia eligiendo siempre los caminos linderos a la calle principal, agazapado entre la densa niebla y las sombras de la noche.
De repente una mancha luminosa en la lejanía lo puso en alerta. Disminuyó la marcha y fue acercándose con cautela ocultándose entre los arbustos. Entonces lo vio y se le revolvieron las tripas.
"¡Negro estúpido!", lo insultó.
Sin embargo en sus planes, una situación como ésta, ya la tenía prevista. Así que sin dudarlo desmontó del zaino y de la alforja que colgaba de la silla de montar sacó tres dardos, las puntas bañadas en cicuta. Colocó la cerbatana en su boca y sopló con fuerza. Una vez...dos veces...tres veces. ¡Victoria!
Los vio revolcarse en la tierra, desconcertados, aterrorizados...por fin muertos, una muerte rápida que no les permitió pedir auxilio.
Complacido volvió a montar; primero con sigilo, luego a galope tendido por caminos serpenteantes esquivando ramas que impertinentes le arañaban el rostro y le rasgaban la capa.

Esa noche, luego de finalizar todos sus quehaceres en la fonda de don Nicanor, Gorrión hizo un pequeño atado con las provisiones que siempre le regalaba el patrón cuando estaba de buen humor. Lió entusiasmado en un repasador deshilachado un trozo de queso, una hogaza de pan duro y dos tiras de charque. Al despedirse del viejo gruñón, robó dos manzanas del cajón que se exhibían en el mostrador.
"¡Hoy voy a comer a mis anchas, sí señó!", canturreó mientras se alejaba de la fonda y rumbeaba hacia el laboratorio del doctor Imanol.
El Sereno pasó junto a él anunciando la medianoche. Gorrión apuró el paso soñando con el festín que se daría. De sólo pensarlo se le hizo agua la boca ya que desde el amanecer que no probaba bocado.
"Pucha que tengo suerte. El dotor me regaló unas monedas, don Nicanor me regaló comida y aura voy a dormir a pata suelta dispué de mucho tiempo bajo un techo. Pucha que tengo suerte", se alegró el chiquillo acariciando una ganzúa que llevaba oculta en el bolsillo del pantalón.
Ya no acostumbraba a colarse en las casas de los ricachones, como él los llamaba, desprovistas de vigilancia cuando en la época estival éstos viajaban a sus quintas en la zona de Retiro para gozar de la brisa fresca proveniente del Río de la Plata y de los bosques de álamos y durazneros que rodeaban las propiedades. Ya no. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando recordó su última experiencia, aterradora y paralizante.
Aquella noche; agobiado por el calor y el cansancio, había amasado pan desde la madrugada en la fonda y había permanecido junto al horno de barro vigilando la cocción durante horas, además de restregar con furia el hollín de las cacerolas y lavar decenas de vasos; se refugió en un caserón en las cercanías del Cabildo. Su amigo Pancracio, un zambo tres años mayor que él y con gran habilidad para forzar puertas y ventanas cerradas a cal y canto lo esperaba silbando bajito en la glorieta del inmenso jardín. Con la ayuda de una ganzúa entraron sin mayor dificultad luego de comprobar que los vigilantes a pie no merodearan por la zona. Compartieron unos mendrugos de pan de cebada y unas manzanas algo rancias mientras Pancracio narraba divertido cómo había escapado "por un pelo" de las garras del cura párroco de San Ignacio al descubrirlo robando las monedas de la limosna. De repente las risas se detuvieron al escuchar unos ruidos de cadenas provenientes de la parte trasera de la casa. A continuación un aullido lastimoso les puso la piel de gallina.
_ ¡El Cadejo! _ balbuceó con miedo Gorrión. El Cadejo, perro negro de centelleantes ojos rojos, espectral criatura asociada al mal que atacaba a los malhechores.
_ ¡Mierda!, rápido Gorrión salgamos de acá _ Pancracio lo sacudió con fuerza. Gorrión estaba como en trance, sólo pensaba en el perro negro que venía a comérselos por haber invadido una propiedad ajena.
Salieron disparados por la puerta de entrada, llevándose por delante un mesa y estrellando contra el piso una primorosa fuente esmaltada, que quedó hecha trizas.
"Nunca más, nunca más me vuá a meter en una casa estraña", se prometió esa noche terrorífica.
Sin embargo ahora iba en camino del laboratorio de ese doctor misterioso. La alegría y el entusiasmo que le provocaba el tintinear de las monedas en su bolsillo le impedía ser cauteloso, suavizando la espantosa experiencia con el Cadejo.
Espantando esos agrios recuerdos, llegó a destino con un hambre atroz. Su destreza en el uso de la ganzúa le permitió franquear la puerta sin dificultad.
La densa oscuridad que lo recibió no lo asustó. Conocía el lugar al dedillo. Caminó con cuidado con los brazos extendidos para no tropezar con la gran mesa que se ubicaba en el medio de la sala. Tanteando a ciegas encontró un candil amurado a la pared que encendió con un yesquero que lo tomó prestado de las pertenencias de don Nicanor.
La aureola de luz que rompió la penumbra, lo reconfortó. Se sentó en el frío piso de piedra y se dispuso a disfrutar de su banquete.
De repente un ruido de cadenas lo alertó y un llanto desconsolado, lo paralizó.
"¡Maldita sea mi suerte!. Otra vez el Cadejo", se lamentó temblando como una hoja.
Con rapidez juntó la comida que había dispuesto sobre un trapo sucio en el suelo, pero cuando estuvo a punto de huir lo detuvo un grito de socorro.
_ ¡Por favor, no me dejes aquí! _ Miguelito había visto al niño escurrirse entre las sombras, ese niño era su esperanza de liberación.
_ ¿Quién me llama, pué? _ Gorrión volvió al centro de la sala. Escudriñó en los rincones buscando el origen del llamado.
_ Estoy encerrado en una jaula, ayudame, por favor _ suplicó.
La jaula, claro. Gorrión tomó una vela de la mesa y la encendió. Caminó con sigilo hacia el fondo de la habitación y allí estaba...un niño encadenado.
_Pe...pe...pero, ¿qué haces ahí? _ preguntó perplejo.
_ Imanol me encerró, ayudame a salir antes de que vuelva. ¡Me va a hacer algo malo! _ comenzó a llorar Miguelito.
_ ¿Quién es Imanol? _ Gorrión estaba cada vez más confundido.
_ El doctor. Por favor, debo salir de acá antes de que vuelva _ rogó con premura Miguelito.
_ Pero si se jué de viaje. ¡Viejo mentiroso! Así que el dotor te encerró en la jaula. Ya me olía que era un flor de hijo de puta. Ya, ya te saco. _ lo tranquilizó. Nuevamente utilizó la ganzúa para abrir la puerta de la jaula y liberarlo de las cadenas. En eso estaban cuando escucharon acercarse a un jinete.
_ ¡Mierda! Debe ser el dotor _ maldijo Gorrión. Más veloz que el viento Pampero, apagó el candil y la vela. Tomados de la mano y acurrucados en un rincón, escucharon como se abría la puerta.
_ Ahora sí que estamos jritos, amiguito _ sollozó Gorrión.
El taconeo de unas botas les delató la presencia cercana de Imanol.
Miguelito codeó con urgencia a Gorrión señalando un hueco en la pared.
_ Es nuestra salvación _ le dijo en voz muy baja.
Gorrión sonrió, claro que sí.
La estrechez del agujero no les impidió escapar con facilidad. Una vez en el exterior corrieron con la rapidez del rayo ocultándose entre los arbustos que crecían a la vera del camino principal.
Corireron. Corrieron. Corrieron. El corazón aleteando como un pájaro en fuga. Las lágrimas les nublaba la vista y ellos corrían, corrían sin desfallecer.
Atrás, Imanol encendió el candil y con una sonrisa devastadora se dirigió a la jaula.
_ Miguelito, Miguelito, tu hora ha llegado _ sentenció saboreando sus mezquinas intenciones.
Al descubrir la jaula abierta y vacía lanzó un improperio.
_ ¿Dónde te escondes pequeño bribonzuelo? ¡Puta madre!, no me hagas enfadar porque será peor para ti _ la rabia rezumaba de todo su ser. La bestia que habitaba en su interior nuevamente se apoderó de él y bulléndole la sangre dio vuelta todo el laboratorio buscando a Miguelito sin éxito.
Fuera de sí montó su caballo y como un demonio salido del infierno comenzó una desquiciada persecusión. Debía hallar a su presa, debía devorarla, debía encontrar la paz en la muerte de su víctima.
Los niños, sin aflojar su carrera desesperada, alcanzaron la calle de la Santísima Trinidad.
_ ¡Allí, allí ...es la casa de mi abuela! _ se alegró Miguelito.
Golpearon con apremio, una vez...otra...otra...y otra más hasta que alguien les abrió y Miguelito cayó en sus brazos extenuado mientras Gorrión respiraba aliviado. "Amiguito estamos a salvo", gritó entre lágrimas.








miércoles, 23 de agosto de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.36

"Momentos como aquél eran brotes del Árbol de la Vida,
 flores de tinieblas".   Virginia Woolf

Lourdes desgranaba un rosario en su reclinatorio, aquel reclinatorio que sostuvo su frágil cuerpo cuando llorando rezaba por su amado Rafael, muerto, creía ella, en una cruenta batalla, una batalla intestina por lograr la supremacía política de un país que ambos lados declaraban amar.
Días grises, de angustia y tormento, días en los que deseó estar muerta. Sin embargo, Dios escuchó sus ruegos desesperados y le devolvió a su marido de la tierra de los muertos.
Y ahora, nuevamente, el destino como una serpiente venenosa repitió el macabro rito de otrora, enterró con ferocidad los colmillos en su corazón haciéndola desangrar poco a poco.
"¿Dónde estás Miguelito?, ¿dónde?. ¡Señor, te suplico que nada malo le suceda! ¡Protégelo, por favor! ¡Protégelo!", gemía en la oscuridad de su cuarto.
Mercedes entró sigilosa. No deseaba perturbarla. Sin embargo, el leve resplandor de la vela que portaba hizo que Lourdes se volviera con brusquedad hacia la la luz.
_ Querida, ¿por qué no te recostás? Le dije a Lola que te prepare un té de menta _ Mercedes la ayudó a incorporarse y Lourdes, mansamente, se dejó llevar. Inútil oponerse, las fuerzas la habían abandonado dejándola laxa como una marioneta a la que cortaron las cuerdas que la mantenían viva.
_ Abuelita, ya pasaron casi cinco horas desde que Rafael se fue. ¿Por qué tarda tanto?...¡Ay Abuela, esta espera me mata!! _ la voz quebrada, el cuerpo quebrado...Mercedes, desesperada no sabía cómo consolarla, cómo contenerla...si ella misma estaba en el infierno.
_ Lourdes, mi pequeñita, mi panal de miel... _ comenzó a decirle mientras le trenzaba el cabello enmarañado.
_ Así me llamabas de niña cuando lloraba por no tener una mamá _ la miró con esos enormes ojos parecidos a un vergel luminoso ahora empañados por un torrente de lágrimas. Su fragilidad le perforó el alma.
_ Siempre serás mi panal de miel, la dulzura de mi vida. Sin tu existencia me hubiera hundido en la tristeza más absoluta _ Mercedes la cubrió con una manta de vicuña. La calidez de la lana la reconfortó templando el hielo que atenazaba sus miembros. _ Ya vas a ver como Rafa regresa con Miguelito. No perdamos la esperanza _ se inclinó sobre su nieta y la besó en la frente frenando el fuerte deseo de llorar.
Lola apareció agitada. La taza de un humeante té temblaba en la fuentecita de plata.
_  El señor Rafael está en la sala con el Jefe de policía.
Al escucharla, Lourdes salió disparada como un rayo de la cama. En su loca carrera empujó a Lola derramando el té, descalza corrió por los pasillos hasta alcanzar la sala. Ni bien lo vislumbró, se aferró a él buscando protección, consuelo. Quiso absorber la energía tan propia de Rafael, pero no encontró vestigio de ella. Poco a poco se soltó de él y al mirarlo a los ojos, supo la verdad. No lo habían encontrado, no había rastros de su Miguelito...y se desarmó en los brazos de su marido, desmayada.
Mercedes, que en ese momento llegaba con las botitas de cuero y seda de Lourdes se quedó paralizada al cruzar su mirada con Esteban Salguero. Él esbozó una tímida sonrisa como de disculpa, y enseguida le volvió la espalda prestando atención a la pareja del sofá.
Rafael, arrodillado sobre la alfombra, sostenía la mano de Lourdes que reposaba en el sillón. Lola la abanicaba con el último número de "La Moda Elegante", revista que coleccionaba Mercedes. Tina, sin perder un minuto, corrió por las sales y se las pasó por las fosas nasales.
_ Gracias madre _ Tina, arrodillada junto a Rafael le pasó un brazo por la espalda, acariciándola lentamente. El, instintivamente, apoyó la cabeza en el hombro de su madre. ¡Cuánto necesitaba descansar!
Lourdes abrió los ojos e inmediatamente abrazó a Rafael mientras lloraba desolada.
_ ¡Miguelito! ¿Dónde está Rafa, dónde? _ gimió desgarrada.
_ Lourdes, mi amor, seguiremos buscando. Probablemente esté escondido en alguna casona abandonada al sorprenderlo la noche. Miguelito es muy fantasioso, con seguridad estará persiguiendo algún monstruo para darle caza _ "o mejor dicho, un monstruo le dio caza a mi pequeño", reflexionó angustiado _ Lourdes, este señor es Esteban Salguero, el Jefe de Policía, él nos está ayudando en la búsqueda.
_ Así es señora _ Salguero se adelantó, le tomó una mano y se la besó _ "tan parecida a su madre", se emocionó _ Mis hombres tienen cubierto un extenso radio que cubre todo el barrio de Montserrat, incluso tres patrullas de vigilantes a pie recorren en este mismo momento palmo a palmo el "Barrio del Tambor". Lo encontraremos Lourdes _ se atrevió a llamarla por su nombre de pila imprimiéndole cariño...ternura _ Lo prometo.
Mercedes carraspeó nerviosa. "¿Qué hace acá este tipo?", se indignó. Lorenzo, que regresaba de la cocina trayendo una taza de café, adivinando la intención de su hermana de "cantarle cuatro frescas" al patán desvergonzado que se animaba a presentarse en su casa, la casa de Consuelo, la codeó con brusquedad para evitar un verdadero desastre. Mercedes lo fulminó con la mirada, pero calló. Aún no era el momento de poner las cartas sobre la mesa.
Rafael, ajeno a la animadversión que sentían Lorenzo y Mercedes hacia el Jefe de Policía, luego de hacer las presentaciones pertinentes, les rogó que los invitaran con unos amargos en la cocina. Los hermanos comprendieron la intención de Rafael de conversar lejos de la atención de Lourdes y accedieron con prontitud.
_ Mi amor, voy unos minutos a la cocina con Salguero y los tres vigilantes por unos mates. Algo caliente nos sentará bien antes de continuar la búsqueda. No, no querida, quiero que te quedes aquí descansando _ la detuvo con dulzura cuando Lourdes intentó levantarse y acompañarlo._ Madre,cuídela, por favor.
Rafael besó a Lourdes y en el beso halló la fortaleza para no darse por vencido : su hijo vivía y pronto estarían juntos.

Se sentaron en la larga mesa de la cocina. Rafael y Salguero frente a Mercedes y Lorenzo. Los tres vigilantes optaron por quedarse cerca del fogón. Lola servía los mates. Una fuente de tortas fritas en el centro de la mesa acaparó las miradas de los vigilantes que estaban famélicos luego de una ardua jornada en la que apenas probaron bocado.
_ Jacinto llevate la fuente y den buena cuenta de ella, se lo merecen _ animó Salguero al vigilante más joven, un muchacho de apenas diesiseis años, y demás los hombres, agradecidos, comieron a cuatro manos ante una Lola escandalizada por la velocidad en que se vació la fuente.
_ ¿Cuál es la situación Rafael? _ Lorenzo, pálido y ojeroso, temía lo peor.
_ Es muy grave _ comenzó Rafael.
_ Muy grave, lamento decir _ remarcó Salguero _ Hemos...
_ Prefiero que nos informe Rafael _  lo interrumpió con acritud Mercedes.
Lorenzo le lanzó una mirada feroz y Salguero bajó la cabeza, como avergonzado.
_ ¿Qué sucede? _ Pregunto Rafael, perplejo ante la tirantez reinante entre Salguero y los hermanos Escalante.
_ ¿Por qué? _ Lorenzo encendió un cigarro. Mercedes, de un manotazo, le quitó la cigarrera, extrajo otro cigarro, se lo llevó a la boca, lo encendió con el yesquero y aspiró teatralmente el fuerte tabaco que Buenos Aires importaba del Paraguay. Los hombres, boquiabiertos, la observaron pasmados.
_ ¡Mujer!, ¿desde cuándo fumás? _ exclamó Lorenzo ofendido por semejante desfachatez.
_ Desde hoy, ¿algún problema? _ lo enfrentó, los ojos llameantes y la voz con el poder de una espada afilada.
_ No, no, ningún problema. Si fumar te place..._ Lorenzo decidió no contradecirla. Si lo hacía Mercedes era capaz de decapitarlo. "El horno no está para bollos", pensó resignado.
_ Muy bien. Y ahora basta de pavadas. En cuanto a lo que nos une a Salguero, es una historia amarga. El es el padre de Lourdes, el canalla que se burló de mi Consuelo. El miserable que provocó su muerte y la de mi marido _ cada palabra que Mercedes pronunciaba tenía la fuerza de un látigo que caía sobre Salguero dejándolo en carne viva.
Rafael escuchaba anonadado.
_ ¿Usted?...
_ Sí, mi amigo. Yo soy ese cobarde que huyó dejando a la mujer que amaba más que a mi propia vida sumida en el oprobio y la vergüenza _ se lamentó cubriéndose el rostro con las manos.
_ ¿Amarla?, ¿más que a su propia vida? ¡No me haga reír! Por su culpa mi sobrina tuvo que recluirse en un convento de monjas, alejada de todo afecto. Por su culpa sufrimos toda clase de afrentas. La sociedad pacata en la que vivimos no perdona, señor mío. Lourdes, de niña, nunca tuvo amigas. Las nobles familias, enteradas a pesar de nuestros recaudos del embarazo de Consuelo, no permitieron que sus queridas hijitas hicieran migas con una bastarda. Mercedes, Tina y yo fuimos todo para ella, luchando siempre por su felicidad y lo logramos, señor mío, lo logramos a pesar de la ausencia de una madre y de un padre _ esto último lo remarcó con ferocidad.
Los vigilantes que tomaban mate tranquilamente, sobresaltados por la incipiente pelea, huyeron al patio trasero llevándose la  pava y el mate con ellos.
_ De nada sirve decir que estoy arrepentido y que la vida me ha hecho pagar con creces mi falta _ Salguero estaba consternado.
_ Efectivamente, de nada sirve _ expresó Mercedes con severidad mientras sacudía las cenizas del cigarro en un platillo de porcelana.
_ Pero ahora se me presenta la oportunidad de rectificar en parte mi conducta. Como Jefe de Policía he puesto en acción a todos mis hombres. Tres patrullas de vigilantes a caballo y dos de vigilantes a pie recorren los suburbios de la ciudad para dar con Miguelito y capturar al monstruo que lo secuestró. Yo mismo junto a Rafael hemos estado a punto de atraparlo...
_ ¿¡Cómo es eso?! _ lo interrumpió alterado Lorenzo. Mercedes ahogó un grito.
_ Por el camino que lleva a la pulpería "El gallo rojo" y a la zona de burdeles, nos topamos con una carreta. La conducía un negro cuya descripción coincidía con la que nos hizo hace un tiempo una india perturbada. Lo detuvimos y encontramos detrás de la carreta el cadáver de la señorita Amelia Pacheco del Prado. Mercedes quedó atónita al escuchar el nombre de la hermana del doctor Imanol. El cigarro se le cayó de los dedos temblorosos. La situación se volvía cada vez más siniestra.
_ Lola, trae una botella de ginebra _ ordenó Lorenzo agitado.
La negra, también temblando, puso sobre la mesa los vasos y los llenó de aguardiente. "No quiero escuchá má, no quiero escuchá má, ¡ay Dios mío!, que el Miguelito estea bien. Angelito de la Guarda, protejelo", repetía en silencio y se secaba las lágrimas con el dorso de la mano.
_ Continúe Esteban, continúe _ Lorenzo le acercó uno de los vasos.
_ Mientras identificábamos a la difunta, el negro Tadeo, ese era su nombre, maniatado y vigilado por dos policías, quedó al frente de la carreta. Cuando fuimos a interrogarlo, lo encontramos muerto, a él y a los dos polícías por dardos venenosos _ concluyó Salguero sorprendido y complacido por el tono amistoso de Lorenzo.
_ No entiendo, ¿qué tiene que ver ese negro y el cadáver de Amelia con la desaparición de Miguelito? _dijo turbada Mercedes. Nerviosa encendió otro cigarro.
_ Los vecinos de Montserrat nos confesaron, no sin poner resistencia, que un hombre vestido de negro recorre las calles durante las noches, muchas veces con un niño de la mano. Ellos dicen que es Mandinga, el diablo que anda suelto buscando saciar su sed de sangre inocente _ Rafael estaba conmocionado, respiraba con dificultad y un fuego interior lo consumía.
_ ¡Cobardes hijos de puta! ¿Por qué nadie lo detuvo? _ vociferó Lorenzo estallando un puño sobre la mesa.
_ Tienen miedo, don Lorenzo. Creen que Mandinga caerá sobre ellos y los arrastrará al Infierno si se interponen en su camino. Están aterrados _ los defendió Salguero, sin embargo estaba de acuerdo con Escalante.
_ Son ignorantes y el malparido se aprovecha de eso _ acotó fuera de sí Rafael.
_ ¿Y usted cree que Miguelito está en las garras de ese hombre? _ preguntó Mercedes a punto de llorar.
_ Todos los indicios nos llevan a creerlo. Don Nicanor, un comerciante de la zona en cuestión nos habló de un hombre con las características de "El Búho" que este mediodía lo vio pasar raudamente frente a su fonda con un niño. Más tarde se presentó en su negocio buscando a su peoncito, un tal Gorrión. Parece que lo empleó para tareas de limpieza, al menos eso entendió don Nicanor. Ese niño debe saber la ubicación de la guarida de "El Búho", estoy seguro _ Salguero se sirvió otra ginebra y aceptó un cigarro que esta vez sí le ofreció Lorenzo.
_ Y ese chico, ¿dónde está? _ se inquietó Mercedes, blanca como la cera.
_ Desaparecido y Tadeo , muerto. Los dos testigos que podrían llevarnos a "El Búho" desaparecido y muerto. ¡Mierda, mierda, mierda! _ Rafael comenzó a caminar como un poseído por la cocina rompiendo todo cuanto encontraba a su paso _ Juro que te voy a encontrar Búho y te voy a desollar vivo. Lo juro por lo más sagrado, ¡carajo!
El reloj Carrillón de la sala dio las tres de la madrugada y un golpe en la puerta de entrada los puso en alerta.
Todos se miraron espectantes y contrariados. ¿Quién era a esa horas? Lola temblaba como una hoja; Mercedes, saltó de la silla; Lorenzo y Salguero acompañaron a Rafael a la puerta. Al pasar por la sala, Lourdes con miedo, se unió a ellos. Tina permaneció cerca de la chimenea rezando.
La aldaba volvió a resonar en la oscuridad y en el corazón de cada uno de los habitantes de la casa.
Rafael sin preguntar abrió de golpe la puerta y Miguelito cayó en sus brazos.




martes, 15 de agosto de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.35

"¡Y ved cómo ahora soy castigado!
 El Infierno no guarda terrores para mí.
 Esta es mi condición".
James Joyce 

Imanol, luego de despachar al indio Tadeo con el cadáver de su hermana, celebró su triunfo, un triunfo que bullía en su sangre descorchando un aromático champagne francés que encontró oculto en un rincón privilegiado de la bodega.
_ ¡Supremo! _ suspiró inhalando el bouquet del vino, un aroma floral a violetas y acacias que lo transportó a Perpiñán, un pueblito ubicado al sur de Francia. Una sombra enturbió su felicidad, el recuerdo de Jean le revolvió las tripas y de un manotazo apartó la botella de su vista. La deliciosa y cosquilleante sensación de las burbujas en su paladar se volvió áspera y más amarga que la bilis.
_ Jean _ pronunció con dolor derrumbándose en uno de los sillones de la sala, cerró los ojos y la imagen del hombre al que amó con locura lo arrastró a las sombras de un pasado imposible de olvidar, un pasado grabado a fuego en cada una de sus malditas células.
Dieciocho años tenía Imanol cuando su padre, el duque de Nájera, lo envió a estudiar medicina a Montpellier. El joven estaba exultante, por fin libre de la vigilancia paterna, opresiva y asfixiante. Por fin haría realidad su sueño, estudiar el interior del cuerpo humano. La curiosidad y las ansias de investigar lo consumían. Sin embargo, grande fue su decepción cuando luego de un año de estudio intenso se topó con la dificultad de encontrar cadáveres para diseccionar.
Los dedos de Imanol escocían de ansiedad por tomar un bisturí y rasgar la piel, cortar la carne inerte, separar los diversos tejidos, y cual cortina que se corre, descubrir los órganos y sus misterios.
Debía hallar una solución para su apremio y además debía hacerlo clandestinamente porque la Justicia prohibía la disección de cadáveres.
Si Leonardo Da Vinci habia logrado descuartizar treinta cadáveres y observar su interior para realizar sus ilustraciones anatómicas, él también lo conseguiría.
Una mañana, mientras hojeaba un volúmen sobre Patología ricamente ilustrada en la biblioteca de la Facultad, un joven se sentó delante de él, mesa de por medio, y lo miró con insistencia.
_¿Qué quieres? _ se enfadó Imanol. Odiaba las interrupciones cuando estaba enfrascado en sus estudios.
Pero cuando confrontó al impertinente, su corazón brincó descontrolado. Unos fascinantes ojos verdes, como el más puro jade, lo observaban con interés. Disimuló su desconcierto y repitió con tono ácido.
_ ¿Qué quieres? ¡Detesto los entrometidos! _ "mentira, a ti te deseo", pensó contrariado sin poder controlar sus sentimientos.
_ Me llamo Jean y pertenezco al los Resurreccionistas. Su merced sabrá a lo que me refiero, ¿verdad? _ una sonrisa cómplice acompañó su respuesta jovial y desenvuelta. Los "Resurreccionistas" se dedicaban a desenterrar cadáveres para venderlos para la disección.
_ ¡Claro!, y con eso..._ Imanol lo supo en ese momento: amaría a Jean oponiéndose a toda condena social, pisoteando tabúes y prejuicios.
Desenfadado,se estiró sobre la mesa hasta casi rozar el rostro de Imanol. El aliento cálido del joven con resabio a cerveza y almendras no le molestó, todo lo contrario, imaginó un beso profundo e interminable.
_ Vengo a ofrecerle mis servicios. Esta misma noche puedo conseguirle un cadáver _ dijo confidencialmente bajando la voz.
La afirmación lo dejó atónito. Por fin sus ruegos fueron escuchados por Dios o por Satán, lo mismo daba.
Imanol cerró de un golpe el libro que tenía entre sus manos y con un gesto de la cabeza invitó al joven a seguirlo.
Se internaron en los jardines que rodeaban la Universidad buscando privacidad.
_ ¿Cómo lo harás? _ preguntó exaltado. La posibilidad de cortar un cuerpo lo exitaba, como en ese momento lo excitaba la proximidad de Jean...alto...fibroso...apetecible.
_ Esta madrugada ahorcaron un sodomita _ el delito heló la sangre de Imanol _ Y como nadie reclamó el cuerpo, los policías lo tiraron en la fosa común del cementerio, donde van los delincuentes y los marginales. Apenas está tapado por una fina capa de tierra, no será dificil sacarlo. Además si a eso le agregamos una buena propina al cuidador...
Alli comenzó una relación que con el correr de los días se volvió febril. Jean resultó ser un amante fogoso que lo encendía con sólo rozarlo.
Por las tardes, una vez finalizada la jornada de estudio, huían a Perpiñán y en una hostería a orillas del río Tët, se amaban libremente, ofreciéndose él uno al otro sin inhibiciones.
Pero el idilio pronto se quebró como un leño seco. Encontraron a Jean degollado en un callejón maloliente.
La noticia devastó a Imanol, y más aún cuando se enteró por una carta de Amelia que su padre había dado la orden.
_ ¡Siempre me vigila!. Es un perro sarnoso que no se cansa de roer mis entrañas. No te aflijas padre, ya me encargaré de ti y para mí será el Paraíso oirte suplicar _ despojándose de los recuerdos, se sirvió otra copa de champagne.
_ ¡Por ti, Jean! _ vació la copa de un trago y la estrelló con furia contra la pared _ Rafael, ¡maldito seas!, te amé casi tanto como a mi adorado Jean, pero tú no supiste apreciarme, ciego a mi amor por esa zorra. Ahora tendrás tu merecido. Encontrarás a tu hijito, claro que sí, tendido sobre la mesa de mi laboratorio y su pequeño corazón en una caja de terciopelo. Mi regalo para Lourdes _ una carcajada perversa reverberó por toda la casa.
Recobrado de sus amargos recuerdos, se enfundó en su capa de terciopelo negro y abandonó la casa montado en un zaino.
"Tadeo seguramente hace rato que habrá llegado", pensó satisfecho. Primero gozaría sexualmente con Miguelito, para después continuar gozando con él, pero científicamente. Rió por lo bajo.
Galopó por las calles silenciosas, todos dormían salvo su víctima que esperaba el desenlace fatal de su destino.
Imanol sintió el miedo del niño correr su sangre y se excitó. Apuró al caballo azotándolo con el rebenque.
Cuando estaba llegando la luz de antorchas lo alertó. Aminoró la marcha y buscó un camino entre los árboles, alejado del principal.
Grande fue su sorpresa al ver a Tadeo con las manos y los pies amarrados entre dos vigilantes armados con sendos trabucos. A poca distancia de ellos, camuflado por las sombras de los árboles, bajó del caballo, extrajo una cerbatana y tres dardos de la alforja que colgaba de la silla de montar. Los dardos estaban untados con batracotoxina, un veneno que Imanol extrajo de un especímen de rana llamada "Phyllobates tirribilis". Calentarlas sobre el fuego para que el veneno gotee era una diversión extraordinaria para él.
Colocó los dardos en la cerbatana y sopló dando en el blanco con suma precisión. Uno...dos...tres...
Convulsión, parálisis y muerte...todo en un pestañear de ojo. Asunto resuelto.
Volvió a montar y sigilosamente se alejó del lugar. Nunca encontrarían su laboratorio, de eso Imanol estaba seguro. Tadeo podría haberlos guiado, pero ahora estaba ardiendo en el Infierno. Sofocó una carcajada y continuó la marcha. Miguelito lo esperaba.
Quince minutos después desmontó  frente a un edificio en ruinas, su laboratorio, su solaz. El chirrido de la cerradura al girar la llave despertó a los murciélagos que descansaban en las ramas de una acacia blanca de tronco recto y copa globosa bajo la que dejó ramoneando tréboles al zaino.
La oscuridad le dio la bienvenida. Cerró la puerta y escuchó. Nada. Ni llanto ni lamentos. "Extraño, muy extraño", pensó buscando encender una vela. Con incertidumbre alumbró la jaula en donde tenía encerrado a Miguelito.
_ ¡Mal rayo me parta!¿Dónde coño está ese niño? _ rugió como un volcán escupiendo lava.




domingo, 6 de agosto de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.34

"Ni el pasado está muerto
 ni está el mañana,
 ni el ayer escrito".  Antonio Machado

Rafael, intrigado por la reacción de Mercedes y Lorenzo al nombrar al Jefe de Policía, clavó su mirada en ellos esperando una respuesta.
_ ¿Lo conocen ustedes a don Esteban Salguero? Estoy seguro Lorenzo, que cuando le comenté que la semana pasada me entrevisté con el Jefe de Policía, usted me dijo que no lo conocía _ afirmó levantando una de sus cejas adoptando una postura de perplejidad e intriga.
_ Sí, si, lo conocemos, pero este no es momento de dar explicaciones. Rápido Rafael, corra a buscarlo. Si Salguero puede ayudarnos, pues, ¡que ayude! _ expresó contrariada Mercedes.
_ ¡Vaya, vaya muchacho! No tenemos un minuto que perder _ lo apuró Lorenzo.
Lo último que Lorenzo y Mercedes deseaban era abrir un capítulo del pasado que tanta tristeza les ocasionó a todos.
Rafael siguió el consejo de Lorenzo y en compañía de los dos vigilantes se dirigió presuroso a la casa de Salguero.
_ ¿Quién es ese Salguero? _ Tina le susurró a Mercedes mirando de reojo a Lourdes que estaba recostada con los ojos cerrados en la chaise longue. Lola estaba a su lado tomándola de la mano.
_ Acá, no. Vamos a la biblioteca _ sugirió Mercedes invitando con un movimiento de cabeza a su hermano.
_ ¿Por qué tanto misterio? _ una vez solos preguntó con interés Tina al observar como Lorenzo cerraba con llave la puerta.
_ Esteban Salguero es el padre de Lourdes _ soltó a boca de jarra Mercedes y se desplomó en una de las sillas.
_ ¿Queeeé? _ Tina, sorprendida, imitó a Mercedes._ ¿Pero cómo lo descubrieron? Lourdes cree...yo creía que ustedes no sabían quién era el padre _ la novedad la aturdió.
_ Nos enteramos por casualidad, poco después de la Primera Comunión de Lourdes. Para ser más específico, en la fiesta que ofrecimos a nuestros amigos luego de la misa _ Lorenzo encendió un cigarro, necesitaba fumar, necesitaba despejar la mente.
_ ¡Mi buen Dios! _ gimió tensa Tina._ No me dejen sobre ascuas, por favor, cuéntenme.
_ Muy bien _ suspiró Mercedes _ Sucedió en esa bendita reunión. Un matrimonio conocido de Lorenzo...
_ Con el hombre, Aldo Rivero de Zúñiga, hice varios negocios...venta de ganado, de cueros..._ intervino Lorenzo _ Una persona ingeniosa y honesta.
_ Aldo es de mi agrado, pero su mujer, Teresa, es una víbora. Siempre metiendo las narices en los asuntos ajenos. Y precisamente esa arpía nos reveló el secreto mejor guardado de Consuelo _ manifestó meneando la cabeza Mercedes.
_ Teresa, aprovechando que el marido y yo manteníamos una acalorada conversación sobre política, él estaba a favor de Rivadavia y de su pésimo decreto de prohibir la venta de terrenos fiscales y yo, por supuesto, en acérrima oposición.
_ Al grano Lorenzo, al grano _ se impacientó Mercedes.
_ Como decía _ Lorenzo fastidiado por la intolerancia de su hermana continuó _ aprovechando la distracción de su marido se llevó a Mercedes a un lugar apartado y...
_ Y allí Teresa me contó que en un viaje que hicieron a Córdoba, provincia a la que huyó el muy cobarde cuando se enteró del embarazo de Consuelo, asistiron a una reunión en la casa de la familia Salguero. Fue entonces cuando Esteban le confió a su marido la verdad: que el padre del hijo de Consuelo Aguirrezabala era él _ terminó Mercedes, los ojos cargados de lágrimas, la voz estrangulada.
_ ¡Maldito hijo de puta! _ Lorenzo dio un tremendo golpe con su puño sobre el escritorio, una pila de libros tambaleó y el tintero se volcó provocando un desastre al derramarse la tinta sobre unas invitaciones y algunos documentos.
_ ¡Lorenzo!, mirá lo que conseguís alterándote _ con un trozo de tela basta que encontró en uno de los cajones del escritorio trató de absorber la tinta que manchaba las invitaciones del gobernador Pastor Obligado a la demostración práctica de la telegrafía eléctrica mediante una línea tendida entre el Hotel Provence y un local de daguerrotipo ubicado sobre la plaza de la Victoria.
_ ¡Mujer!, que importancia tienen esas estúpidas invitaciones en este momento _ vociferó Lorenzo, cada vez más alterado,
_ Tenés razón, ¡a la mierda con esto! _ y de un manotazo arrojó las invitaciones al cesto de basura escondido bajo el escritorio.
_ Me dejaron sin palabras. Y ahora este Esteban Salguero está al frente de la búsqueda de Miguelito...¡de su nieto! Tenemos que decírcelo a Lourdes _ propuso tímidamente Tina.
_ De ninguna manera _ se opuso Mercedes, ya bastante sufrimiento tenía su nieta para agregarle uno más.
_ No seas terca mujer. Tina tiene razón, ya es hora de que Lourdes sepa la verdad sobre su padre _ Lorenzo se acercó a su hermana y la abrazó con ternura, ella apoyó la cabeza sobre el hombro de él y lloró quedamente.

_ ¡Esteban!, ¡Esteban! _ Laureana, la sirvienta de Salguero golpeó nerviosa la puerta del dormitorio liberándolo de su eterna pesadilla... de su conciencia atormentada por los remordimientos...de la imagen de Consuelo.
_ Ya voy, ¿qué sucede? _ abrió la puerta frotándose los ojos, amenazado por una fuerte jaqueca.
_ Un tal Bautista Roldán pide verte _ la negra retorcía su delantal con vehemencia.
_ ¿A estas horas?, ¿qué quiere? _ se molestó _ ¡Estoy indispuesto, no puedo atenderlo!
_ Es que...está muy angustiado...¡está como loco!, ¿qué le digo tonce? _ le gritó descontrolada.
_ Calma Laureana, ¿dónde está? _ transigió vencido por la desesperación de la mujer.
_ En la sala _ respondió con un hilo de voz.
Lo encontraron caminando de un lado al otro, como un león enjaulado.
_ Don Salguero, algo terrible sucedió. Miguelito, el hijo de doña Lourdes Aguirrezabala desapareció.
Al escuchar el apellido se paralizó. ¿Aguirrezabala?
_ ¿Cuando sucedió? _  trató de no tartamudear, debía controlar los nervios.
_ Fue esta mañana, jefe _ contestó con energía el vigilante de bigote frondoso.
_ ¿Y por qué no se me avisó? Dejé órdenes específicas al respecto: si otro niño desaparecía debían avisarme sin demora _ se enfadó.
_ El oficial Saturnino pensó que podríamos resolver la situación sin necesidad de molestarlo...como usted, jefe, estaba con licencia por enfermedad..._ se defendió el vigilante. El otro apoyó el argumento de su compañero.
_ ¡Al carajo con mi enfermedad! Ante una urgencia deben buscarme inmediatamente. Y esto es una urgencia. ¡Entendido! Don Bautista, me cambio de ropa y salimos para la comisaría. ¡Laureana, mi uniforme, rápido! _ entre gritos y órdenes desapareció por el zaguán. Escucharon decir a la negra:
_ ¿Cómo te vas a ir? Si estás volando de jiebre _ se alarmó. Laureana intentó hacerlo desistir sin éxito.
_ Laureana no me jodas y hacé lo que te digo ¡ya! _ la enfrentó malhumorado. La negra a regañadientes lo ayudó a vestirse.
De camino a la comisaría, Rafael lo puso al tanto de todos los acontecimientos ocurridos hasta el momento. Le contó sobre la amnesia que lo separó de su familia. Le reveló su verdadero nombre: Rafael Cané. Y cómo la gran alegría del reencuentro con Lourdes, el amor de su vida se oscureció con el rapto de su hijo Miguelito. Salguero lo escuchaba obnubilado. Por fin el Cielo le daba una oportunidad para purgar su culpa. "Lourdes, hija, prometo devolverte a tu hijo, mi nieto, sano y salvo, aunque me cueste la vida".
Los vigilantes, a su vez, le detallaron las pistas que obtuvieron a partir de su conversación con don Nicanor, el dueño de la fonda.
_ Sin lugar a dudas, "El Búho" está involucrado en esto, lo siento don Rafael _ dijo mientras desmontaban y dejaban los caballos al cuidado de un jovencito, aspirante a policía, que salió al encuentro de los recién llegados.
Rafael sintió el impacto de la feroz aseveración en todos sus huesos, como un puñetazo desvastador.
_ Vamos a mi despacho. ¡Saturnino! _ llamó al oficial que salía del sanitario secándose las manos con una toalla raída.
_ ¡Jefe!, ¿está mejor? _ el oficial se sorprendió al verlo. Por un lado temió una reprimenda por desobedecer sus órdenes, pero por otro lado, sintió alivio de tenerlo nuevamente al frente de la investigación.
_ Eso es lo de menos _ y continuó crispado _ Saturnino, me extraña su transgresión, ¿por qué no me avisó cuando las cosas se complicaron? Estamos en un momento sumamente delicado.
_ Perdón Jefe, no se volverá a repetir _ respondió cabizbajo.
_ Eso espero, y ahora traiga una botella de ginebra para aflojar la tensión. Aquí al amigo le vendrá bien algo fuerte _ dijo palmeándole la espalda a Rafael.
_ Pe-pe-pero estamos en servicio Jefe _ se escandalizó.
_ ¡Una mierda el servicio!, una copita para entonar no entorpecerá la investigación. No se quede ahí parado como un ganso, ¡muévase!_  ¡Dios mío!, ese niño desaparecido era su nieto y posiblemente estaba en las garras de "El Búho".
El pobre hombre se abrió paso a codazos entre los vigilantes que se amontonaban en los distintos escritorios comentando los sucesos del día. Debajo de su gabán, oculta la botella de ginebra. Una vez en la oficina del Jefe, se encerraron para pergeñar un plan. No había tiempo que perder y ya habían perdido demasiado. La vida del niño corría peligro._ Saturnino, usted cree que El Búho tiene a Miguelito _  Salguero clavó sus ojos oscuros, insondables en el rostro ajado del oficial.
_ No me cabe ninguna duda Jefe. La certeza me la dio don Nicanor, el dueño de la fonda. La descripción que nos dio del hombre misterioso coincide con El Búho. Un hombre alto, corpulento, de cabello oscuro, bien vestido...un caballero, de buenos modales _ respondió convencido. A continuación descorchó la ginebra. Se hizo un breve silencio mientras todos bebían.
_ ¿Cómo obtuvieron esos datos? _ preguntó intrigado Rafael _ La semana pasada cuando hable con usted poco se sabía. Sólo tenían un testigo y poco creíble, una tal Chinga, una india loca que acostumbra entonar canciones fúnebres.
_ Como le aseguré en ese momento, ordené a mi personal reforzar la vigilancia sobre todo en la periferia de la ciudad. Vigilamos los barrios bajos las veinticuatro horas del día, hablamos con la gente...a veces amigablemente, otras no tanto, no es tiempo para andar con remilgos. Los vecinos de Monserrat tienen miedo, mucho miedo. Ellos dicen que Mandinga recorre las calles con sed de sangre. Les preguntamos bajo que forma humana se presenta Mandinga, el Diablo. Y ellos santiguándose nos respondieron: "un hombre de gran estatura siempre cubierto con una capa negra y luciendo un sombrero de copa. En su mano, un bastón de oro con el que señala a su víctima, siempre niños". Indagando descubrimos que han desaparecido más niños de los que están denunciados. Muchos de ellos son huérfanos, indigentes que viven de la limosna o el robo. También seguimos la pista que nos dio la Chinga y resultó que la loca tenía razón. Dimos con el negro que nos describió, en pedo y durmiendo a pata suelta cerca del río. Lo encerramos durante dos días, pero como no pudimos sacarle ni una palabra, parece que es retrasado el infeliz, lo soltamos. Igualmente lo tenemos vigilado. Tengo el presentimiento que está vinculado con El Búho. Como se dará cuenta, el oficial Saturnino Robles y sus vigilantes a caballo han hecho un excelente trabajo _ finalizó Salguero.
_ Sin embargo no lo atraparon y mi hijo sufre las consecuencias _ se alteró Rafael arrojando su vaso de vacío contra la pared.
_ Tiene razón amigo, tiene toda la razón, pero no me va a negar que estas pistas pueden llevarnos hasta El Búho y a su guarida _ trato de tranquilizarlo Saturnino Robles _ Tómese otra copita, le va a caer bien _ sacó otro vaso del cajón del escritorio y le sirvió ginebra hasta el borde.
_ No quiero ginebra, no quiero más palabras vacías...¡quiero encontrar a mi hijo!, ¡ahora! _ sin embargo aceptó el vaso que le ofrecía Saturnino y enfurecido hizo fondo blanco.
_ Saturnino, informe a los vigilantes a caballo que dentro de media hora saldremos a patrullar los alrededores de la parroquia de San Ignacio. Allí nos divideremos, su grupo se desplegará por la zona costera, y don Rafael y yo nos dirigiremos al área de pulperías con otro grupo de vigilantes. Don Rafael le aseguro que esta misma noche encontraremos a su hijo y daremos caza a El Búho _ le aseguró Salguero palmeándole la espalda.
Pasada la medianoche, el grupo encabezado por Salguero y Rafael cabalgaba por una calle fangosa y apenas iluminada por unos pequeños faroles colgados en la puerta de alguna pulpería y de algún que otro burdel. Los acordes de una guitarra y el canto lejano de un payador quebraban el silencio de la noche.
De repente divisaron un bulto que se acercaba envuelto en la niebla nocturna. Si hubieran sido supersticiosos hubieran pensado que San La Muerte se acercaba en su busca. Pero no, no era San La Muerte, era un hombre enorme conduciendo una carreta.
A una orden de Salguero, todos se detuvieron bloqueando el camino.
Tadeo intentó cambiar de dirección. Los caballos se retovaron y la carreta casi vuelca.
En cuestión de segundos lo bajaron del asiento y lo enlazaron como si fuese ganado. El negro gritaba y pateaba. Salguero desmontó al instante y lo silenció a rebencazos.
_  ¡Callate negro de mierda! ¿Para dónde vas a estas horas? ¡Hablá carajo! _ tronó desquiciado.
Tadeo lo miró aterrado; la nariz chorreando sangre. Recordó la terrible paliza que le habían propinado cuando lo encerraron días pasados.
_ Si hablo me mata _ balbuceó.
_ ¿Quién?, ¿quién te va a matar? _ Rafael intervino y como el negro se negaba a responder le propinó un feroz puntapie en los cojones. Tadeo aulló como un lobo. _ Si no hablas te mato yo, engendro del demonio.
_ El Búho _ respondió entre sollozos.
_ Jefe venga a ver ésto _ Salguero dejó al negro con Rafael, colapsado por la confesión, y corrió junto a Saturnino.
_ El cadáver de una mujer y por el color de la piel supongo que fue envenenada _ Saturnino quitó la manta que cubría el cuerpo para que Salguero lo apreciara bajo la luz de una antorcha.
_ Tiene razón, la envenenaron. ¡Rafael! _ lo llamó.
Rafael se puso lívido al reconocerla. ¡Amelia! ¡Dios santo! ¿Qué estaba sucediendo?
_ ¿La conoce? _ se sorprendió Salguero al notar la repentina palidez del muchacho.
_ Es la hermana de Imanol Pacheco del Prado, mi médico y primo de mi mejor amigo, Joaquín Insúa._ contestó sin dar crédito a la escena que tenía delante de él.
_ Saturnino regrese con sus hombres a la Comisaría. Lleven la carreta con el cuerpo y den aviso a los familiares de la difunta. Rafael y yo forzaremos al negro para que nos guíe hasta la guarida de El Búho.
Pero al regresar junto a Tadeo lo encontraron muerto. El y los dos policías que lo custodiaban, muertos.
_ Dardos venenosos _ sentenció Salguero al inspeccionar los cuerpos.







domingo, 30 de julio de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.33

"Así pues, refrenó las inclinaciones de su corazón,
 y no se permitió concesiones a la piedad.
 El siguiente sentimiento que se apoderó del alma
 fue una exquisita maldad".
Horace Walpole

Las manecillas del espléndido reloj de pie Carrillón giraban desquiciadas mientras Imanol continuaba fumando plácidamente su cigarro. Un sabor dulce inundaba su paladar, y hiel amarga, su corazón.
Amelia yacía tiesa sobre el silllón de la sala. "El tono morado de tu piel conjuga perfectamente con los colores de esta habitación. No, tu cadáver no desentona en absoluto hermanita", pensó maravillado por su buen gusto en cuanto a decoración. "Es una pena que deba arrebatarte de este grandioso escenario. Mi laboratorio te aguarda ansioso. Por fin se abrirán ante mí las puertas secretas de los órganos femeninos. Es la primera vez que disecciono a una mujer y tú, Amelia, tendrás ese privilegio", entusiasmado se palmeó la pierna, abandonó el cigarro en el cenicero y con paso lento se acercó a la ventana que daba a la calle. Corrió las pesadas cortinas de terciopelo azul y se asomó con discresión. Nada.
"¿Dónde se habré metido ese negro badulaque? ¿Cómo puedo confiar en menudo coñazo? ¡Soy un imbécil!", se reprochó agitado. "Le especifiqué con claridad que se presentara con la carreta luego que el "sereno" diera la medianoche. ¡Esto me pasa por confiar en analfabetos y faltos de seso!", vociferó falto de cautela.
Lo tenía sin cuidado si lo escuchaban las dos negras que aún permanecían despiertas. "Algo sospechan, pero yo sabré callarlas, cianuro y cantarella tengo de sobra", y una sonrisa ladina se abrió camino en su apuesto rostro.
Las muchachas estaban alteradas. Los señores no cenaron y hacía horas que estaban encerrados en la sala de recepción. Por más que aguzaron el oído apoyándolo contra la puerta, sólo escucharon susurros incomprensibles. Luego de una larga espera, decidieron levantar la mesa que habían dispuesto para la cena. Ninguna se atrevía a golpear la puerta para solicitar alguna indicación. Comieron debatiendo la actitud diligente del patrón, siempre en voz baja. Nunca se había presentado en la cocina y menos aún para preparar un té a su hermana. ¡Muy extraño!Finalmente, agotadas de un día de trabajo pesado se encerraron en el dormitorio que compartían y que se encontraba al final del segundo patio, pegado al galpón donde se elaboraban las velas de cebo. Unos mates bien dulces las ayudaría a relajarse, decidieron exhaustas.
Imanol, iba por la segunda botella de brandy cuando el trote de caballos le aligeró el espíritu. "¡Por fin!", dejó la copa a medio llenar sobre el mármol ónix de la mesa ratona y corrió al portón trasero.
_ ¡Negro inútil!, ¿por qué coño has tardado tanto? _ lo fustigó desencajado.
_ Perdón, patrón. Me pasó que una de las ruedas "me se salió del eje" y..._ intentó disculparse al tiempo que bajaba de un salto de la carreta y ataba los caballos a un árbol que crecía a la vera del camino.
_ ¡Calla, calla!, no tengo tiempo para gilipolleces. ¡Andando! _ Imanol empujó con fuerza a Tadeo provocando que el negro entrara a trompicones en el patio. El infeliz no protestó, bien conocía el castigo por quejarse. Al llegar a la puerta del comedor, no se atrevió a entrar.
_ ¿Qué esperas? ¡Entra maldita bestia!_ y de otro empujón lo hizo aterrizar de cabeza en el piso de madera. Tadeo tardó en incorporarse, su enorme panza le impedía moverse con agilidad.
_ Apura el paso negro holgazán. Aquí está el paquete que debes llevar a mi laboratorio _ dijo señalando el cadáver.
_ Pe-pe-pero esa,esa e´su hermana, patrón _ tartamudeó con sorpresa y horror.
_ ¿En serio? ¡No me digas!¡Sí, es mi hermana, ¿y a ti qué te importa? _ estalló desaforado_ Deja de papar moscas y ayúdame.
Entre los dos depositaron el cuerpo sobre la alfombra. Imanol la tomó de los brazos, ya algo rígidos, y Tadeo , de las piernas. Enrollaron la alfombra quedando Amelia atrapada dentro de ella.
Tadeo la cargó al hombro sin esfuerzo alguno. Su anatomía era impresionante.
_ ¡Listo! _ exclamó satisfecho Imanol.
Caminaron con rapidez. Adelante, Tadeo con el bulto y por detrás Imanol, silbando una tonada alegre.
Las negras, curiosas al escuchar los pasos presurosos, entornaron apenas la puerta del dormitorio y espiaron lo que sucedía en el exterior. Ahogaron un grito de escalofrío al ver a Tadeo moverse entre las sombras. Pensaron que era un ladrón, pero al ver que lo acompañaba su patrón se tranquilizaron y volvieron a la cama. Sin embargo, continuaron angustiadas porque un mal augurio flotaba en el ambiente.
Tadeo tiró sin contemplaciones a Amelia dentro de la carreta, se ubicó en el asiento y con un gesto de la cabeza se despidió de Imanol. El chasquido del látigo puso en marcha a la yunta de caballos, que obedientes trotaron por la calle empedrada hasta que la niebla de la noche, densa como el aliento de un ebrio, los engulló misteriosamente.
Imanol cerró el portón con presteza y regresó a la sala. Al pasar por la habitación de las sirvientas miró hacia el interior a través de un pequeño ventanuco. Todo oscuro, silencio absoluto.
_ Las zorras lo han visto todo y ahora fingen dormir. Más tarde me ocuparé de ellas, pero primero comeré algo, las tripas me aúllan desesperadas y luego...luego, comenzará la diversión.

Lourdes lloraba en brazos de Rafael. Mercedes caminaba frenética de una lado al otro del salón. Tina, sentada en un rincón, rezaba un rosario en voz baja. "¡Destino atroz!, me devolvió un hijo y me quitó un nieto", rumiaba entre Ave María y Ave María.
Lorenzo iba por el sexto cigarro. Fumar le abría la mente. Debía pensar con calma. ¿Dónde estaría Miguelito? ¿Quién fue el mal nacido que lo secuestró?, ¿y con qué propósito? ¿Dinero, quizá? "Y si fue ese loco, "El Búho", así había bautizado la prensa al perverso que violaba y mataba niños por ser esa un ave nocturna portadora de la muerte. Se decía también que los niños que nacían con el ulular del búho estaban marcados por la oscuridad.
Lorenzo tembló al pensarlo, no de miedo, sino de furia e impotencia. El y Rafael habían recorrido prácticamente toda la ciudad empezando por la Plaza de la Victoria y la Recova. Preguntaron por Miguelito a todos los comerciantes del lugar y a las personas que transitaban por las calles.
_ ¿Ha visto a un niño de ocho años, de cabello castaño y ojos claros?. La última vez que se lo vio fue entre el público que se divertía con el mono del organillero.
_ No, no lo he visto. Lo siento_ era siempre la misma respuesta, latiguillo funesto que los hundía en la desesperación.
Tomasa apareció con una fuente de panes con chicharrón. La seguía Lola, con los ojos colorados como pimientos, trayendo la pava y el mate. Enseguida se puso a cebar.
_ Coma alguito niña Lourdes, desde la mañana que no prueba bocado _ trató de convencerla la cocinera.
_ No, gracias Tomasa. No puedo comer, tengo un nudo en el estómago _ dijo y con un pañuelo se secó las lágrimas imposibles de frenar.
_ Un matecito tonce. Algo caliente le va hacer bien, niña _ insistió con ternura Tomasa.
Rafael tomó el mate que le ofrecía Lola y lo sostuvo entre sus manos mientras Lourdes aprisionaba con sus labios la bombilla.
La joven lo miró con los ojos brillosos y él le sonrió brindándole el ánimo que no tenía.
_ Y aura uno pa´usté, don Rafael _ Lola le sirvió otro mate escondiendo la mirada. Estaba sumamente avergonzada, por su culpa se había perdido el niño. "Nunca me lo vuá perdoná", se repetía acongojada.
_ ¿Alba? _ se alarmó Lourdes.
_ Duerme, mi amor. Mi madre la acostó hace rato _ la tranquilizó Rafael.
_ Tuve que leerle dos fábulas hasta que por fin cerró los ojitos _ agregó Tina interrumpiendo sus rezos.
_ ¿Preguntó por Miguelito? _  Lourdes trató de sofocar el llanto.
_ A cada rato, pero la tranquilicé diciéndole que el tío Lorenzo y Rafael lo traerían pronto de regreso _ le respondió tomándola de las manos. Las tenía frías y húmedas.
_ ¿La policía encontró algún rastro, algún indicio?...¡algo!, ¡maldita sea! _ se esxasperó Mercedes, estaba harta de una espera infructuosa. Ella misma había inspeccionado cada rincón de los bulevares y arrabales porteños acompañada de Domingo, el cochero, sin éxito._ ¿Esos ineptos recorrieron los barrios de los negros? ¡Seguramente ni se les habrá ocurrido! ¡Mierda! ¡Mierda! _ Mercedes estaba fuera de sí, ella que nunca se descontrolaba en las situaciones límites, se comportaba como un volcán en plena erupción.
Y como si hubiera invocado al mismísimo demonio, la aldaba de la puerta resonó con potencia. Segundos después dos vigilantes de semblante sombrío se presentaron en la sala.
Lorenzo se apresuró a interrogarlos.
_ ¿Descubrieron algo?
_ Lamento decirles que muy poco _ dijo el mayor de ellos con voz aflautada y en el que se destacaba un frondoso bigote oscuro.
_ ¿Cómo que muy poco? ¿¡Qué carajos están haciendo!? ¿Rascándose los huevos? _ los enfrentó delirante Rafael _ Mi hijo hace horas que está perdido y todavía ni una puta pista tienen. ¿Qué basofia de policía tenemos?
_ Don Rafael, entendemos sus nervios..._ comenzó a disculparse el otro vigilante, un joven delgado y de rostro chupado.
_ Una mierda su comprensión, les ordeno que encuentren a mi hijo _ les gritó con tanta furia que hizo retroceder unos pasos a los dos vigilantes anonadados por el ambiente caldeado que se vivía.
_ ¿Y qué es "eso poco" que averiguaron? _ los interpeló con igual furia Lorenzo. Las mujeres los observaban ansiosas, queriendo conocer las novedades.
_ Recorriendo Monserrat, pasando dos pulperías hay una fonda donde suelen reunirse los chasquis para comer algún guisito carrero y entonarse con una ginebra. El dueño se llama Nicanor Parras. El nos contó sobre un hombre que paró en el lugar varias veces a almorzar y parece que trabó relación con su peón, un niño de unos nueve años llamado Gorrión.
_ ¿Y eso que tiene que ver con mi hijo? _ chilló con impaciencia Lourdes.
_ Este hombre no encaja en ese lugar de borrachos, jinetes, viajeros y payadores. Según don Nicanor, es un caballero culto y bien vestido, muy generoso al momento de pagar. Lo raro de todo esto, es la relación que trabó con el chico. Parece que lo contrató para hacer un trabajo misterioso _ contó con lujo de detalles el vigilante de bigotes.
_ ¿Misterioso? _ preguntó intrigada Mercedes. Un mal presentimiento se despertó en ella., como una serpiente venenosa que se enrosca en el corazón y clava en él sus colmillos afilados.
_ Sí señora, misterioso porque por más que don Nicanor le insistió para que le contara, el muchachito se negó rotundamente. Una vez, picado por la curiosidad lo siguió, pero el muy pícaro logró despistarlo. No supo más de él hasta hoy. El pibe pensaba que estaba solo en la fonda, pero en realidad don Nicanor estaba en la pieza del fondo embotellando vino patero. Al escuchar hablar a alguien pensó que era un cliente, pero cuando estaba a punto de alcanzar el mostrador, se detuvo abruptamente al reconocer al hombre misterioso. Se quedó escondido detrás de la cortina escuchando. Así se enteró que el desconocido le daba unas cuantas monedas de plata a Gorrión y le mencionaba algo referido a unas llaves y a un laboratorio. Esto último lo dedujimos nosotros uniendo las sílabas inconexas que balbuceó el pulpero. El oficial Saturnino cree que ese hombre está relacionado con el secuestro de Miguelito.
_ Y usted, ¿quién supone qué es este hombre enigmático? _ preguntó Rafael temiendo la respuesta, él también como Mercedes ya había llegado a una monstruosa conclusión.
_ Pensamos que podría ser "El Búho" _ respondió de un tirón el vigilante flacucho.
Lourdes sintió que la tierra se abría bajo sus pies. "¡Ay, Dios mío, no,no!Mi hijito, mi querido hijito!", gritó antes de desmayarse.
Tina y Mercedes la socorrieron aunque ellas también temblaban como las hojas de otoño a punto de caer de las ramas.
Rafael corrió a su lado y la abrazó.
_ Lo encontraré mi amor, te juro que lo encontraré.
_ Y el niño, ese tal Gorrión, ¿dónde está? ¿Hablaron con él?, ¿qué les dijo? _ esgrimió Lorenzo, no había tiempo que perder.
_ También desapareció _ respondieron al unísono los dos vigilantes.
_ Y el Jefe de Policía, ¿qué opina de todo esto? ¿Qué plan tiene a partir de esta información? _ quiso saber Lorenzo _ Se debe redoblar las patrullas de vigilancia en la zona de Monserrat, debemos encontrar ese laboratorio.
_ Don Esteban está en su casa, hace tres días que no se presenta en la comisería. El pobre sufre de dolores de cabeza muy fuertes _  lo disculpó uno de los vigilantes.
_ En este momento no hay dolor de cabeza que valga. Estamos en una etapa crucial, su presencia es imprescindible para las próximas decisiones que deberán tomarse. Además su experiencia en la persecusión y captura de criminales es de gran valía, lo precede los galardones que obtuvo en Cochabamba al poner tras las rejas a una gavilla completa de salteadores que asolaban a los pasajeros de diligencias y a las casas que lindaban la capital. Es un hombre de carácter que no se amilana ante nada. Repito, en este momento sus jaquecas pasan a segundo plano _ aseveró el oficial Saturnino entrando a la sala sin aviso previo _ No se preocupe don Lorenzo, ya mismo voy a buscar al Jefe de Policía. Doña Lourdes, confíe en nosotros, pronto volverá a abrazar a su hijito.
_ Si me permite, yo iré a buscar a don Esteban Salguero _ saltó Rafael soltando con delicadeza el cuerpo frágil de Lourdes _ Y de su casa iremos directamente a Monserrat _ determinó sin importarle la opinión policial.
_ ¡¿Esteban Salguero?! _ Mercedes y Lorenzo exclamaron turbados y sobresaltados ante la mirada desconcertada de los demás.


miércoles, 19 de julio de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.32

"Encuentras mis palabras oscuras. 
 La oscuridad está en nuestras almas. ¿No crees?".
J. Joyce

Llegó al atardecer. Amelia lo esperaba con los nervios de punta. No habían conversado desde la noche anterior cuando Imanol le expuso su plan. Raptar al hijo de Rafael y Lourdes.
Se horrorizó al rememorar las andanzas de su hermano en el pasado. Primero tomó por amante al hijo del administrador de su padre y se mostró con él en cuanta fiesta se ofrecía en el ducado causando la vergüenza de la familia. No conforme con ésto, violó y asesinó a dos niños de alto linaje. A pesar de ser el hijo del Duque, fue condenado. Pero gracias a las relaciones de su padre logró evadir la condena con la condición de abandonar el país.
El no seria capaz de asesinar a ese chiquillo, ¿o si?. ¡No, claro que no!. Amelia se desesperó.
"Raptaré al mocoso", recordó decir a su hermano. "Haré que el miedo les congele la sangre, ¡malditos!"
Fue lo último que dijo antes de encerrarse en su dormitorio. Ella contaba con encontrarlo por la mañana en el desayuno, pero Imanol no apareció. Una de las sirvientas le informó que "el señor" había salido muy temprano sin decir dónde.
Optó por tomar un té inglés que le resultó amargo a pesar de las cuatro cucharadas de azúcar. Rechazó el budín de pan con canela, su confitura favorita. El malestar estomacal la estaba enloqueciendo.
Maldijo no tener con quien desquitarse. La negra Candelaria los plantó para irse con Rafael. "La muy desagradecida", escupió con furia arrojando la taza de té contra la pared de la sala.
Fuera de sí, de un tirón quitó el mantel que cubría la mesa. Fuentes, platos y tazas volaron por el aire provocando un gran estrépito. Impotente, comenzó a llorar desahogando toda la angustia contenida durante esos oscuros días.
Luego se acostó e intentó dormir. ¿Por qué siempre se enamoraba del hombre equivocado? Cierta vez en Madrid, siendo aún una niña,  una gitana le leyó las líneas de la mano.
"Nada te faltará, viajes, joyas, vestidos; pero nunca te amarán. Entregarás tu corazón y un puñal lo traspasará".
¡Cuánta verdad! Los años pasaron y Amelia pudo comprobar que la enigmática profecía se convertía en realidad. Los jóvenes que se acercaban a ella sólo ambicionaban su fortuna y su posición social. Los detestaba.
Y cuando al fin halló al hombre con el que siempre soñó, el destino pérfido se lo arrebató.
"No fue el destino, fue esa perra malparida. Rafael no la ama, me ama a mí, lo leo en sus ojos. Se defiende de su amor hacia mí rechazándome, gritándome; pero sé que me desea con el mismo ardor con que yo lo deseo. Ella, la muy zorra, lo busca, lo acosa...él está confundido, ella lo confunde con sus artimañas de mosquita muerta. ¡No, no, no!, él es mío. Yo soy su verdadero amor. Imanol me ayudará a convencerlo...pero , ¿cómo?, ¿raptando al niño?  Rafael y Lourdes se unirán en el dolor y eso a mí no me conviene. No comprendo que se propone Imanol con algo tan descabellado. ¡No lo permitiré!"
Los pensamientos libraban una batalla a muerte en la mente de Amelia imposibilitando su descanso.
Alterada, decidió renunciar a la siesta. Cambió su vestido de seda verde oscuro por uno blanco con volantes de gasa. Frente al espejo arregló su peinado y se pellizcó las mejillas para darles color. La palidez no le sentaba. Unas gotas de perfume en el cuello y se dispuso a esperar a su hermano. Esa misma noche debían aclarar varios puntos del plan. Amelia no estaba dispuesta a perder a Rafael por una estúpida venganza.
Cuando oyó cerrarse de un golpe el portón de entrada, corrió al zaguán. Era él, Imanol.
_ ¿A qué se debe este recibimiento entusiasta querida hermanita? _ la tomó del brazo y juntos se dirigieron a la sala.
_ Siempre tan sarcástico, Imanol _ se enfadó _ Hace horas que te espero, ¿dónde estabas?
_ Menos averigua Dios y perdona _ respondió sin perder su buen humor.
_ ¡Imanol!, no estoy de ánimo para tus charadas. Dime, ¿qué te propones? _ lo enfrentó colérica.
_ Amelia, primero de todo, como veo que estás sumamente irritada, te prepararé una infusión de valeriana. Necesitas relajarte. Ven, sientate. Yo mismo te lo prepararé _ dijo solícito.
En la cocina, pidió agua caliente a una negrita de unos trece años que estaba lustrando la vajilla de plata.
De una de las alacenas tomó una taza de porcelana con diminutas rosas primorosamente pintadas y del bolsillo de su gabán extrajo dos sobres pequeños.
Abrió uno de ellos y echó un puñadito de valeriana en la taza, luego volcó el agua.
Abrió el segundo sobre. Miró de reojo a la sirvienta y al comprobar que continuaba ensimismada en su tarea, volcó todo el contenido en la taza. Revolvió con presteza el té con una cucharita de plata. Puso la taza sobre un platito y regresó a la sala.
_ Un té caliente te vendrá de parabienes _ recitó mostrando una sonrisa radiante.
_ Gracias hermano, realmente debo tranquilizarme para repasar a conciencia nuestro plan _ tomó un trago, luego otro y otro más _ No estoy de acuerdo con el rapto. Me parece innecesario.
_ Asi que innecesario... _ Imanol comenzó a caminar de un lado a otro de la sala mientras Amelia terminaba su té.
_ Sí, innecesario. Rafael, ¿ese es su verdadero nombre, no?, enloquecería y toda su furia la volcaría en mí. Ese sinsentido lo alejaría de mí, ¿no te das cuenta? Pienso que mi plan es mucho mejor _ decidió mirándolo fijamente, la espalda erguida.
_ ¿Tu plan? ¿Esa ridiculez de drogarlo y embarcarlo a España...y luego hacerle creer que te embarazó durante la travesía? _ se burló.
_ ¡Mi plan no es ninguna ridiculez! _ estalló ofendida. Comenzó a sentirse mareada.
_ Una ridiculez mayúscula. ¿Piensas que Rafel, un hombre inteligente, caería en tu insípida trampa? ¡Por favor, no me hagas reír! _  trastornado, se sirvió una copa de brandy, debía mantener la calma.
_ ¿Por qué el rapto? ¿Por qué tu venganza? ¿Tanto amas a Lourdes que debes vengarte de Rafael por quitártela? ¿Piensas que ella recurrirá a tí para que la ayudes a encontrar a su hijo? ¡Memo!, nunca lo hará. Lourdes se refugiará en Rafael y los dos saldremos perdiendo _ intentó ponerse de pie pero un vahído se lo impidió. Imanol lo advirtió y sin inmutarse encendió un cigarro.
_ ¿Por qué piensas que busco vengarme de Rafael? ¿Por quitarme la posibilidad de conquistar a Lourdes? _ preguntó irónico. Se sentó en un sillón frente a ella. Se cruzó de piernas y comenzó a fumar teatralmente.
_ ¿Acaso no estás enamorado de ella? _ Amelia estaba perpleja. ¿Qué le sucedía? El corazón le latía desenfrenado y la frente se le perló de sudor.
_ ¡Claro que no! No me gustan las mujeres, ¡los hombres me calientan!. Rafael me calienta, estoy enamorado de él. ¿Acaso has olvidado mis gustos? ¿Has olvidado por qué nuestro padre me desterró de España? ¿Has olvidado la vergüenza de nuestra aristocrática familia por mi homoxesualidad declarada? ¿¡Su repudio por querer vivir con mi amante rompiendo todas las reglas de la moralidad?! _ apretó con fuerza la colilla del cigarro contra el cenicero deseando que la colilla fuera la cabeza de su padre.
_ ¡Violaste y asesinaste a dos niños inocentes!_ exclamó acalorada. Una quemazón que nacía en el estómago ascendía hasta la garganta, ahogándola.
_ ¿Qué es un niño caprichoso menos? Seguramente un futuro dandy vanidoso, un petrimetre altanero. Actué con justicia, alguien debe limpiar de hipócritas nuestra sociedad pacata y moralista. Piensan que por follarse a una mujer son más viriles que aquellos que tenemos otros gustos _ con indiferencia tiró la ceniza sobre la lujosa alfombra._ Tú crees que soy un ser diabólico, despiadado y malvado, pero no es así, soy un ser humano que sufrí terriblemente y sigo sufriendo por ser un incomprendido. Odio a nuestro padre, el es mi verdugo _ de un trago vació la copa de brandy y volvió a servirse otra _ Amo a Rafael y lo odio por rechazarme, por eso sufrirá y me complaceré en su sufrimiento.
_ Pensé...pensé _ la sobresaltó un fuerte mareo.
_ Tú no piensas, tú fastideas, ¡patética espía! Sé que me acompañas en mis viajes, no por amor fraternal sino porque eres la espía de nuestro padre. Permíteme que te instruya, querida hermanita, desde que dejamos España tuve decenas de amantes y muchos de ellos, menores de trece años y tú, estúpida criatura, ni lo advertiste, siempre soñando con el galán ideal y la tontería del amor eterno. Sabes, la carne fresca es mi debilidad, me encanta abrir caminos...derribar barreras.
Amelia escuchaba escandalizada...aterrorizada...descompuesta...
_ Te doy una primicia, yo soy el "loco", según ustedes "los cuerdos", que es el responsable de la desaparición de los niños. Los engatuzó y los encierro en mi laboratorio que tengo en las afueras de la ciudad. Luego de divertirme, los uso como conejillos de indias para mis investigaciones. Los abro de arriba abajo, extraigo sus órganos...los estudio...los dibujo. Tengo trienta volúmenes atiborrados de notas y dibujos _ se jactó. Orgulloso, se sirvió otra copa de brandy. Debía brindar por la muerte de su hermana.
_ ¡Demente! _ alcanzó a pronunciar, se sentía cada vez más débil.
_ No soy un demente, sólo soy exéntrico. Además, ¿por qué no los puedo matar? Si de todas formas van a morir un día u otro. Te repito, ¿qué significa un androjoso menos en la faz de la tierra? Míralo de esta forma: esos chiquillos, quizá futuros delincuentes, fueron mi diversión y dieron su vida en pos de la ciencia _ concluyó seguro de su proceder.
_ Imanol me siento terrible. No puedo respirar, ¡ayúdame! _ Amelia extendió sus brazos hacia su hermano, pero él se alejó de ella sin dejar de observarla.
_ Me muero Imanol, ¿qué me has hecho? ¡El té! ¿Qué tenía el té? _ balbuceó Amelia sin fuerza. El pulso se le volvió irregular y lento, los labios y el rostro se le tornaron azulados.
Cuando cayó inerte sobre la alfombra, recién entonces Imanol se acercó a la mujer.
_ ¡Muerta!. ¡Bendito cianuro!. Al fin me dejarás en paz, al fin libre. Tu cháchara vacía me siempre me aturdió  _ la reprendió acercando un espejo a la nariz para comprobar que ya no respiraba. Buscó el pulso en el cuello, nada._ Hermanita no quería hacerte daño, sólo quería matarte.
Encendió otro cigarro y la contempló embelesado.


lunes, 10 de julio de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.31

"El miedo no existe, no tengo miedo.
 Es un color oscuro que se escapó de un cuento".
Aurelio González Ovies

Gorrión barría silbando el piso de tierra de la pulpería cuando sintió que lo llamaban. Giró la cabeza hacia la puerta y vio a Imanol que le hacía señas para que saliera.
_ ¡Buenos días dotor! ¿Qué lo trae tan temprano por estos pagos?, ¿se cayó de la cama? _ el niño quiso ser gracioso pero su intento resultó un fracaso.
_ No seas impertinente mocoso del diablo, hoy no estoy de humor para tus tontos chascarillos _ le respondió furioso.
_ Perdón dotor, no quise ojenderlo. Pero pase, pase que se va a mojar _ una garúa persistente y molesta venía atormentando a la población de Buenos Aires desde hacía una semana.
Imanol echó una mirada rápida al interior de la pulpería y al notar que estaba desierta, aceptó aliviado. Odiaba el clima porteño, tanta humedad lo irritaba.
_ ¿ Y tu patrón? _ preguntó algo nervioso, no deseaba ser visto ya que prefería mantener oculta su relación con el peoncito.
_ Se jué al puerto a comprar cigarros de contrabando. Dispué los vende al doble el muy turro _ Gorrión se rió de su ocurrencia, en cambio Imanol frenó el impulso de ahorcarlo.
_ Me interesa una mierda a dónde fue tu patrón, lo que importa es que no está para poder conversar con tranquilidad. Antes pasé por mi laboratorio y encontré todo en orden. Hiciste bien tu trabajo _ Gorrión, todas las mañanas, compitiendo con el canto del gallo, cumplía con su trabajo de aseo en el refugio clandestino de Imanol. En un primer momento, pensó en el niño como una nueva presa de investigación, pero luego cambió de idea; prefirió mantenerlo cerca hasta concluir con su venganza y después...a lo mejor, lo probaría. "Parece frágil, sin embargo es de carne dura, sin adiposidad. Así me gustan a mí los críos, los disfruto más", el pensamiento, veloz como un rayo, le levantó el espíritu. "Sí, luego me ocuparé de él", decidió satisfecho.
_ Gracias dotor _ se alegró y más todavía al recibir un pilón de monedas. "Esta noche voy a morfar un buen puchero", de sólo imaginarlo se le hizo agua la boca _ Gracias dotor _ repitió con una ancha sonrisa que mostró algunos dientes picados.
_ Ahora devuélveme la llave. No necesito más de tus servicios.
_ ¿Está siguro dotor? _ Gorrión, desilusionado, le entregó la llave.
_ Mira Gorrión, mañana parto hacia Cochabamba, así que por un tiempo voy a estar ausente de Buenos Aires. Te prometo que a mi vuelta volveré a contratarte. Me has sido de gran ayuda, mi actividad supone una limpieza extrema y tú has mantenido el laboratorio impecable. ¿Seguirás trabajando para mí, verdad? _ preguntó zalamero, debía continuar en contacto con ese especímen.
_ Claro dotor. cuente conmigo pa´ lo que guste _ respondió feliz pensando en los futuros centavos destinados a suculentos almuerzos y cenas.
"Para lo que guste, por supuesto, para lo que guste", consideró Imanol y una mueca maquiavélica se dibujó en su rostro.
_ Bueno Gorrión, hasta pronto, entonces. Y no le cuentes a nadie, ¡a nadie! de nuestro convenio..
_ ¿De lo qué?_ se extrañó. "Este dotor habla muy raro"
_ De nuestro trato...No le digas a nadie que nos conocemos y que trabajas para mí. ¿Has entendido ahora? _ se impacientó ante la ignorancia del niño.
_ Auradotor. Confíe en mí, voy a tener la boca más cerrada que un muerto _ le dijo risueño.
"No te preocupes, pronto, muy pronto haré realidad tu propuesta", Imanol lo miró de arriba abajo, dio media vuelta y desapareció bajo la llovizna enfundado en su chaquetón negro.
Gorrión continuó barriendo. Entre escobazo y escobazo, dejó volar su imaginación. "¿Y si esta noche me doy una vueltita por el laboratorio? ¿Y si me quedo a dormir ahí? Hay un brasero con el que me puedo calentar, en mi rancho me muero de jrío. Además los otros días vi unas mantas guardadas en unos cajones que me vendrían bien, las mías tienen más aujeros que perdíz baleada. Sí, voy a hacer eso, total el dotor, como quiera que se llame, nunca me dijo su nombre, se va de viaje. Con estas monedas me voy a comprar pan, queso y un pedazo de panceta. Sí senior, me voy a dar un flor de festín, como dice el patrón cuando empina la botella de ginebra".
Mientras tanto Imanol decidió pasar por la Recova con el fin de adquirir en la botica etanol, fenol, azufre, mercurio y madera de enebro, elementos que utilizaba en las disecciones de los cadáveres y en la desinfección, tanto de su persona como la del lugar luego de realizar las autopsias pertinentes y de tener sexo con sus víctimas.
Luego de pagar la cuenta salió del negocio planeando el día del secuestro. Recordó entonces que había olvidado comprar aceite de rosas, siempre lo utilizaba para suavizar y quitar el olor pestilente de los desinfectantes de sus manos. Fue entonces cuando lo vio.
Estaba frente a un organillero y su payasesco mono. No podía desperdiciar semejante ocasión. Seguramente Dios estaba de su parte.
Se olvidó del aceite de rosas y caminó hacia el tumulto de gente que vitoreaba al imbécil organillero.
Celebró al notar que el niño estaba solo. No le costó convencerlo que lo acompañara, él sabía de su devoción por los libros.
_ ¿Cuánto falta? _ Miguelito estaba cansado, habían caminado durante una hora. No garuaba y el cielo estaba despejado. Eso facilitó el trayecto a pesar del incordio que ofrecían las calles embarradas.
_ Ya llegamos, es en la otra cuadra _ le indicó animándolo a apresurar el paso.
_ Pensé que íbamos a su casa _ se extraño el niño pero sin inquietarse.
_ Sí, pero antes debo visitar a un paciente _ inventó.
Al llegar y ver que no era una casa sino un viejo galpón, Miguelito comenzó a desconfiar.
_ Mejor volvamos doctor Imanol, es tarde y mi mamá se va a preocupar _ dijo titubeando.
_ ¡De ninguna manera! _ y de un empujón lo hizo entrar.
El lugar estaba oscuro, de modo que Imanol encendió varias velas.
Miguelito pegó un grito al observar el sombrío entorno. Una enorme mesa llena de instrumentos extraños, muchos tubos de vidrio, tijeras y cuchillos de todas las medidas. Y lo mas peculiar de todo, una jaula monumental.
Miguelito comenzó a temblar, algo andaba mal.
Imanol lo tomó de un brazo y con violencia lo arrojó dentro de la jaula y la cerró con candado.
_ ¿Qué está haciendo? ¡Sáqueme de acá! _ gritó con desesperación pero sin llorar, él nunca se mostraría débil ante ese loco. "Soy un hombre, y los hombres no lloran", se dijo recordando los consejos de su tío Lorenzo.
_ Amiguito, te quedarás quietecito y sin protestar, sino deberé amordazarte y, créeme, no te gustará.
_ ¿Por qué me hace ésto? _ lloriqueó olvidándose de la recomendación de su tío Lorenzo.
_ Tu padre se portó muy mal conmigo y ahora debo vengarme, así de simple es _ le explicó con una sonrisa torcida.
_ ¿Mi papá? ¡Mi papá se murió!
_ Te equivocas, tu padre vive y está muy cerca tuyo. Tu padre es Bautista _ Imanol estaba exultante, el opio que había fumado la noche anterior lo potenciaba.
_ ¡Mentiroso! Mi papá murió en una batalla defendiendo la Patria _ chilló alarmado.
_ Error, mi querido niño, tu padre no murió en la batalla de Caseros. Lamentablemente se cayó de su caballo y por el golpe que sufrió perdió la memoria _ Imanol narró los acontecimientos friamente.
_ ¿Mi mamá sabe? _ Miguelito estaba desconcertado.
_ Por supuesto. Supongo que hoy iba a decírtelo, y como ella no ha podido hacerlo, lo hago yo. Tu padre vive y es Bautista, es decir, Rafael. Lamentablemente la familia feliz no podrá reunirse porque yo tengo a su querido hijito al que no verán nunca más _ una cacajada estridente redundó por todo el laboratorio. Miguelito temblaba descontrolado.
_¿Qué me va hacer? ¡Quiero ir con mi mamá! ¡Mamita! ¡Mamita! _comenzó a gritar.
Imanol, enfurecido, tomó un rebenque de la mesa y lo hizo estallar contra los barrotes de la jaula.
_ ¡Deja de gritar mocoso! _ Miguelito, horrorizado, se calló al instante. Sólo lloraba ahogando sus quejidos.
_ Así me gusta _ Imanol tiró el rebenque al piso y continuó:
_ Me voy, por la noche regresaré y conversaremos. Te aseguro que nos divertiremos _ "Yo, seguro", pensó relamiéndose, "Primero lo violaré imaginando que estoy penetrando a Rafael, al fin y al cabo es su hijo, su misma sangre. Y luego de gozar lo abriré para ahondar mis conocimientos sobre la anatomía humana. El sólo pensarlo, me exita. ¡Me gustan los niños, son sabrosos!".
Imanol inspeccionó su instrumental. Todo debía estar dispuesto para esa noche: el cuchillo curvo para las amputaciones, la sierra para cortar huesos, el trepanador para perforar el cráneo, el litótomo para cortar la vejiga, los escarficadores para producir sangrado, tijeras de distintas medidas y todo tipo de desinfectantes. Todo en orden, todo perfecto.
_ Hasta la noche Miguelito, descansa y si puedes sueña con los angelitos _ Imanol. alborozado y radiante abandonó el lugar apagando antes todas las velas.
En medio de la oscuridad sólo se escuchaba correr a los roedores y el llanto quedo de un niño.