martes, 18 de agosto de 2015

La Cabecita Negra Cap 11

Dura fue la vida de María Antonia Galrza, la mayor de cinco hermanos, hijos de distintos padres a los que nunca conocieron. Desde temprana edad comenzó a trabajar en las tareas del campo. Sembró, cosechó, amasó pan y salió a venderlo a los criollos que formaban un pequeño núcleo pobacional, mezclados con algunas tolderías tobas.
Apenas cumplió los catorce años y se enredó con Gonzalo Cerillos, un gallego de veinte años, recién llegado al país y que se asentó en el Chaco buscando nuevos horizontes. A él lo enamoró el cuerpo pulposo y sabroso de Antonia. Sin embargo, lo que más lo cautivó, fue su sonrisa franca. La deseo desde un principio...
Para ella fue un alivio abandonar el rancho que compartía con su madre y sus hermanos. Estaba hastiada de todas las responsabilidades que le endilgaban y creyó que Gonzalo sería su liberación. Se equivocó.
Al principio todo fue mieles. Le pareció un sueño ser la dueña de una casita y sentirse protegida por primera vez en su vida.
A Gonzalo, por ser colono europeo, el Gobierno le concedió una parcela de tierra de unas treinta hectáreas, los materiales para la construcción de la vivienda, semillas, algunas gallinas, un gallo, una vaca, un caballo y herramientas para las tareas rurales.
Levantó el rancho en pocas semanas y lo acondicionó con lo imprescindible: un fogón, un catre, una mesa rústica con dos sillas. Allí llevó a Antonia, que se sintió como una reina.
Juntos prepararon el terreno para la siembra de avena y maíz. Destinaron una parte importante de la parcela para el cultivo del algodón.
La salida del sol los sorprendía abriendo la tierra con azadones, para introducir a mano en los surcos las semillas que habían remojado la noche anterior en agua tibia.
Antonia, a pesar del pesado trabajo, era feliz y aún más cuando confirmó su embarazó.
Gonzalo recibió la noticia con igual alegría y entusiasmo.
Su primer hijo venía con un pan bajo el brazo. Las lluvias beneficiaban sus campos cultivados y su oficio de herrero incrementaba las entradas. Amaba a su mujercita laboriosa, no podía pedir más.
La situación comenzó a oscurecerse cuando Antonia le anunció la llegada de un tercer hijo. Los hijos representaban para Gonzalo el obstáculo que le impedía progresar.

_¡Me cago en la leche, mujer! Eres una ignorante que no sabe cuidarse...¿no te lo ha explicado tu madre?
_¿Cuidarme? ¿Cómo es eso?_ preguntó perpleja y dolida.
_¡Ignorante! Te preñas justo en el tiempo de cosecha, menuda chorrada. ¿Y ahora,quién me ayudará? Tendré que contratar a algún tío. ¡Joder!
_ No te enojés, yo te voy a ayudar igual_ le dijo contrita.
_ Mejor que sea así, ya bastante me deslomo todos los días desde antes del canto del gallo.
Antonia prefirió permanecer en silencio para evitar una escena de violencia que pudiera asustar a Amanda y a Sofía, sus hijitas.
Ella, a la par de su concubino, se despertaba al alba para comenzar con las tareas del hogar y del campo. Ordeñaba, amasaba el pan y lo cocinaba en el horno de barro que uno de sus hermanos levantó junto al rancho, cerca del pozo de agua. Cuando Antonia no ayudaba en la siembra o en la cosecha, se dedicaba a cultivar hortalizas en el huerto, además, por supuesto, de cocinar, lavar y planchar con una pesada plancha de hierro a carbón que le quebraba la espalda. Las niñas, aunque pequeñas, siempre la ayudaban y le alegraban la vida.
A Gonzalo, nada de lo que hacía Antonia lo complacía. Siempre estaba disgustado, con el ceño fruncido, buscando pelea. Si Antonia le contestaba mal o no hacía lo que el pretendía, la insultaba, rompía platos y vasos. Luego desaparecía por uno o dos días para regresar totalmente ebrio.
Amanda y Sofía, durante esas trifulcas, se escondían debajo del catre que compartían, llorando, temblando y tapándose los oídos para no escuchar los gritos de su padre.
Por temor a recibir un golpe, Antonia nunca respondía a las agresiones. Sólo rezaba para que Gonzalo desapareciera de su vida.
En los días que permanecía sola con sus hijas, Antonia respiraba en paz. Era consciente que Gonzalo le era infiel, pero no le importaba.
El hombre, cuando se perdía, vagabundeaba por las tolderías acostándose con alguna india, para terminar en el boliche del pueblo, donde tomaba hasta desmayarse.
Muchas veces, los amigos lo llevaban en andas hasta su rancho; otras llegaba arrastrándose, sucio de barro y vómito.
Antonia lo acostaba y lavaba. Gonzalo "dormía la mona", y luego, la rutina: monótona y violenta.
La vida se volvió asfixiante para Antonia, quería huir, pero ¿a dónde con dos pequeñas y un bebé?
"Hay veces que deseo matarlo, hasta pensé en el veneno para ratas que tengo escuendido en el galpón. ¡Que Dios me perdone, pero no lo aguanto más!". Una tarde se lo confesó a su hermana Celina. "Matalo, pué, matalo", la alentó.
"No lo hago por mis hijos. Si se descubre que jui yo,¡que va a ser de ellos!".
Gonzalo abandonó su oficio de herrero. Después de trabajar en el campo se tiraba en el catre y dormía hasta bien entrada la noche. El momento en que se despertaba, era el más temido de Antonia y de sus tres hijos. Despertaba siempre de mal humor, tomaba dos litros de vino de pésima calidad, insultaba y dando un portazo, desaparecía. Se consideraba un fracasado, un perdedor. Todos sus sueños, convertidos en un fiasco. De a poco fue vendiendo las tierras sin el consentimiento de Antonia. Su propósito, volver a la Madre Patria.
_No podemo' seguir así Gonzalo. Yo sola no puedo con la cosecha de maíz y algodón. La Amanda y la Sofía me dan una mano, pero no alcanza, son muy chiquitas..._ lo encaró Antonia en una oportunidad juntando fuerzas.
_ ¡Deja de darme por el culo mujer! Contrata a algunos gilipollas que abundan en este pueblo de mierda
_ ¡Y con que plata!_ se quejó ya harta.
_ Ve tú a saber...arréglatelas como puedas, conmigo no cuentes.
_ ¡Somos tu familia!_ se derrumbó Antonia.
_ ¡Joder! Una familia que destruyó mis planes de progreso. La culpa fue mía por "acollararme" con una coneja, cada año, una cría nueva...

_ Hijo de puta,¡son tus hijos!
_ Tú a mí no me insultas puta barata_ le escupió con ira.
_ Esta puta barata está esperando otro hijo tuyo_ se le escapó,no iba a decírselo por el momento.
_ ¿Queeeé? ¡Te deshaces de ese paquete ya mismo o...
_ ¡No!
_ Entonces,¡hala!, me voy y esta vez para siempre.
Fue hasta la pieza, metió en una valija su poca ropa y un dinero que tenía oculto en un agujero camuflado en la pared, detrás de una cajonera.
Sin dirigir una mirada de cariño a sus hijos, Gonzalo salió de la vida de Antonia dando un portazo que hizo temblar las paredes del rancho.
Pasado el primer tiempo de alivio, Antonia se vio sobrepasada de responsabilidades. ¿Cómo encarar la cosecha de algodón que estaba a punto de iniciar, sin dinero y sin el respaldo de un hombre?
La respuesta no se hizo esperar. Tres días después del abandono de Gonzalo, se presentó un desconocido reclamando sus derechos sobre las tierras lindantes al rancho.
Antonia se opuso rotundamente y lo echó a escobazos.
El hombre volvió a la tarde siguiente con el comisario y con los documentos que certificaban la compra de los terrenos.
Antonia, derrumbada, no puso resistencia.Sólo le quedó el rancho y la huerta, "con eso me basta y me sobra", pensó agradecida por conservar un techo.
En esas circunstancias conoció a  Sánchez Uría, el dueño de "El Espinillo". Por casualidad se topó con él en el almacén de ramos generales una mañana ventosa de agosto. Como Antonia necesitaba con urgencia dinero, no dudó en pedirle trabajo en la cosecha de algodón que se aproximaba.
_ Pero si está preñada señora...no creo que pueda rendir lo que yo exijo_ la alertó de mala manera.
_ No se priocupe patrón, me doy maña y soy muy juerte_ insistió.
_ Está bien, pero no piense que por estar esperando un crío tendrá consideraciones especiales, tendrá que sudar como cualquier cosechador.
_ Ta'bien patrón.
_ La paga será de acuerdo con lo que logre cosechar._ sin más, dio media vuelta y desapareció del almacén con su compra, unos cigarros de chala.
De ese modo, Antonia, obtuvo la changa que por un buen tiempo, la ayudó a mantener a sus hijos.
Amanda fue la que siempre estuvo a su lado, su puntal. Parecía estar en todos lados, cosechando, cuidando a sus hermanitos, cocinando, cebando mate después de una jornada agotadora.
_ ¡Cómo me duelen los pieses, los tengo tan hinchados!_ se quejaba Antonia por las noches.
_ ¡Pobrecita mami! Yo la voy a masajiar_ enseguida se arrodillaba a los pies de su madre, la descalzaba y comenzaba con un masaje suave y delicioso.
"Mi Amanda, mi querida Amanda, ¿qué te hicieron,pué?, como una película dramática, Antonia presenció toda su vida mientras dormitaba, luego de la visita del doctor.
_ ¿Está dispierta máma?_ César entró sigiloso a la habitación de su madre por miedo a molestarla.
_ Si m'hijo,pasá. ¿Qué te dijo el dotor?
_ Nada por lo que tenga que priocuparse. 
_ Me dijo la Alma que no puedo comer ni un poquito de azúcar.
_ Y ...sí máma, con la diabeti es muy peligroso comer cosas dulces.
_ ¡Ay César! Me convertí en una carga pa' ustedes. ¡Mejor si me muero!
_ ¡Cruz diablo máma! No diga eso, ya va a ver como salimos de ésta, siempre unidos, como lo hicimos hasta ahora. Sabe, máma, don Marcelo se va a hacer una escapada hasta Villa Angela pa' traerle la insolina,  eso que usté necesita para ponerse mejorcita.
_ ¿Y cómo le vamos a pagar César?
_ Con mis ahorros máma. Y cuando estea juerte otra vez, yo y la Alma nos vamo' pa' la Capital.
_ ¿Qué locura decí César?_ protestó con sus pocas fuerzas.

_ Sí viejita, nos vamos. Allá hay buenos dotores y hospitales, que la pueden atender. Don Marcelo me dio la dirección de un pariente que me va a dar un buen trabajo. Voy a juntar plata y la vengo a buscar, a usté y a la Sofi y a la Mati. No me ponga esa cara máma, lo hago por su bien y el de todos. Les voy a dejar a las chicas bastante dinero para el primer tiempo, dispué les voy a mandar desde la Capital, no se priocupe .
_ Pero ,¿y la Alma? ¿por que te la querés llevar?
_ Ella me va a ayudar. Entre los dos va a ser más fácil juntar la plata para traerlas con nosotros. El dotor me dijo que lo mejor pa' usté es atenderse en un hospital de la Capital. Allá tienen todo lo que usté necesita.
_ Pero César...
_ Nada máma, no se discute más, la Alma y yo nos vamos pa' la Capital. Está decidido.