sábado, 18 de junio de 2016

ALAS PARA UNA ILUSION, Cap 19

"Me entenderás cuando te duela el alma  
 como a mí".  
Frida Khalo


Buenos Aires 1940

Esos dos años de espera impuestos por Ana para que sus hijos pudieran manifestar sus sentimientos a Lupe, pasaron raudos como el vuelo de las golondrinas.
La joven, como fruta tentadora, encendía la apetencia de los hermanos Gamazo.
Alegre, extrovertida, apasionada...así enfrentaba la vida Lupe. Siempre una sonrisa iluminaba su rostro de exquisitas facciones. Y su cabello, ¡ay ese cabello caoba!, era la perdición para los dos muchachos, que a pesar de su madurez y experiencia sexual, caían embobados bajo su embrujo. "Es una hechicera", comentaban entre ellos, sobre todo cuando fascinados la escuchaban interpretar a Vivaldi o a Beethoven.
Lupe, por su parte, vivía un sueño del que se negaba despertar. Ella que desde pequeña habìa sufrido penas y desidias, muerte y abandono, hambre y desprecios, ahora estar rodeada por tanto cariño le parecía adorablemente extraño.
_ Soy tan feliz que tengo miedo _ le confesó una noche en el dormitorio que compartían a Lina.
_ No tengas miedo, después de tanta tristeza Dios nos ha recompensado. Seguro que mamá desde el Cielo le ha insistido para que nos proteja y bendiga.
_ Lina, a veces pienso que tú eres la mayor. Con trece años eres tan profunda..._ Lupe la abrazó y besó.
_ Ya que me consideras mayor, ¿me dirás de una vez de quién estás enamorada?_ la tanteó.
_ A su debido momento hermanita, ¡no seas curiosa!
_ ¿Y cuándo será ese momento? _ chilló _ Hace dos años que me tienes sobre ascuas.
_ Buenas noches Lina, duérmete ya que es muy tarde.
"Nuevamente me deja con la espina, ¡Lupe eres tremenda!", pensó decepcionada Lina tratando de dormir mientras Lupe lo hacía con una pícara sonrisa.
Ana no reparó en gastos para el cumpleaños de Lupe. "Sus dieciocho deben ser inolvidables", se prometió entusiasmada.
Quedó gratamente sorprendida cuando Renzo y Arturo se ofrecieron espontáneamente a ayudarla en la organización de la fiesta. Atrás había quedado el tiempo de las oscuras rencillas por la presencia de las huérfanas en la mansión. Ahora se mostraban deferentes y hasta cariñosos con ellas. Ana no se asombraba por el trato que le dispensaban a Lupe, ya que luchaban por ganarse su amor, pero sí por como trataban a Lina. Hasta la niña, desconcertada, claudicó ante ellos...los temibles dragones se convirtieron en formidables caballeros andantes que las protegían y divertían, siempre atentos a sus necesidades.
Esta actitud de los hermanos ayudó a paliar la timidez de Lina, que se volvió desenfadada y segura de sí misma.
Ana contrató a la confitería Richmond, célebre establecimiento de la calle Florida, para que se hiciera cargo del menú.
Jacinta sería la responsable del grupo de sirvientes contratados para la ocasión, no sólo mucamas sino varios mozos que recorrerían el amplio salón sirviendo champagne francés y exóticos bocadillos a los invitados, casi todos compañeros de Lupe del Teatro Colón; también entre ellos, se contaban algunas amigas de Ana y el infaltable don Cosme.
Renzo y Arturo se encargaron de la música. Para escándalo de su madre contrataron la orquesta típica de tango de Aníbal Troilo. Sin embargo, como a Lupe le encantó la idea, Ana accedió aunque no muy convencida.
Finalmente llegó la gran noche. Ana ayudó a vestirse a la homenajeada, Lina las observaba sentada en una de la camas comiendo un trozo de torta de chocolate con almendras.
_ Estás bellísima  Lupe _ dijo con admiración Lina.
_ Una princesa _ afirmó Ana con placer.
"¿Qué pensará cuando me vea?", Lupe no las escuchaba sólo soñaba con él. Él, que estaría aguardándola al pie de la escalera. Él, que la sacaría a bailar un tango, sensual y atrapante. Él, su primer amor.
Las primeras notas de un vals dulce y romántico, anunció la entrada de Lupe al salón. Todos los presentes admiraron la elegancia y la belleza singular de la joven que bajaba lentamente
las escaleras de mármol blanco. El vestido de seda azul de corte sirena realzaba sus curvas poniendo un brillo especial a su mirada, un toque erótico que calentó la sangre de los hermanos Gamazo por igual.
Arturo se adelantó y le tendió la mano. Ella le sonrió aceptando la invitación, mientras Renzo maldecía por lo bajo.