viernes, 4 de noviembre de 2016

ALAS PARA UNA ILUSION, Cap 45

"Inexplicable angustia, hondo dolor del alma,
 recuerdo que no muere, deseo que no acaba".  Rosalía De Castro



El Asilo de Corrección de Mujeres, regenteado por la Congregación del Buen Pastor desde 1890, albergaba un gran número de internas del territorio nacional, algunas eran enviadas desde el interior del país.
Era un edificio antiguo de más de 200 años con dependencias distribuidas en dos plantas, y con claustros que rodeaban el único patio en el que se mezclaban las internas de todo tipo de peligrosidad:prostitutas, asesinas, infanticidas, mecheras. El hacinamiento en las celdas provocaba que a veces durmieran hasta dos presas en una misma cama facilitando la corrupción.
En ese espacio cerrado y marginal convivían dos clases de mujeres: las privadas de su libertad por quebrantar la ley y aquellas encerradas por libre elección.
Estas últimas, devotas religiosas, eran las encargadas de mantener la disciplina en la cárcel. Lupe las odiaba, el sólo ver un hábito le revolvía las tripas. "Serpientes venenosas que simulan ser blancas palomas", era el pensamiento que solía sacarla de la apatía en que se encontraba desde su llegada al correccional.
Lupe compartía celda con otras ocho mujeres, todas vestidas con uniformes grises, raídos y desprolijos. Siempre vigiladas por una celadora. El recinto tenía dos puertas, una daba al pasillo y la otra se abría al patio en el que las presidiarias podían caminar una hora por la mañana y otra por la tarde. En ese momento comían lo que los familiares le acercaban, lavaban los platos y la ropa.
Lupe siempre permanecía en silencio, un silencio denso, abismal. Muchas intentaron acercarse, pero ella las rechazaba, fría como un bloque de hielo.
Sin embargo su actitud cambió abruptamente desde la visita de su abogado, el doctor Santillán. Saber que Arturo estaba vivo le devolvió las ganas de vivir, de luchar por su libertad.
"Lina, ayúdame en este momento de zozobra", solía implorar por las noches a su hermana. "Que Arturo se salve, Señor, por favor te imploro".
Una tarde, mientras leía un libro de poemas que le había traído don Cosme sentada en el piso de ladrillo del patio, se le acercaron dos reclusas.
_ ¿Querés? _ una de ellas le ofreció un cigarrillo.
Lupe aceptó con una sonrisa. Ella nunca fumó, pero en ese momento le apeteció hacerlo. A la primer bocanada tosió ahogándose con el humo. Las mujeres rieron divertidas. Lupe, una vez recuperada, también rió.
Para sorpresa de las dos, Lupe las invitó a sentarse junto a ella.
_ Parece que ésto no es para mí _ les dijo devolviendo el cigarrillo a la morocha que la había convidado.
_ Intentá otra vez, no te imaginás como te calma los nervios esta mierda _ insistió la morocha.
_ No, gracias _ declinó el ofrecimiento.
_ En fin, vos te lo perdés. Che, ¿y cómo te llamás?, si puede saberse, claro.
_ Lupe.
_ ¿Y por qué te engayolaron? _ se interesó la otra, una muchacha gorda y tuerta.
_ No entiendo tu pregunta.
_ Engayolaron...¡encerraron!_ le aclaró.
_ ¡Ah!... Maté a mi marido. El disparó primero contra su hermano y después quiso hacer lo mismo conmigo _ habló llanamente, sin avergonzarse, sin remordimiento.
_ Sí, "la Pioja", nos contó _ dijo la tuerta codeando a la morocha.
_ ¿Quién? _ preguntó extrañada.
_ La Pioja, la mina que habló con vos el día que vino tu "boga"...tu abogado _ volvió a aclarar.
_ Pero por lo que contás fue en defensa propia _ exclamó exaltada la morocha.
_ No te preocupés pituca, seguro que vas a estar poco tiempo entre nosotras _ la animó la tuerta mientras se encendía otro cigarrillo._ Yo sí tengo para mucho.
_ ¿Qué hiciste? _ quiso saber Lupe asombrándose de su repentino interés hacia los demás.
_ Maté a mi patrón cuando me descubrió robando de la caja registradora. Yo era "copera" en un "cabaré", en el mismo que cantó el gran Carlitos Gardel _ suspiró soñadora _ Noche tras noche me deslomaba por llevar unos mangos a mi casa. Tengo un hijo que ahora tendrá cuatro años, ¿sabés? y mi viejo está postrado. Perdió las dos piernas en un accidente, se cayó del tren cuando iba a "laburar". El muy hijo de puta de mi patrón nos pagaba migajas a las chicas que servíamos a los clientes, hasta nos quitaba las propinas que nos daban. Un buen día me cansé. Al cierre del cabaré, busqué quedarme sola en el local y aprovechando que el miserable se había ido al baño, metí mano en la caja.  Así me encontró y yo no tuve más remedio que ensartarle un cuchillo en la panza varias veces hasta que el cerdo murió desangrado. Antes me clavó sus mugrosos dedos en el ojo hasta reventarlo.
Lupe escuchaba sin pestañear.
_ ¿Y tu hijo?, ¿y tu padre?. ¿Qué es de ellos? _ se preocupó Lupe.
_ Hace tiempo que no sé de ellos _ la nostalgia y la tristeza velaron su mirada _  Lo último que supe por una de mis compañeras que a veces viene a visitarme, es que se los llevó la asistencia social.
_ La vida es una verdadera mierda _ se quejó la morocha _ Yo estoy acá por curar, ¿no es una injusticia?
_ Por curandera, querrás decir _ se mofó la tuerta.
_ ¿Y por eso me van a encerrar? Hace ya tres años que me pudro en este agujero y lo único que hice fue curar a la gente que recurría a mí desesperada porque los "dotores" no le daban en el clavo. Mucho estudio pa´nada. Encima ni les cobraba, eran ellos los que se empecinaban en retribuirme con regalos.
_ ¡A ver ustedes, muévanse que ya se terminó el recreo!_ la celadora, una monja larguirucha las conminó a terminar con la reunión.
_ ¡Maldita lechuza!, siempre interrumpiendo..._ se quejó la tuerta.
_ Es mejor que le hagamos caso, si no la muy perra se va a tomar revancha._ les advirtió la morocha.
Era sabido que ante la desobediencia se les imponía severos castigos : privación de correspondencia, supresión de visitas, aplicación de la picana eléctrica, baños de agua helada en mitad de la noche...
_ Sí, es mejor que entremos _ Lupe se levantó de un salto y ayudó a incorporarse a la tuerta; la morocha caminaba con paso rápido delante de ellas.
Al pasar junto a las dos monjas que las controlaban, Lupe las escuchó comentar:
"Siempre serán ordinarias, ignorantes y pendencieras, lacras de la sociedad".
"¿Qué sabrán ustedes del dolor ajeno? Viven en una caja de cristal juzgando y señalando con el dedo, ajenas a la cruel realidad del exterior, convencidas de tener el derecho de arrojar la primer piedra contra el pecador. Ustedes se creen puras e inmaculadas cuando la verdad es que son una raza de víboras. Lina, no pude vengar tu muerte, pero le ruego a Dios, si en verdad es justo, que la Priora Concepción y la hermana Milagros reciban el castigo que se merecen por haber causado tu muerte", pensó con rabia y dolor.
Cabizbaja siguió su camino. Al entrar en la celda, el ambiente asfixiante y lúgubre aumentó su desazón.
"Debo ser fuerte por Lina, por Arturo, por mí", se juró a sí misma.









lunes, 31 de octubre de 2016

ALAS PARA UNA ILUSION, Cap 44

"Quisiera que mi última memoria fuese la de aquel amanecer en la playa y descubrir que todo este tiempo no ha sido más que una larga pesadilla". Carlos Ruiz Zafón



Cuando Lupe recuperó el sentido de la realidad se encontró en una habitación amplia, húmeda y sombría. No estaba sola, otras ocho mujeres compartían la celda.
"¿Cómo llegué aquí?", se preguntó desorientada, el alma oprimida.
Poco a poco fue recordando los trágicos sucesos y su corazón se aceleró.
Se vio sentada en uno de los sillones del salón de su casa temblando descontroladamente. Una mucama acercándole un vaso de agua; palabras de consuelo salían de su boca, palabras que rebotaban en ella.
¿Qué había hecho? ¿Había asesinado a Renzo? ¿Fue capaz de hacerlo? ¡Claro que sí! Se lo merecía el maldito por haber matado a Arturo... su amor, su esperanza.
Bajó la vista y allí estaba él en medio de un charco de sangre. "¡Arturo!", se horrorizó y cayó de rodillas junto al hombre de su vida, una vida dominada por las penumbras.
Así la encontró Don Cosme que llegó advertido por el servicio doméstico.
_ Querida mía, ¿qué ha sucedido? _ gimió aturdido por la escena.
_ Lo maté don Cosme, ¡lo maté!_ gritó señalando el cadáver de Renzo mientras se aferraba con fuerza a Arturo.
Y ya no pudo decir más. Perdió la conciencia para recobrarla rodeada de policías.
Un hombre obeso y de espesos bigotes blancos la miraba con fijeza.
_ Señora Gamazo soy el detective García. Cuénteme que ha ocurrido _ la voz grave del hombre la taladró.
No respondió. Tenía la boca seca y la cabeza a punto de estallar.
_ ¡Señora! _ insistió el detective.
_ La señora Gamazo no le responderá hasta que llegue su abogado _ don Cosme interrumpió el interrogatorio. García lo miró con desagrado.
_ Y usted, ¿quién es? _ dijo de mala manera.
_ Soy alguien muy allegado a la familia y en este momento soy el responsable de la señora Gamazo _ respondió con determinación. Ese sujeto huraño no lo intimidaba.
Lupe observó abstraída como dos hombres vestidos de blanco ponían en una camilla a Renzo, lo tapaban con una sábana y se lo llevaban.
"¿Y Arturo?", buscó con la mirada por toda la sala y no lo encontró. Quiso preguntar, pero no pudo hacerlo. Un nudo en la garganta le impedía hacerlo.
_ Perfecto _ escuchó decir al detective García _ la trasladaremos a la comisaría. Allí permanecerá incomunicada hasta que aparezca el dichoso abogado _ ironizó mesándose los bigotes.
_ Me parece inoportuno _ se opuso don Cosme.
_ Me tiene sin cuidado lo que a usted le parezca señor...a propósito no me dijo su nombre.
_ Cosme Zeballos _ respondió seco.
Lupe padeció como la sujetaban y le colocaban un par de esposas. Y ante la perplejidad de don Cosme, la subieron a un patrullero que en segundos desapareció de su vista.
En la comisaría estuvo dos días. El abogado apareció al segundo día por la mañana.  Abelardo Santillán. Un hombre alto, delgado, de porte distinguido, de unos cincuenta años. Ella lo había tratado poco, pero siempre había sido muy amable. Amigo entrañable de Ana, había dejado de visitar la casa desde el viaje a España de su suegra. Una vez pícaramente pensó, "Entre ellos hay algo más que amistad". Pero eso había sido hacía tanto, tanto tiempo...
El relato incoherente de Lupe no la ayudó.
_ Lupe, tu situación es muy delicada _ comenzó el abogado _ Si bien has asesinado en defensa propia, la situación se complica por la manera en que has matado a tu marido. Lo has hecho con saña, ya estaba muerto y tú seguías golpeándolo. Si bien alegaré que estabas enajenada, será difícil exculparte _ le explicó.
Nada de lo que le decía el abogado le interesaba. Arturo había muerto, Lina había muerto, Ana jamás le perdonaría que hubiese matado a su hijo...¡que le importaba a ella pudrirse en la cárcel!
_ Lupe, ¿me escuchas? _ Santillán se inquietó al verla tan pálida y ausente.
Ella no le respondió, sólo lloró en silencio.
Al día siguiente la trasladaron a la cárcel de mujeres.
_ Vos, che, colorada, ¿sos muda? _ una muchacha desgarbada y despeinada, se sentó a su lado en el viejo catre _ Hace ya tres días que estás en esta cloaca y no dijistes ni pío.
El aliento a ajo y a vino rancio la turbó.
La miró sin responder.
_ ¿Por qué estás acá?, ¿qué hicistes? _ intentó sonsacar información.
_ Maté a mi marido _ le soltó sin inmutarse.
_ ¡Ala mierda!, ¿quién iba a decirlo?. Esa carita angelical esconde un verdadero demonio, ¿no? Y decime una cosa, ¿valió la pena matar a ese hijo de puta?
_ Sí _ contestó con frialdad.
_ Entonces, ¡bien hecho!, ¡que se cocine en el infierno! _ se rió mostrando una dentadura careada.
La conversación fue interrumpida por una de las celadoras.
_ Lupe Gamazo tenés visita.
La escoltó hasta el locutorio, allí la esperaban Abelardo Santillán y don Cosme.
_ ¡Don Cosme! _ lo abrazó llorando
_ Mi niña no llores, ya verás que este mal sueño pasará pronto _ la animó con cariño.
_ Lupe, debemos pergeñar las estrategias para tu defensa y para eso necesitamos de tu ayuda _ le dijo con una sonrisa el abogado.
_ Arturo..._ pronunció el nombre casi como un suspiro. ¡Maldito destino que se lo había arrebatado! ¡No, el destino, no! ¡Renzo, fue Renzo!
_ Arturo se está recuperando, sigue delicado, pero fuera de peligro _ le informó don Cosme.
"¡Cómo! ¿Arturo, vivo? ¡Dios mío, gracias, gracias por este milagro!", una bomba de colores estalló en su interior ahogando las sombras que la mantenían cautiva.
"¡Arturo vivo!", y el mundo cobró sentido.