jueves, 1 de diciembre de 2016

UN NUEVO AMANECER, Cap 2

"Podrá la muerte cubrirme con su negro crespón;
 Pero jamás en mí podrá apagarse
 La llama de tu amor".                        Gustavo A. Becquer


Buenos Aires, Octubre de 1854

Era ya noche cerrada cuando un golpe en el portón de entrada las sobresaltó.
Lourdes y Mercedes estaban en la sala bordando unas sábanas para los pequeños de la casa.
Las puntadas de la abuela volaban, en cambio, la joven maldecía al pincharse el dedo a cada rato. Detestaba bordar, lo hacía para complacer a su abuela.
Lourdes amaba las plantas, pasaba horas en el jardín ocupándose de ellas. Regaba, podaba, fertilizaba. Verlas crecer vigorosas la complacía. Sus plantas la oxigenaban, y como las enredaderas que se aferraban a la pared para ascender, ella se aferraba a sus afectos para sobrevivir al dolor y a la añoranza.
_ ¿Quién será? Es muy tarde... _ se alarmó Mercedes dejando caer la sabanita sobre la alfombra.
_ Voy a ver abuelita. ¡Lola!, acompañame.
La criada, una negra alta y desgarbada, apareció con un candil. La mano le temblaba. Lourdes al verla soltó una carcajada.
_ ¡Qué cara Lola!, ¡y esos pelos!...son un horror. Tranquila que el que golpea no es un fantasma.
_ ¡Ay niña!, no se me burle, me julepié toda. Es medianoche y a estas horas andan sueltas las ánimas _ terminó de hablar y se santiguó tres veces seguidas.
_ Basta de tonterías y vayamos a ver quién es _ Lourdes la arrastró hasta el zaguán, mientras Lola rezaba por lo bajo.
El golpe de la aldaba volvió a resonar por toda la casa.
_ ¿Quiés es?, ¿cuál es la emergencia? _ gritó la joven  también asustada.
_ Lorenzo, abrí chiquita, soy portador de tristes noticias.
_ ¡Tío Lorenzo! _ respiró aliviada.
Criada y ama quitaron la pesada tranca de la puerta. Lorenzo, un caballero robusto y con garbo. entró agitado, besó a Lourdes y corrió a la sala.
_ ¡Mecha!, Jose María acaba de fallecer _ se abalanzó sobre su hermana y se estrecharon en un sentido abrazo.
_ ¡Pobrecito!, cruel enfermedad que no perdona. Lo diezmó completamente, a él, un hombre aguerrido.
_ Sí, el cuerpo ya no le respondía. Había que darle de comer porque le era imposible tomar la cuchara. Estaba muy deprimido. _ Lorenzo sin contener el llanto mesó sus cabellos canos.
El General José María Paz, apodado "el Manco" al quedar su  brazo derecho inutilizado de por vida debido a una herida de bala recibida en pleno combate, fue un estratega brillante, un hombre íntegro, fiel a a sus creencias, pero por sobre todo, fue un amante esposo. Margarita fue su tesoro más preciado.
_ Estuve a su lado hasta el final _ relató consternado Lorenzo _ Sus últimas palabras estuvieron dedicadas a su esposa. Con la voz estrangulada por la emoción alcanzó a pronunciar: "¿Dónde estás amor mío?, ¿por qué te escondes entre las sombras. Ya no sé el tiempo que te espero, cansado".
Al escuchar esas palabras preñadas de pasión y angustia, Lourdes estalló en un llanto amargo.
Mercedes, que estaba sentada a su lado, la rodeó con los brazos, protegiendo, consolando.
_ Calma, querida, calma _ y con dulzura secó las mejillas húmedas. Mercedes, apesar de casi pisar los setenta años, era el bastión de la familia, el refugio de Lourdes.
_ Los sentimientos expresados por el General, es lo que yo siento por mi Rafa. Abuela, lo extraño tanto. Yo también lo busco y no lo puedo encontrar. ¡No puedo!
_ Él está en tu corazón y allí permanecerá para siempre, mi niña linda. Tenés que ser fuerte.
_ No puedo ser fuerte, no quiero ser fuerte...¡quisiera morir! _ se descontroló.
_ ¡No digas sandeces! Miguelito y Alba te necesitan _ la amonestó Lorenzo _  Seguí el ejemplo de José María. Margarita y él eran una sola carne. Juntos soportaron persecusiones y miles de privaciones, pero fueron felices en medio de las penurias. Cuando ella murió dando a luz a su octavo hijo, el "Manco" no se derrumbó, sacó fuerzas del gran amor que se tenían y le presentó guerra a la vida luchando por sus ideales...
_ Los ejemplos no me sirven. Además estoy harta de los ideales patrióticos. Ya sabe lo que pienso de todo eso, tío _ respondió secándose con furia las lágrimas que corrían por el rostro encendido de furia.
_ No te enojes, querida... aunque prefiero tus garras a tus lágrimas _ sonrió Lorenzo satisfecho del carácter belicoso de su sobrina.
_ Mis hijos son mi hálito de vida. Sin ellos nada tendría sentido. Cuando los veo sonreír veo la sonrisa de Rafael y mi día se ilumina. Ellos son mi esperanza.
_ ¡Claro que sí Lourdes! Jamás olvides que los grandes amores nunca se borran del alma _ afirmó con la voz quebrada Lorenzo, y de eso él sabía bastante.


FELIPA, EN CARNE VIVA, Cap. 1

"Manos las de mi madre, tan acariciadoras,
 tan de seda, tan bienhechoras.
¡Sólo ellas son las que aman, las que todo prodigan!
¡Las que por alivianarme de dudas y querellas
me sacan las espinas y se las clavan en ellas!".   Alfredo Espinosa


Buenos Aires de 1809


Ese domingo de principios de noviembre amaneció nublado, las oscuras nubes profetizaban una severa tormenta.
Alejo odiaba las tormentas, su madre había muerto durante una tormenta. El luctuoso día pudo disimular las lágrimas con las gotas de lluvia que caían sobre su rostro, un lluvia copiosa que acompañó fielmente al cortejo fúnebre en todo el recorrido, unas pocas cuadras, desde su casa hasta la iglesia San Ignacio de Loyola.
Soportó con estoicismo la Misa, no comprendió la homilía del padre Agustín y a pesar de que lo consideraba su amigo, en ese momento lo detestó.
"Debemos aceptar la voluntd de Dios, hermanos. Él es nuestro consuelo..."
"Mi único consuelo era el amor de mi madre y ya no la tengo porque Dios me la quitó", pensó con rabia Alejo, con sus diez años no aceptaba las decisiones divinas.
"Carmen descansa en paz y es feliz en las mansiones celestiales...", escuchó decir al cura.
"Mi madre era feliz junto a mí, junto a Darío", rezongó tragándose las lágrimas. No debía llorar. "Los hombres no lloran", le repetía con frecuencia su padre, "sólo los débiles lloran. Un Gomez Castañón nunca llora".
Ya habían pasado dos años de la muerte de su madre y su dolor permanecía intacto. ¡Cuánto la echaba de menos! Extrañaba su sonrisa, dulce y contagiosa; su optimismo ; sus caricias y sus besos.
Su padre, Idelfonso Gomez Castañón, nunca le demostraba cariño, apenas le dirigía la palabra sólo para dar órdenes. Agrio, duro, inalcansable. Así lo veía Alejo.
Idelfonso Gomez Castañón, español de pura cepa, quien venido a menos en su tierra, amazó una fortuna en suelo americano gracias a acertados negocios agropecuarios.
Idelfonso sólo tenía ojos para su hijo mayor, Rubén, su orgullo. Alejo y Darío no existían para él.
Alejo sufría el desamor de su padre y se refugiaba en Darío, que también era menospreciado. Su estigma: la epilepsia.
Si a Alejo Idelfonso lo consideraba débil por estar tan apegado a su madre, Darío constituía su vergüenza.
No aceptaba que su semen hubiera engendrado semejante aberración. Estaba seguro de que la culpa era de su mujer.
El grito de su padre desde la sala, conminándolo a apresurarse, sacó a Alejo de sus cavilaciones.
_ ¡Alejo! ¡Qué diantres haces! ¡Espabílate y baja ya que se hace tarde! A su Excelencia el Obispo no le gustan los retrasos!
_ Voy padre _ terminó de abrocharse el chaleco y bajó deslizándose por la balustrada de cedro que enmarcaba una amplia escalera de mármol.
_ El mismo arrebatado de siempre. ¿Cuándo aprenderás de tu hermano? ¡Míralo!, puntual, correcto, elegante. ¿Y tú? ¡Arréglate ese saco! ¡Mira, tiene una mancha en la solapa!
"¡Maldición!, olvidé limpiar la mancha de chocolate. ¡Este viejo es insoportable!", rumió mientras raspaba con la uña la evidencia de su glotonería.
A paso ligero se dirigieron a la iglesia de San Ignacio. El Obispo Benito Lué y Riega oficiaría una misa en conmemoración del aniversario de la muerte de doña Carmen Castelli de Gomez Centurión.
El interior de la Iglesia, grave y austero, intensificó la melancolía de Alejo. Las palabras frías del Obispo lo enfurecieron. "¡Qué sabrá él de mi madre! Aquí hay mucho boato y poco amor".
De pie, junto a su padre y a Rubén, buscó con la mirada al padre Agustín y lo descubrió saliendo de un confesionario. El sacerdote le guiñó un ojo y siguió su camino hasta perderse en la sacristía.
El padre Agustín más que su confesor, era su confidente. Atrás quedó su enojo con él por la homilia que pronunció en el sepelio de su madre y que el pequeño consideró ajena y distante.
Una vez finalizada la misa, los pocos familiares y los muchos amigos de la familia, se reunieron en el atrio para saludar a Idelfonso y a sus hijos.
Alejo no soportó las voces cargadas de pena mal disimulada con que trataban de brindarle consuelo.
"¡Falsas! Ninguna de estas viejas arpías vino a visitar a mamá cuando estuvo en cama y menos cuando agonizaba por miedo al contagio".
Carmen enfermó gravemente durante la primavera de 1807. "Tabardillo", fue el diagnóstico del doctor irlandés Redhead, una enfermedad peligrosa que se manifestó en una fiebre que arrojó al exterior unas manchas pequeñas como picaduras de pulga.
"Padre nunca se acercó a ella, él también temía contagiarse. ¡Cobarde! Ella en su delirio lo llamaba, pero él permanecía sordo a sus ruegos".
El recuerdo de esos terribles momentos hizo que Alejo huyera del atrio de la iglesia.
Corrió por las calles polvorientas de Buenos Aires sin destino, quería alejarse de tanta hipocresía.
Al llegar a una esquina de la Santìsima Trinidad, se sentó bajo la sombra de un álamo solitario.
De un tirón se quitó el molesto corbatín y se desabrochò los primeros botones de la camisa. Acalorado, se deshizo del chaleco y del saco, dejándolos olvidados a un costado.
Se repatingó contra el tronco grueso y liso del árbol, y cerró los ojos. Necesitaba descansar, sobre todo de su padre.
De repente sintió una presencia. Abrió los ojos y la vio. Una niña de unos diez años lo observaba con curiosidad.
Alejo se sorprendió admirando la belleza de aquella criatura. Piel blanca como la leche, cabellos oscuros como el alquitrán que utilizaba la peonada para rellenar las juntas de las baldosas del patio de la estancia y unos ojos...¡qué ojos!, azules como los zafiros del anillo de su madre.
Sin embargo, se sobrepuso enseguida de su embeleso y cortante le preguntó:
_ ¿Qué mirás?, ¡entrometida!
_ Perdón, quería ofrecerte un poco de mazamorra. Mi mamá la vende. Allí está, ¿la ves? _ su voz era prístina, musical.
Alejo se la quedó mirando como hechizado. ¿Qué tenía esa niña? Seguramente el cansancio era el culpable de su fascinación, él odiaba a las niñas. Sus primas siempre lo fastidiaban con juegos absurdos invitándolo a participar. Por supuesto él siempre se negaba.
_ ¡Fuera!, dejame en paz _ le ladrò.
_ Es que mi mamá hoy casi no vendió y necesitamos la plata, si no nuestro amo la castigará _ le rogó al borde del llanto.
Alejo se extrañó al escucharla y màs aún al ver a su madre detrás de un enorme fuentón de mazamorra.
_ ¿Aquella es tu madre? _ se inquietó.
_ Sí _ dijo saludándola con una manito.
_ Pero...pero si es una negra _ tartamudeó sorprendido.
_ Será negra, pero es mi mamá _ contestó categórica.





martes, 29 de noviembre de 2016

UN NUEVO AMANECER, Cap. 1

 Caseros, febrero de 1852

La noche anterior a la batalla no pudo conciliar el sueño. Mucho estaba en juego: la liberación de la Patria sojuzgada por un hombre ambicioso y cruel; instaurar el diálogo y el derecho de opinión denegados en favor del partido federal; instaurar un Gobierno justo que bregara por una Patria soberana.
Sin embargo lo que más inquietaba a Rafael era el destino de Lourdes y sus hijos. ¿Qué sería de ellos si la rebelión fracasara? Si Rosas, el Dictador, los vencía... "¡No, no hay que ser pesimista, lo derrotaremos!", se prometía Rafael una y otra vez ahuyentando la oscuridad de sus pensamientos.
La imagen de Lourdes, bella y serena, lo confortaba. ¡Cómo amaba a esa mujer! Casi una niña cuando la conoció aquella mañana en el atrio de la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar. Se le enardeció la sangre al recordar la manera en que esos dos sucios mazorqueros le tiraron con saña del cabello, ese cabello dorado como los rayos del sol, para pegarle con alquitrán el lazo punzó, símbolo federal impuesto por el Tirano Juan Manuel de Rosas.
Sonrió al recordar la forma en que lo miró luego de haberla rescatado de los zafios.
"Señorita, la próxima vez no olvide adornar su peinado con la cinta punzó. Por su bien, claro". Rafael intentó sujetar uno de los rebeldes rulos, pero ella levantó el mentón con petulancia y lo fulminó con la mirada.
"Gracias señor, voy a tener en cuenta su consejo", le respondió con hosquedad.
Ese fue el momento en que le robó el corazón.
Rafael se palpó el pecho. Allí estaba el relicario que contenía su mayor tesoro. Al abrirlo, el retrato de Lourdes consoló su desazón. Una joya exquisita, regalo de su mujer, en cuya tapa ella mandó grabar en francés: Plus que ma prope vie. "Más que a mi propia vida, de esa manera te amo Rafael", le susurró en una noche de placer entre besos y caricias.
"¡Señor, te ruego que mañana me ampares en la batalla! Debo vivir, por mi mujer, por mis hijos. Permite que regrese a su lado!", rezó abatido.
De lejos un soldado lo observaba codiciando la joya que su comandante acunaba en las manos.
A las nueve de la mañana el coronel Chilabert, que comandaba el ejército rosista y tenía treinta cañones, inició el fuego.
Las alas del ejército de Rosas fueron fácilmente derrotadas, pero el centro peleaba con denuedo y la lucha se concentró por más de una hora, estrellándose contra la artillería de Chilavert.
Rafael luchó cuerpo a cuerpo como un salvaje. Nadie como él en el manejo del fusil y el facón. "Vencer o morir", el lema de Urquiza repicaba en su memoria dándole energía y entusiasmo al notar la cercanía de la victoria.
De repente, su caballo, su fiel Moro, tropezó y él cayó sobre un montículo de piedras recibiendo un fuerte golpe en la cabeza que lo desvaneció.
Un soldado de su regimiento, al verlo tirado en el campo de batalla, indefenso y a merced del enemigo, corrió en su rescate. Sin embargo, la ambición primó sobre la nobleza y como un mísero chacal urgó en los bolsillos de Rafael y de un tirón le arrancó el relicario que la noche anterior, observando a hurtadillas, deseó.
Su vil pretensión fue su sentencia de muerte. Distraído en el botín robado, un soldado federal le clavó su bayoneta por la espalda atravesándole el corazón cayendo muerto a poca distancia de Rafael.
Al término de la cruenta batalla, Rafael se despertó tras varias horas de estar inconsciente cubierto de sangre y rodeado de cadáveres. Se sintió desorientado. ¿Qué había sucedido?
Carroñeros humanos, provistos de alicates se afanaban en arrancar los dientes de los caídos, piezas de oro cuyo precio sólo podían permitirse los oficiales del alto mando.
"¿Por qué me encuentro en este sitio?", se alarmó, mas aún cuando palpó la sangre seca pegada en su rostro y en el uniforme.
Comenzó a desplazarse entre tanta muerte y desolación, sorteando cuerpos deshechos por la metralla.
Unos soldados unitarios al ver su caminar tambaleante, se acercaron para auxiliarlo.
_ ¿Dónde estoy?, les preguntó, la voz rasposa, la garganta seca.
_ Ha finalizado la batalla, ¡hemos vencido a los malditos federales!¡Muera Rosas,carajo! _ vociferaron exaltados.
Al comprobar por el uniforme que era un oficial, los hombres lo llevaron hasta la tienda que funcionaba como hospital. Él se dejó conducir totalmente desconcertado.
Un médico atendió su herida en silencio, luego lo hizo recostar en uno de las decenas de catres dispuestas para los soldados con diagnóstico optimista; a los desahuciados se los dejaba a la sombra de un árbol esperando la muerte.
A su lado, un joven lo miró con curiosidad.
_ Hemos peleado como diablos, ¿verdad amigo? _ le dijo intentando trabar conversación.
_ Eso parece _ respondió seco.
_ Me llamo Joaquín Insúa. Soy periodista y acérrimo enemigo de Rosas. El periódico para el que trabajo me envió a presenciar la batalla para redactar las crónicas de Caseros, pero en el fragor de la batalla recibí una bala en mi pierna derecha.
Como Rafael permanecía callado, Joaquín continuó.
_ Gracias a la Virgen del Pilar la saqué barata...Mi madre es devota de ella, sabe usted, y siempre me pone bajo su amparo.
Al escuchar esa advocación de la Virgen María, Rafael se estremeció sin entender el motivo.
_ ¿Cuál es su nombre amigo? _ insistió Joaquín tratando de entablar amistad.
_ ¿Mi nombre?...No sé...no lo recuerdo...¡Dios mío, no sé quién soy!


lunes, 28 de noviembre de 2016

UN NUEVO AMANECER

"Mi amado es para mi como el saquito de mirra
 que duerme entre mis pechos". 
Del Cantar de los Cantares 

                                                          PROLOGO

Buenos Aires 1854

Mi inolvidable Rafael:
                               Tu ausencia me consume, tu silencio me arrastra hacia abismos insondables. Me hundo en el cieno profundo, no tengo donde hacer pie; he llegado a lo profundo de las aguas y la corriente me anega.
¡Maldita Parca, asesina de ilusiones! ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que te ha separado de mi lado? Dos...para mí una eternidad.
De tanto extrañarte se me desgarra el alma. Por las noches, mis lágrimas amargas no son capaces de  apagar el fuego abrasador que incinera mi corazón herido.
La abuela Mercedes, mi puntal en esta oscuridad en la que vivo, me consuela diciéndome que en nuestros hijos, Miguelito y Alba, está escondida tu sonrisa, tu amor...ese amor que nos une como eslabones en la cadena del tiempo.
Tanta sangre derramada en luchas fútiles, ¡tu sangre amor mío!...¿para qué?. Hasta la misma tierra la vomita asqueada de tanta matanza.
El General Urquiza, el Supremo, en el que depositaste tu confianza para construir un país libre, continúa con la persecusión feroz de sus enemigos. Para él todos somos sus enemigos...
Los fusila, los ahorca y cuelga los cadáveres de los árboles de Palermo. Ahí los deja por días pudriéndose. Entre ellos está tu padrino, aquel que nos persiguió y hostigó. El gran Ciriaco Cuitiño, terror de La Mazorca, hoy se balancea de una cuerda con los ojos mirando al cielo como buscándote.
Urquiza asesina igual que el tirano que lo precedió. Es peor aún que Rosas. Prometió la paz y la unidad, y el muy traidor entró en la ciudad con poncho colorado y sombrero con cinta punzó. ¡Una afrenta siniestra!
Ignorante de sus planes, el pueblo lo vitoreó como si fuera el salvador de la Nación. ¡Pobres ilusos! La masacre continúa hasta eliminar al último opositor.
El tío Lorenzo, que siempre lo apoyó, está envenenado por la desilusión y la rabia contenida.
Urquiza proclama: "Quienes se creen estos imbéciles, unitarios díscolos que se empeñan en reclamar la herencia de la Revolución que no les pertenece".
¡Cómo osa afirmar semejante disparate! ¡Qué sabrá él de las penurias por las que hemos atravesado para ver depuesto a Rosas, el sanguinario! Sobre todo, nosotras, las mujeres, a las que nos han arrebatado maridos, hijos, padres, en favor de la bienamada Revolución.
Mujeres que hemos visto como en un pestañar destruían nuestras familias, quedando huérfanas de seguridad, corriendo detrás de nuestros hombres en el exilio y siempre cobijadas por la desolación.
¡Ay Rafa!, diste tu vida por la grandeza de esta Nación, una Nación rebelde y caprichosa que se alimenta de la sangre de sus héroes.
Los celos me torturan, me convierten en una arpía que reniega de su patria, pero poco me importa la grandeza de esta Nación si no te tenmgo.
Maldigo mil veces a la política, amante absorvente y ávida de espíritus apasionados y necios que se enredan en sus propios argumentos buscando soluciones mediante discusiones interminables que no admiten diálogo alguno.
Luchas sin tregua, decisiones erróneas...Así está mi presente sin tu amorosa presencia.
Mi Rafa, ¿cómo expresar este torbellino de sentimientos que me sofoca y frustra?
Te juro que siempre estarás grabado en mi corazón Amor de mis amores.
Tuya. Lourdes.