jueves, 25 de mayo de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.24

"¿Por qué volvéis a la memoria
 tristes recuerdos del placer perdido...?"  José de Espronceda

Desde su regreso a Buenos Aires vivía en la más completa apatía. Sólo lo animaba a continuar respirando su deseo de hallar el fruto del amor que una vez, hacía ya mucho tiempo, despreció.
En sus largas noches de insomnio se preguntaba que habría sido, niña o niño.
"Rondará la treintena", calculó esa noche en particular. La entrevista con el periodista de "El Nacional" una semana atrás, lo arrastró de manera inexplicable a su pasado. Cada vez que conversaba con algún joven de treinta años, veía a su hijo, y sobretodo, si ese joven revelaba valores morales altos y una personalidad temeraria. Le hubiera gustado que su hijo se pareciera a Bautista Roldán.
Y si en cambio fuera una mujer...sería igual a su madre, delicada, etérea...Consuelo Aguirrezabala, la llevaba grabada a fuego en su corazón. Lo que comenzó como una aventura, terminó por encadenarlo a un amor prohibido. Por su estúpida cobardía no sóla la perdió sino que la condenó a la vergüenza y al escarnio. La abandonó a su suerte y él...él huyó con pavor a las consecuencias.
Tiempo después, en una tertulia organizada por su esposa, alejado de toda responsabilidad con respecto a su paternidad en la provincia de Córdoba, se enteró de la muerte de Consuelo.
_ ¡Un oprobio!Embarazada y de un hombre casado...¡un verdadero escándalo! Murió dando a luz en el convento de las Carmelitas _ la mujer se regodeaba con la noticia, la disfrutaba. Teresa era conocida por su lengua viperina, pero por ser su marido un respetable y encumbrado comerciante, se la invitaba a toda reunión social.
Esteban al escuchar el nombre de su víctima se acercó con aire distraído a su mujer. Pasó su brazo por la cintura de ella y la besó tiernamente en la mejilla. No amaba a su esposa, la soportaba pero debía disimular.
_ Aldo, deberías aprender de Esteban _ la mujer codeó con fuerza a su marido que casi se atraganta con el jerez que saboreaba _ Mirá que cariñoso es con Sofía.
Esteban sonrió a la pareja y preguntó con interés:
_ ¿Quién ha muerto, Teresa?
_ Consuelo Aguirrezabala. Una jovencita con aires de santa que resultó ser una puta _ el marido nuevamente se atargantó con la bebida al escuchar los improperios de su mujer.
_ Perdón, pero no existe otro calificativo para su inaudita conducta. ¡Pobres padres! Mercedes estaba muerta en vida y Alonso no volvió a salir de su casa. Sólo lo hizo en el ataúd _ concluyó.
_ Y, ¿qué fue? _ preguntó Esteban con un hilo de voz.
_ ¿Que fue qué? _ Teresa lo miró intrigada. ¿Qué le sucedía a ese hombre? Estaba más blanco que la cera.
_ ¿Fue niña o niño? _ preguntó alarmando a su esposa. "¿Por qué tanto interés?", sospechó Sofía.
_ No sé. En el velatorio de Alonso no se habló del tema, y por más que traté de averiguar no conseguí saber el sexo del fruto del pecado. Desafortunadamente, nuestro repentino viaje a Córdoba impidió que me enterara del enigma. Pero ya me enteraré a mi vuelta. Mis esclavas me notificarán _ una sonrisa ladina se formó en su boca insulsa.
¡Recuerdos infames, perturbadores! Recordar lo hería de muerte, muerte pérfida que se negaba a llevarlo en su carromato hasta el mismo Infierno. "Ese es mi lugar, allí pertenezco", gritó haciendo tronar con el puño la mesa de roble. La copa y la jarra de cristal que contenía un costoso vino español saltaron de la mesa haciéndose añicos contra el piso de madera.
_ ¡Virgen santa!, ¿qué es este desorden? _ Laureana entró corriendo a la sala alarmada por el estruendo.
_ Nada, mujer, nada _ la voz apagada y los ojos vidriosos le revelaron la verdad a la negra.
_ Otra vez los espíritus te andan atormentando, ¿no?. Esteban, m´hijo, no te torturés má´ _ Laureana sufría viéndolo desangrarse día a día por un dolor incurable.
_ Es tarde, andá a dormir _ gruñó malhumorado.
Al quedarse solo decidió acostarse también, estaba agotado. La búsqueda del asesino de niños lo extenuaba, lo enardecía no llegar a resultados certeros. "¡Maldito perturbado!, ¿dónde te escondés?", se alteró. Tres grupos de vigilantes removiendo cielo y tierra, y...¡nada!
Sin quitarse la ropa se tiró sobre la colcha de seda. La cama crujió bajo su peso. Apagó las cinco velas del candelabro y cerró los ojos.
Y nuevamente las imágenes del pasado, que como una pérfida obra de teatro, lo atraparon en una telaraña de recuerdos que estrujaban su alma torturada.
Se encuentran en una casona abandonada en las afueras de la ciudad.
Consuelo corre a sus brazos y llora. Sus lágrimas le queman la piel, toda ella es una brasa que lo devora. ¡Cuánto la ama! 
Ella, sollozando, le revela su secreto. ¡Embarazada! Se lo cuenta con rapidez temiendo el rechazo. 
Y él...él la separa con brusquedad de su cuerpo. El miedo le nubla el entendimiento, lo vuelve violento.
Consuelo cae de rodillas sobre el piso de piedra y allí permanece alelada, sus enormes ojos azules fijos en él sin comprender, ciega de dolor.
"¿Por qué Esteban, por  qué me rechazas? Acaso jugaste conmigo, ¿por qué? ¿Dónde quedó tu juramento de amor?"
Su dulce voz repica en sus oídos, quiere abrazarla...besarla, pero ¡no!, es imposible. No puede abandonar a su esposa y a sus hijos.
Huye sin dar explicaciones. Ella lo ve alejarse, permanece tirada en el suelo llorando.
Un lamento lo alcanza, lo envuelve, lo asfixia : "¿Por qué mi amor? No me abandones. ¡Esteban, Esteban!".
_ ¡Esteban!, ¡Esteban! _ Laureana golpeó nerviosa la puerta del dormitorio sacándolo de su pesadilla, de su infierno.
_ Ya voy, ¿qué sucede? _ abrió la puerta frotándose los ojos, amenazado por una fuerte jaqueca.
_ Un tal Bautista Roldán pide verlo _ la negra retorcía su delantal con vehemencia.
_ ¿A estas horas?, ¿qué quiere? _ se molestó.
_ Está muy angustiado...¡está como loco!, ¿qué le digo? _ le gritó descontrolada.
_ Calma Laureana, ¿dónde está?
_ En la sala _ respondió con la voz estrangulada.
Lo encontraron caminando de un lado al otro, como un león enjaulado.
_ Don Salguero, algo terrible sucedió. Miguelito, el hijo de doña Lourdes Aguirrezabala desapareció.
 

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