domingo, 9 de julio de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.30

"Su felicidad reía en su alma. Pero todo era un engaño.
 No duró mucho esa risa".
Henri Michaux 

Todo se estaba saliendo de control. Esa mañana había comenzado como cualquier otra : la pelea de costumbre entre Tomasa y Josefa, las dos siempre se disputaban amasar el pan; Miguelito, rezongando para no levantarse y continuar en la cama tapado hasta la nariz con el edrón de pluma de ganso; Alba, negándose a usar el vestido elegido por Lola para esa jornada; Lourdes, con los ojos irritados por llorar a escondidas en su dormitorio y doña Mercedes, cantando, siempre cantando una tonada enérgica y alegre. Así era ella, optimista en los peores momentos, contagiando su fortaleza a los que la rodeaban. Y Tina...Tina solucionando los problemas domésticos, apaciguando los ánimos, consolando a Lourdes y calmando los caprichos de los niños.
Durante el desayuno, todo parecía andar sobre rieles. Lourdes disfrutando de la conversación atropellada de Miguelito y Alba, Mercedes los observaba y sonreía mientras saboreaba su café con leche, y Tina, controlando que nada faltara en la mesa. Todo perfecto, todo tranquilo hasta la irrupción de Lola.
"El senior Rafael está en la sala y quiere hablar con usté, niña Lourdes".
Miguel y Alba no le prestaron atención, ellos siguieron en su mundo de cuentos. Discutían sobre el destino del protagonista de su historia preferida: "El sastrecillo valiente". ¿Sería capaz de matar al unicornio y al jabalí que tenía atemorizado al pueblo y así poder casarse con la princesa?
Mercedes casi se atraganta con un pastelito de batata y Lourdes pegó un brinco haciendo caer su silla y volcando la taza de café sobre el mantel inmaculado.
Una vez recuperada la calma, Lourdes fue al encuentro de Rafael. Tina pensó, entonces, que sería recomendable enviar a los niños de paseo a la Recova y a la plaza de la Victoria. Era mejor mantenerlos alejados de la casa; presentía que algo trascental sucedería esa mañana. Lola los cuidaría.
_ ¡Miguelito!, ¡Alba!, ¡apurensen! No se queden ahí papando mojcas, pué _ los regañó Lola cuando los niños se paralizaron ante el organillero que cantaba remedando el ritmo del candombe de los negros:
"Ya se va el organillero,
 nadie sabe a dónde va,
 dónde guarda su canción,
 pobrecito organillero si el manubrio te cansó
 dale vuelta a tu corazón".
Mientras el organillo ejecutaba pegadizas melodías, un simpático mono capuchino pedía la cooperación de los oyentes pasando entre ellos con una pequeña bolsa de terciopelo rojo.
El monito hizo una morisqueta de alegría cuando el niño depositó en la bolsa un centavo. La reacción del animal provocó la risa de los asistentes que aplaudieron entusiasmados.
_ ¡Miguelito!, ¡Alba! _ insistió Lola _ Se hace tarde...don Manuel va a cerrar el almacén y la Tomasa me va a matar si no le compro el maiz pal´locro. 
_ ¡Lola!, no molestes. Andá vos sola, nosotros te esperamos viendo bailar al monito _ ordenó muy serio Miguelito.
_ Ta´güeno, pero no se me muevan de acá. Yo voy de una disparada y enseguidita vuelvo _ les recomendó dudando de dejarlos solos. Aún así lo hizo y con rapidez cruzó la calle. Desde la vidriera del almacén los vigiló hasta el momento en que don Manuel la atendió.
Imanol, a su vez, también los vigilaba desde la otra punta de la Recova. Esperó que la negra desapareciera para acercarse lentamente a su presa.
_ El señor Mojo _ ese era el nombre del mono _  quiere demostrar su agradecimiento a este público tan selecto y para ello eligirá a uno de ustedes para darle un gran abrazo _ alardeó con voz ronca el organillero.
Alba comenzó a gritar y a dar saltitos de ansiedad para ser elegida por el señor Mojo.
_ ¡Allí, esa niñita! Vení _ la llamó el hombre.
Alba, emocionada, se abrió camino hasta el centro del improvisado escenario empujando y pisando a los asistentes.
_ Señor Mojo dele un abrazo a este bella señorita _ el mono de un salto subió a los hombros de Alba y con sus brazos peludos le rodeó el cuello. Alba no se asustó, todo lo contrario, comenzó a reír y a girar cargando al animalito.
Aprovechando que toda la atención del público estaba centrada en Alba y el mono, Imanol se acercó a Imanol.
_ Miguelito, ¿te agrada el espectáculo? _ el niño, al reconocer al doctor amigo de su madre, sonrió afirmando.
_ Sí, este organillero es muy bueno. Me atraen sus melodías y las cabriolas de su mono. Parece que tu hermanita se está divirtiendo en grande. Miguelito, ¿te gusta la miel? Acabo de comprar dos potes. Te invito a probarla untada sobre unos deliciosos bizcochos de grasa, ¿aceptas? _ Imanol ya tenía trazado su maquiavélico plan. Engatuzar, engañar, atrapar...
_ Me encantaría doctor Imanol, pero le prometí a Lola esperarla aquí. Además, no puedo dejar sola a mi hermana _ respondió con cortesía aunque deseando acceder a la invitación. Miguelito sabía que en la casa de Imanol había una importante biblioteca y él se moría por conocerla.
_ No hay problema, acabo de ver a Lola en el almacén y la puse sobreaviso sobre mi invitación. Por Alba no te preocupes, Lola me dijo que estará aquí en unos minutos. Podemos irnos tranquilos, ¿qué te parece? Además quiero enseñarte un nuevo libro de fábulas que mi padre me envió de España. Tiene unas ilustraciones increíbles _ ésto último terminó por convencer al niño.
_ Vamos, entonces, doctor Imanol _ respondió animado y dándole la mano se dejó conducir por las calles porteñas con destino desconocido.
Poco tiempo después regresó Lola buscándolos. La gente seguía rodeando al organillero, lo aclamaban y rogaban por nuevas interpretaciones. Alba jugaba con el señor Mojo.
_ ¡Alba!, por diosito santo deja ese bicho y vamo´pa´las casas _ le gritó atemorizada al ver al mono encaramado en la espalda de la niña.
_ No es un bicho, Lola, es un mono y es más inteligente que vos _ Alba se ofendió por el modo en que Lola trataba a su más reciente amigo.
_ ¡Qué cosas decí vo´! Dejá a ese bicho, digo, a ese mono _ se corrigió al ver el ceño fruncido de la pequeña _ y volvamo´que tu mamá debe estar priocupada por la tardanza. Y el Miguelito, ¿dónde está? _ se puso de puntillas y con la mano sobre los ojos como si fuera una visera comenzó a buscarlo en las cuatro direcciones._ ¡Virgencita Santa!, no lo veo, ¿dónde se habrá metido?
_ Habrá vuelto a casa. Seguro se puso envidioso porque el Señor Mojo me eligió a mí y no a él _ dijo despreocupada Alba mientras se despedía del organillero y su mascota.
Lola corrió de punta a punta la Recova arrastrando a una Alba malhumorada.
_ ¡No está, no está! _ repetía cada vez más asustada _ ¡Niño desobediente!
Atravesó la plaza de la Victoria, el corazón le palpitaba acelerado...Miguel había desaparecido y ella era la culpable.





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