lunes, 23 de octubre de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.39

"El destino es el que baraja las cartas,
 pero nosotros los que las jugamos".      Arthur Schpenhauer


A medida que desaparecían las brumas y clareaba el día, de igual modo se clarificaban los pensamientos y se pacificaban las turbulencias espirituales de Imanol.
Sentado en un banco de madera rústica y apoyados los codos sobre la gran mesa, altar sagrado de sus investigaciones; investigaciones que consistían en disecciones de sus víctimas, inocentes que raptaba y violaba con saña y pasión; se mesaba los cabellos con rabia.
"¿Cómo pudo ocurrir?", se repetía una y otra vez.
Al ver la jaula vacía, lo asaltó una sensación de frío que le provocó una desagradable espasticidad desbaratando la seguridad que lo caracterizaba. Sin embargo, su increíble poder de concentración lo ayudó a recuperarse a los pocos minutos.
Revisó, impaciente, cada rincón hasta que el agujero en una de las paredes le dio la respuesta.
"¡Pequeño bellaco no desbaratarás mis planes!", pensó controlando su furia. Debía mantenerse sereno para actuar con celeridad y astucia.
"No debe estar lejos, lo pescaré... ¡Ya verás lo que te espera malandrín del demonio por desafiarme!"
Montó el caballo al que espoleó sin consideración. Debía encontrar al niño costara lo que costara. Adaptó los ojos a la oscuridad, atento a cualquier movimiento; aguzó su oído para captar una respiración agitada; afinó el olfato para percibir el miedo, un aroma que conocía muy bien, un aroma que lo encendía.
Creyó escuchar un sollozo entre los arbustos que crecían a la vera del camino. Buscó con ahínco, pero nada, ¡nada! Maldijo sintiendo el gusto amargo de la bilis en la boca.
Inútilmente recorrió el camino ida y vuelta tres veces. Frustrado regresó al laboratorio descorazonado rumiando ira.
"A esta altura Rafael ya sabrá de mí y querrá vengarse. Eso es lo que amo de de él, su vena asesina; lo conozco y aunque se empecine en ocultar su espíritu violento, está allí, latente, buscando un motivo para estallar. Me hace feliz que ese motivo sea yo, que sea tan importante para él como para querer matarme. Lamento decirte, mi querido, que te lo voy a hacer difícil. ¡Ay Señor, como amo a ese hombre!".
Feliz por las conclusiones a las que llegó y con el ánimo alto, comenzó a urdir un nuevo plan.


_ ¿Dijiste Imanol? _ Lourdes experimentó que la tierra se abría a sus pies. Lorenzo, que estaba a su lado, la sostuvo evitando que rodara al piso ante el impacto de la noticia.
_ ¿Estás seguro querido? _ intervino Mercedes igual de impresionada que Lourdes.
_ Sí abuelita, estoy seguro. Tuve mucho miedo. _ respondió el niño sin soltarse de los brazos de su padre. Rafael lo apretaba contra su pecho. La sangre le hervía. "Cuando lo atrape lo voy a despellejar vivo como solía hacerlo en los tiempos de La Mazorca", juró. Entonces, un vendaval de recuerdos iluminaron su memoria azotándolo con la fuerza de un huracán.
La imagen de su padrino, mano derecha del Dictador Rosas, el sádico Ciriaco Cuitiño apareció ante sus ojos. "¡Cuanto te quise y cuanto te respete padrino!", se lamentó sabiendo ahora que ese amor y ese respeto le provocaron penurias y vergënza.
Cuitiño, jefe de "La Mazorca", grupo parapolicial político que actúo contra los unitarios en Buenos Aires causando terror y muerte, modeló sin reparos a su ahijado para ser fiel defensor de la doctrina de don Juan Manuel de Rosas.
Una catarata de escenas sangrientas lo cegaron por un instante. Él, combatiendo en el levantamiento de Corrientes, saltando sobre el enemigo y rebanándole el cuello con una naturalidad que daba escalofrío; él, con el trabuco naranjero, despedazando a decenas de unitarios en el campo de batalla; él, asesinando a sangre fría al Coronel Ramón Maza, jefe de una conjuración de unitarios y federales de valer contra Rosas, el déspota; él, torturando con impudicia. Se conmocionó, ¿ése era él?. Inmediatamente supo la verdad, sí, ése había sido él, pero unos ojos verdes cristalinos como el agua de un vergel, lo habían rescatado de la inmundicia en la que se revolcaba. Lourdes, el amor de su vida, la mujer por la que estaba dispuesto a todo con tal de verla sonreir. Y eso haría, mataría a ese desgraciado aplicando toda la crueldad de la que era capaz, sin remordimiento, sin culpa.
La calidez de una mano sobre su rostro lo volvió al presente. Lourdes acariciaba con ternura su mejilla con barba de más de dos días.
_ ¿Estás bien? _ lo miraba preocupada, tratando de penetrar en sus pensamientos.
_ Mejor que nunca, mi amor _ enlazó su mano a la de ella depositando un beso cálido en la palma suave y aterciopelada.
Mientras tanto,Tina, al escuchar a su nieto corrió junto a él. "Mi tesoro", le dijo mientras las lágrimas le empañaban la visión.
Lourdes, más serena, se separó de Rafael y llevó a su hijo hasta uno de los sillones. Lo sentó sobre su regazo y lo llenó de besos. Rafael se acomodó junto a ellos. Alba, desconcertada por la conducta de los adultos, prefirió permanecer en silencio y se dedicó a observar al niño desalineado parado detrás de Lola.
_ ¿Qué mirás? _ le dijo Gorrión con fastidio.
_ ¿Cómo te llamas? _ Alba estaba fascinada con ese muchachito desgarbado de ropas harapientas.
_ ¡Que te importa! _ respondió exasperado por la curiosidad de la pequeña.
_ No seas malo, decime tu nombre. Quiero ser tu amiga _ el tono de súplica en la voz de Alba lo ablandó.
_ Gorrión
_¿Gorrión? Que nombre raro, pero me gusta mucho. ¿Tenés hambre? _ si todos estaban tan pendientes de Miguelito sin prestarle atención, entonces ella se preocuparía por ese niño famélico, al menos para él sería importante.
_ Mucha _  le confirmó recordando que con el apuro y el miedo había perdido el morral con su comida por el camino.
Alba sonrió satisfecha y lo tomó de la mano. Gorrión se resistió, pero Alba se impuso. Ella siempre hacía su voluntad. Pero cuando cuando estaban a punto de abandonar la sala la voz de Esteban, el Jefe de policía, los detuvo.
_ Gorrión, necesito hacerte unas preguntas. Sentate acá _ le señaló una silla tapizada de terciopelo verde oscuro.
_ ¿A mí? _ el miedo ante la presencia del magistrado lo hizo transpirar.
_ Sí, si, vos, vení para acá _ insistió con una sonrisa ante la cara de pánico del niño.
_ Ahora no puede ir con usted, ahora viene conmigo a la cocina para comer un buen plato de mazamorra que hizo Tomasa _ Alba se interpuso entre Esteban y Gorrión en actitud desafiante.
_ ¡Alba! ¿Qué maneras son esas? _ la reprendió Mercedes.
_ Abuelita Mechu, quiero invitar a mi amigo a comer. ¿No te das cuenta que tiene mucha hambre? _ lisonjeó. Alba era toda una actriz, con sus modos melosos siempre conseguía sus propósitos.
_ Luego, luego, querida. Ahora es muy importante que Gorrión nos ayude a encontrar al hombre malo que se llevó a Miguelito. ¿Te parece bien? _ preguntó con paciencia Esteban tratando de ganarse el favor de la niña.
Alba accedió complacida por ser nuevamente el centro de atención.
_ Gorrión, ¿cómo conociste al doctor Pacheco del Prado? _ comenzó con soltura sin imprimir al interrogatorio formalidad; el Jefe de Policía quería que el testigo estuviera tranquilo y cómodo, quería que confiara en él.
Todos en la sala hicieron silencio para escuchar a Gorrión. A Lourdes se le partió el corazón al verlo tan pequeño y frágil, el rostro manchado de barro y los ojos oscuros y enormes que revoleaba de un lado a otro buscando una salida por la que escapar.
_ No tengas miedo querido, aquí nadie te culpa; todo lo contrario, te estamos agradecidos por rescatar a Miguelito. Sin tu ayuda..._ Lourdes se quebró en llanto no pudiendo terminar la frase. Rafael la contuvo abrazándola. "No llores mi amor, nuestro hijo está a salvo", le susurró al oído. Miguelito la besó en ambas mejillas y Alba se sentó sobre las rodillas de Rafael. No la iban a dejar relegada, no señor.
_ Mamita no estes triste, Miguelito ya está con nosotros. Además yo te quiero mucho, mucho _  dijo Alba secándole las lágrimas con sus deditos pegoteados de caramelo.
Lourdes le sonrió enternecida.
_ Yo también te quiero muñequita...a los dos...a los tres _ se corrigió uniéndose los cuatro en un fuerte abrazo_ Y ahora a dormir. Tina, por favor llevala a su dormitorio.
_ ¿Y Miguelito? Que él también se vaya a dormir _ se enfurruñó.
_ Primero va a tomar una sopa bien calentita y después se va a la cama también. Si dejás de rezongar te cuento una de esas historias de hadas que te gustan _ la tentó Tina. Alba, encantada, la siguió hasta el dormitorio luego de darle un beso a sus padres, a Mercedes y a Lorenzo. A Esteban se le hizo un nudo en el estómago cuando lo besó a él también
_ No tenga miedo señora, el Miguelito es muy valiente y yo siempre lo vuá a defender _ soltó de repente Gorrión enternecido por el amor de Lourdes a sus hijos y viendo a la pequeña alejarse a los saltitos. El nunca conoció a su madre ni a su padre. Lo crió una abuela, pero al morir vivió arrimado a una familia vecina que lo maltrataba. A pesar de su corta edad, decidió huir, prefería pasar hambre y dormir en los atrios de las iglesias antes que recibir insultos y azotes por negarse a robar en los negocios instalados en La Recova. El no era ningún ladrón. Una cosa era entrar en casas deshabitadas y hurgar en las alacenas soñando con hallar un trozo de pan con chicharrón, algún embutido o alguna fruta, y otra muy distinta robar descaradamente en las tiendas.
_ Los dos son muy valientes. Y ahora contame cómo conociste a ese doctor _ insistió Esteban.
_ Un día se presentó en la fonda de don Nicanor, ahí trabajo yo, sabe. Bueno, yo estaba barriendo la mugre de los clientes cuando un hombre que comía en una mesa apartada me llamó. Me asustó un poco, estaba tuito de negro...¡ah! y hablaba con palabras difíciles, aunque entendí cuando me ofreció unas monedas.
_¿Por qué te las ofreció?, ¿qué quería que hicieras? _ lo presionó Esteban.
_ ¡Pa´que va hacer!, pa´que trabaje pa´él. Tenía que limpiar el lugar donde atendía a los enjermos, eso me dijo. Iba dos veces por semana.
_ ¿Viste algo raro en el lugar? _ intervino Rafael, impaciente por concluir con las preguntas. Le hormigueaba la piel instándolo a comenzar la cacería. En su mente tenía el plan perfecto: acorralaría al maldito como si fuera un perro rabioso, luego se abalanzaría sobre él y gozaría destripándolo. Nadie atentaba contra su familia.
_ La jaula y unos cuchillos muy jilosos que tenía arriba de la mesa...
_ ¿Alguna vez viste a alguien más, además del doctor? _ lo interrumpió alterado Rafael.
_ No, a naides. Yo me iba  pa´llá a la nochecita dispué de lavar los platos en lo de don Nicanor, barría, ventilaba y acarreaba agua del arroyo pa´ llenar el barril que tiene en la entrada. "Siempre tiene que estar enllenado", me decía muy serio.
_ Si acostumbrabas ir a la nochecita, ¿por qué fuiste ayer a la medianoche? _ Esteban se moría por encender un cigarro; como Rafael, deseaba salir tras "El Búho", capturarlo y ponerlo tras las rejas.
_¿Me daría un vaso de agua, doña? Tengo el gargero seco _ le dijo a Mercedes cuando vio que le ofrecía a Esteban una copita de licor de naranja.
_ Lola, trae una jarra de agua. Cuando el Jefe de Policía termine con las preguntas te voy a preparar una rica cena, ¿contento? _ Mercedes estaba encantada con ese hombrecito, el salvador de su nieto, de su tesoro.
_ Sí, doña...tengo un ragú. ¿No escucha como me chillan las tripas? _ respondío frotándose la panza.
_ Gorrión, ¿por qué fuiste tan tarde al laboratorio? _ machacó Esteban. No había tiempo que perder, debía atrapar al demente, temía que huyera y eso sería catastrófico.
_ El dotor, nunca me dijo su nombre, se apareció en lo de don Nicanor y me dijo que se iba de viaje y que ya no me necesitaba. Me pidió la llave y me dio unas cuantas monedas más. Tonce, yo pensé que dispué de dormir durante varios días abajo de la carreta del aguatero, me vendría bien dormir con un techo arriba de mi cabeza. Así que me juí pa´llá no má. Imagínese el susto que me di cuando lo vi al Miguelito encerrao en esa jaula y casi me cago encima cuando llegó el dotor. Por suerte el Miguelito encontró un aujero en la paré y por ahí nos escapamos. Corrimos como locos, el dotor nos seguía gritando y maldiciendo...
_ En un momento pensé que nos había visto. Se nos acercó muchísimo, ¡ay mamita!, tuve mucho miedo pero hice lo que vos me enseñaste...
_¿Qué Miguelito? _ preguntó Lourdes con la voz ahogada.
_ Le recé a la abuelita Consuelo. Ella nos protegió mamita, ella nos escondió de Imanol _ aseveró convencido.
_ Claro que sí mi amor, claro que sí _ Lourdes estaba emocionada, su madre siempre escuchaba sus ruegos. Su madre, ángel de la guarda de sus hijos.
Esteban escuchaba consternado, Consuelo, la mujer a la que dañó a pesar de amarla con todas sus fuerzas.
_ Don Esteban, es hora, salgamos a buscarlo. Por lo que pude deducir del relato de Gorrión, la guarida de Imanol está muy cerca de donde nos encontramos con el negro Tadeo. El arroyo se extiende a pocos metros de allí y si el laboratorio está cerca del arroyo... _ Rafael hablaba atropelladamente, los nervios lo traicionaban, en sus ojos se podía leer claramente sus deseos de revancha, ansiaba derramar la sangre del victimario de su hijo.
Lourdes estaba junto a Rafael, pálida como la luna; tomada de su mano, Miguelito, el miedo impreso en sus  facciones infantiles; más atrás Gorrión, alerta a las decisiones de esas personas por las que había comenzado a sentir cariño.
_ Los acompaño, quiero ver cara a cara a ese crápula que traicionó nuestra confianza _ se adelantó Lorenzo, por nada del mundo se quedaría fuera de la cacería.
Rafael besó a Lourdes en los labios. La dulzura que saboreó apaciguó a la fiera que merodeaba escondida en su alma. Sin embargo, su avidez de venganza permaneció intacta.
_ Cuidate _ le musitó Lourdes a Rafael sin apartar su boca de la de él.
Mercedes los vio partir raudamente desde el gran ventanal que daba a la calle de la Santísima Trinidad.
"Señor protégelos. Ilumina su camino, que encuentren a ese criminal, que lo encuentren, por favor, para la tranquilidad de nuestra familia", rezó con fervor.





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