martes, 31 de enero de 2017

FELIPA, EN CARNE VIVA Cap.9

"El conoce mi corazón, ve mis lágrimas.
 Puede verme esté donde esté, incluso 
 en las profundidades del mar o
 en la montaña más alta".                  Isabela Vital


 Diciembre de 1809

La Navidad, como acontecimiento fundamental del calendario litúrgico cristiano, dio lugar a fiestas populares espontáneas, encendido de fogatas, encuentros familiares y reuniones de vecinos donde se cantaba y brindaba.
La residencia de la familia Gómez Castañón, vivió intensamente los preparativos del "nacimiento del Niño Jesús". Hacía tiempo, primero por la enfermedad de Carmen y luego por su muerte, que los festejos quedaron arrumbados en el rincón de la melancolía.
Pero con la llegada de Rosaura y las niñas, la alegría y el entusiasmo brillaron nuevamente y sobre todo en los días anteriores a la Navidad.
La servidumbre se dedicó a dejar la casa impecable, y Rosaura junto a Abelarda confeccionaron meticulosamente la cena de Nochebuena, que se serviría después de la Misa de Gallo.
Felicitas, Rosario y Felipa, se volvieron inseparables. Alejo estaba furioso, Felipa era su amiga y no tenía intención de compartirla con sus tontas primas.
Idelfonso, tampoco estaba feliz con esa inesperada amistad. Felipa estaba para servir, no para compartir juegos.
_ Rosaura, no estoy de acuerdo en el modo en que tratas a la esclava _ encaró crispado a su hermana.
_ ¿A quién te refieres querido? _ simuló no entender mientras extraía de una gran caja de madera pequeñas estatuillas y las depositaba sobre la mesa del comedor.
_¡A Felipa, a quién más! _ estalló furibundo.
_ ¡Por los clavos de Cristo, Idelfonso! Trata de no alterarte o te dará un síncope _ aconsejó con suavidad y sin dejar de sonreír.
_ Te lo advierto Rosaura, Felipa es una esclava y debe ser tratada como tal _ se acercó a ella y con determinación le tomó la mano que sostenía un pastorcito esmaltado._ Detente con ese nacimiento y préstame atención _ le ordenó.
_ Idelfonso, ya no soy la niñita estúpida que manejabas a tu antojo. Soy una mujer madura que ha enfrentado profundas tribulaciones de las que tú ni tienes idea. Esto me ha endurecido, me ha fortalecido; así que hermanito mío no te atrevas a levantarme la voz, tampoco a darme órdenes. Si no estás de acuerdo con mi preceder, hoy mismo las niñas y yo nos vamos de tu casa_ Rosaura le plantó cara exudando dignidad.
_ No es para que te pongas así, mujer. Perdona si te agravié, no fue mi intención, sólo que no quiero que esa pequeña se tome atribuciones que no le corresponden. Puede convertirse en un mal ejemplo para los demás esclavos, ya sabes como son..._ reculó Idelfonso sorprendido.
_ Sí, sé como son, personas que sufren y se ilusionan. Personas que buscan ser felices en medio de la miseria...personas como nosotros _ lo enfrentó con los ojos llenos de lágrimas, lágrimas de impotencia. _ Esa niña, Felipa, ha sufrido lo indecible: repudiada por negros y blancos, arrancada de los brazos de su madre y luego, de su abuela; vendida al mejor postor con sólo diez años por esa horrible mujer, esa Aurelia Torres que en paz descanse; obligada a realizar tareas pesadas que ni yo podría hacer...Esa niña, Idelfonso, merece mi respeto y todo mi afecto. Si la has puesto a mi servicio y al servicio de mis hijas, deja que yo decida como tratarla. Por favor hermano, concédeme esa gracia _ su mirada mansa y su voz aterciopelada terminaron por ablandar al hombre de piedra.
Sin mediar palabra, Idelfonso con sus manos nudosas le acarició la mejilla, como cuando eran niños luego de una trifulca, dando su consentimiento. Ella lo vio abandonar la sala y sonrió victoriosa.
Felicitas y rosario entraron corriendo. Venían agitadas y rozagantes del jardín donde improvisaron rondas y jugaron a la rayuela luego de la siesta. Felipa las seguía angustiada, y Rosaura enseguida notó el ánimo amargo de la pequeña.
_ ¡Mamá! ¡Mamá!, ¿que hacés? _ gritaron al unísono alborotando y desordenando la tarea prolija de su madre.
_ ¡Niñas!, ¡quietas!. Deben tener cuidado con estas estatuillas o las romperán.
_ ¿Podemos ayudarte?¿Verdad que sí? _ imploró Felicitas uniendo las palmas de sus manos como si estuviera rezando.
Rosario no habló, no era necesario, sus enormes ojos azules lo decían todo, ella también deseaba participar en el armado del pesebre.
_ Muy bien, pero deben ser muy cuidadosas. Estas figurillas son delicadas y pueden partirse ante la menor negligencia, ¿de acuerdo? _ las apremió.
Las niñas comenzaron a disponer los personajes: pastores, animales, ángeles, san José, la Virgen María, armando una conmovedora escena del nacimiento del "Niño Dios".
Al ver que Felipa permanecía parada aferrada a su muñeca y lejos de la algarabía, Rosaura la llamó con ternura.
_ Felipa, ven.¿Qué te sucede? _ Rosaura se conmovió al notar las lágrimas que rodaban por el rostro de la pequeña.
_ Nada, ama Rosaura, nada _ balbuceó limpiándose la nariz en la manga de su sencillo vestido, tan desteñido que apenas podía adivinarse el color.
_ No mientas Pipa, yo sé que le pasa mamá _ intervino Felicitas olvidándose del pesebre.
_ Nosotras sabemos _ se atrevió a intervenir Rosario, siempre tímida y temerosa.
Rosaura, sentada en uno de los sillones de la sala con Felipa a su lado, las miró intrigada. Las niñas la rodearon y en forma atropellada comenzaron a parlotear con gran aspaviento.
_ Si hablan las dos a la vez no comprendo absolutamente nada. Felicitas, empieza tú _ las detuvo, esas niñas como de costumbre, la estaban enloqueciendo.
_ Estábamos divirtiéndonos saltando la soga. ¡Mamá!, no te imaginás lo bien que salta Rosario, ¿verdad Pipa? Con decirte que saltó mucho más tiempo que yo..._ la carita de Rosario se iluminó por los elogios de su hermana.
_ Me alegro, pero no te vayas por las ramas Felicitas y cuéntame que pasa con Felipa _ la apuró su madre.
_ Claro, claro. Todo es culpa de Alejo.
_ ¿Alejo?, ¿qué ha hecho Alejo? _ exclamó sorprendida. "Si ese niño adora a Felipa", pensó desconcertada por la afirmación de Felicitas.
_ Alejo no quiere que Pipa juegue con nosotras. Dice que desde que llegamos, ella ya no le hace tanto caso como antes.
_ Está celoso _ remató con seriedad Rosario.
_ Felipa, y tú, ¿qué dices? _ se interesó Rosaura.
_ Yo...yo...yo quiero mucho a Alejo, pero prefiero estar con Feli y Rosario. Me gusta peinarlas y ayudarlas a vestir; me gusta jugar con ellas más que con Alejo y Lautaro, ellos son...son brutos y siempre se meten en líos buscando que don Idelfonso los castigue. Y yo ya no quiero que don Idelfonso me castigue, la última vez me quitó mi muñeca, por un tiempo largo no la tuve. Alejo la recuperó para mí, él es muy bueno conmigo por eso lo quiero _ confesó con vergüenza, sonrojándose conmo una fresa madura.
Rosaura la abrazó y la besó en la frente. "Niña linda", murmuró.
_ Pipa, contale que le hizo el tío Idelfonso por devolverte a Margarita _ Felicitas se refería a la muñeca.
_ Le pegó con un rebenque. Le dejó el culo rojo, eso me contó Alejo._ dijo con la cabeza gacha.
Rosario pegó un brinco al escuchar a Felipa y se aferró al cuello de su madre.
_ ¡Por los clavos de Cristo! ¡Cuánta violencia! Aunque esté en desacuerdo, no puedo inmiscuirme en la forma de educar de Idelfonso a sus hijos. Pero en cuanto a ti Felipa, te aseguro que mi hermano nunca más te castigará, desde hoy estás bajo mi protección _ proclamó con convicción.
_ ¡Gracias mamita, sos un ángel!_ gritaron las niñas arrojándose sobre la mujer. Entre risas, Rosaura invitó a Felipa a unirse al abrazo.

La Familia Gómez Castañón en pleno, asistió a la misa de Gallo que se celebró en la iglesia de San Ignacio. Escucharon con reverencia las palabras del Evangelio de San Juan y con respeto la homilía del padre Agustín. Todos comulgaron bajo la mirada atenta del párroco.
Al finalizar la liturgia regresaron a la casa para dar cuenta de la suculenta cena de Nochebuena. El padre Agustín aceptó gustoso la invitación de Rosaura para participar del festín.
Un grupo de vecinos, amigos de Idelfonso, pasaron a saludar y asombrados, alabaron el pesebre para orgullo de Rosaura.
Felicitas y Rosario lucían hermosas. En sus vestidos rosas, parecían dos exquisitas muñecas de porcelana.
Rubén no apartó su mirada de Felicitas durante toda la noche. Lo atraía su cabello castaño de rizos rebeldes, rebeldes como ella, y sus ojos grises como un cielo tormentoso.
Sin embargo, Felicitas admiraba a Darío. En las tardes solía visitarlo en su dormitorio y juntos leían los relatos de Charles Perrault en su idioma original. Darío y Felicitas hablaban el francés a la perfección. "Piel de asno" y "Barba Azul", eran sus preferidos. Abelarda gozaba al verlos juntos. "Ella es el sol de mi niño", pensaba agradecida a su "Virgen Morenita" por la alegría del muchacho, siempre solitario y taciturno. Al principio Darío se mostró huraño y antipático, pero finalmente la vivacidad arrolladora de Felicitas lo desarmó y terminó adorándola. Esa noche especial, Felicitas lloraba en secreto la ausencia de su primo. Idelfonso no lo autorizó a compartir la mesa con ellos, debía permanecer como siempre en su dormitorio.
Sentados a la mesa y después de una breve oración a cargo del padre Agustín, comenzaron a deleitarse con las exquisiteces que iban sirviendo Abelarda y Esperanza, una negra más delgada que un junco y algo jorobada.
Rosario ocupó su lugar frente a Rubén. Estaba fascinada, su inocente corazoncito latía con fuerza cada vez que él la miraba. Rubén no la soportaba, le fastidiaba su torpeza y su timidez desmedida. "Esta niña es un incordio, tan distinta a su hermana", pensó antes de chocar su copa de vino con la de ella, llena de agua, en el momento del brindis.
Alejo comía sin ganas. Ni la excelente carbonada, ni el pato asado con legumbres, ni los pastelitos de membrillo bañados en miel, ni la sabrosa natilla, lograron mejorarle el ánimo.
Contuvo una maldición cuando sintió que alguien lo pateaba por debajo de la mesa. Era Felicitas. Le sacó la lengua sin temer ser atrapado por su padre, cosa que no sucedió por estar éste enfrascado en una animada conversación sobre política con el padre Agustín. Ya se percibían aires de cambios en el Río de la Plata.
_ ¿Extrañás a Pipa? _ le preguntó
_ ¡Que te importa!_ contestó fastidiado mientras engullía de un bocado una cucharada de ambrosía.
_ ¡Niños!, en la mesa no deben hablar _ les recriminó Idelfonso interrumpiendo una opinión de Rosaura sobre una supuesta revolución.
Cuando los adultos dejaron de prestarles atención, Felicitas le dijo en voz baja:
_ Al término de la cena te espera en en el establo _ y luego de guiñarle un ojo continuó saboreando su postre.
La expresión de Alejo cambió en un santiamén. Una amplia sonrisa cruzó su rostro.
_ Gracias Feli _ dijo deponiendo su encono _ Pero te recuerdo que sólo yo puedo llamarla Pipa, ¿estamos?
Felicitas asintió con un leve movimiento de su cabeza, aunque su sonrisa quedó congelada al notar como la obsevaba Rubén. Una mirada intensa que la molestó.
Rosaura anunció la entrega de regalos, una costumbre arraigada en Europa que ella quiso continuar entre los suyos. Todos se entusiasmaron, menos Alejo que desapareció disimuladamente. Pasó por la despensa, allí lo tenía escondido, un obsequio especial para una niña especial. Tomó la caja y salió disparado hacia el establo.
Ella lo esperaba sentada sobre una montaña de alfalfa seca. La luz de la luna la recorría impregnándole una belleza etérea. Lo atrajo la serenidad que irradiaba.
_ ¡Pipa! _ la llamó.
Ella lo miró y corrió hacia él.
_ ¿Todavía estás enojado conmigo Alejo? Felicitas y Rosario son muy buenas conmigo... son mis amigas... yo nunca tuve amigas..._ se atropelló con explicaciones.
_ No, ya se me pasó.
_ Podemos jugar todos juntos, ¿que te parece? Doña Rosaura me permite jugar con sus hijas _ le aclaró _ y hasta me regaló este vestido, ¿no es lindo? Nunca soñé con tener uno así _ comenzó a dar vueltas como una bailarina por el suelo de tierra levantando briznas de paja a su paso. El vestido de muselina azul resaltaba el tono alabastrino de su piel y acentuaba el color de sus ojos, tan parecidos a la flor "No me olvides" que su madre cultivaba en el jardín antes de enfermar. "¡Ay Pipa!, ojalá nunca me olvides", deseó con libertad, en ese momento no estaba Lautaro para burlarse de él. "Aunque varias veces lo atrapé mirando embobado a mi prima Rosarito", especuló con satisfacción.

_ Estás muy linda _ afirmó sonrojándose.
_ Gracias,¿qué escondés? _ preguntó con curiosidad tratando de descubrir lo que Alejo ocultaba en su espalda.
_ Un regalo _ contestó con picardía.
_ ¿Para mí?, ¡Alejo!, ¿para mí? _ repitió conmovida.
El niño extendió los brazos y apareció una caja pequeña con manchas de aceite. Ella se la arrebató entusiasmada. Al ver el interior, chilló con algarabía.
_ ¡Un gatito!, es precioso, gracias Alejo, gracias _ y ante la sorpresa del chico le estampó un beso en la mejilla. Alejo quedó turulato.
_ E-e-es ma-machito _ tartamudeó alelado por la reacción de Felipa.
_ Entonces lo voy a llamar Ale, en honor al niño que me lo regaló _ determinó radiante mientras estrechaba al gatito color chocolate contra su pecho.
Esa fue la Navidad más feliz que vivieron Felipa y Alejo en mucho tiempo. Momentos borrascosos se avecinaban.