lunes, 13 de febrero de 2017

FELIPA, EN CARNE VIVA Cap.10

En el agitado mes de Mayo, los patriotas debatían el futuro del Virreinato del Río de La Plata en la casa del conocido comerciante Rodriguez Peña, sin obtener resultados positivos.
Manuel Belgrano, un joven periodista y fogoso militar, exahusto por la agotadora vigilia de esos días, irrumpió en la sala donde se debatía acaloradamente. Con la mano sobre su espada exclamó que si el Virrey Cisneros no abdicaba, él se encargaría de derribarlo con las armas.
Fue así como el 25 de Mayo de 1810, los vecinos reunidos en Cabildo Abierto decidieron destituir a Cisneros, y formaron una Junta de Gobierno en nombre del rey Fernando Vll.
En 1813, una Asamblea Constituyente dictó la libertad de vientres de las esclavas y puso fin al tráfico de esclavos, entre otras disposiciones.
Años después, el 9 de Julio de 1816 en Tucumán, los representantes de gran parte de las provincias reunidos en un Congreso decidieron romper los lazos que todavía unían a los pueblos con la Corona española e iniciar el proceso de construir un "Estado independiente" de cualquier dominación extranjera.
Este Congreso General Constituyente declaró la independencia, objetivo demorado desde 1810.
El Río de La Plata sostuvo la revolución, pero en un clima de profundos desacuerdos entre las provincias y Buenos, y sus fronteras amenazadas por la contrarevolución.
Fernando Vll organizó expediciones de reconquista para reprimir a los insurgentes americanos y volverlos a la obediencia.
Por ese motivo, todos los esfuerzos del incipiente Gobierno se orientó a la defensa de las fronteras, destacándose la actuación del General San Martín, reconocido como "el libertador de América".

Buenos Aires, Septiembre de 1817

"Tu espíritu amanece maravillosamente;
 su luz entra a mi alma como el sol a un vergel". Delmira Agustini

Felicitas, sentada junto a la ventana, vio a Felipa en el patio regando los malvones de Rosaura. Sonrió al pensar como amaba su madre esas flores y como Felipa las cuidaba con esmero, sólo por complacerla.
Desde el año 1813, Pipa ya no era esclava. Rosaura le concedió la libertad y ella, desde entonces, la adoró. 
Idelfonso, por supuesto, se opuso considerando esa desición un capricho absurdo de su hermana; pero sus objeciones no tuvieron eco y él tuvo que tragarse la rabia.
Rubén también protestó, aunque al sentir la mano de Felicitas sobre la suya pidiendo comprensión, desistió inmediatamente.
Alejo se preocupó, no deseaba que Felipa abandonara la casa...la quería junto a él.  Sin embargo su inquietud se trocó en alegría cuando la muchacha continuó como doncella de Rosaura.
En ese mpomento, Felicitas se sobresaltó cuando Alejo apareció por detrás de Felipa, le cubrió los ojos susurrándole algo al oído. Ella rió y él, todavía cegándola, la besó en el cuello. Luego la volvió hacia él estrechándola con fuerza mientras la besaba con pasión.
Felicitas sonrió.
"¡Cuánto se aman esos dos y cuántos cambios en estos siete años! Ya no somos aquellos niños traviesos para los que la vida era sólo juego. Salvo para Pipa, claro. ¡Pobrecita!, ella sufrió tanto por culpa de doña Aurelia Torres y después, por el agrio de mi tío. Pero como suele decir ella, su Virgen Morenita nunca la desamparó: primero conoció a Alejo y luego a nosotras.
Recuerdo esa primera Navidad que vivimos juntas cuando mi primo le regaló el gatito. Desde ese momento jamás se despegó de él. ¡Sí , ahí está,  ronroneando con su cola enroscada en las piernas de Pipa! ¡Bribonzuelo! Un tarde casi se come de un zarpazo el pajarito que encontramos mal herido al pié del frondoso urunday. Se había caído del nido que su madre fabricó en las ramas altas del árbol. Rosario lo recogió con cuidado y lo llevamos a nuestra habitación. Allí lo pusimos sobre un pequeño almohadón de plumas cerca de la ventana para que le diera el calorcito del sol. Día y noche nos turnábamos para vigilarlo. Alejo y Lautaro conseguían el alimento, lombrices que desenterraban en el jardín. Felipa le daba de beber agua de a gotitas con un algodón húmedo. Hasta Darío colaboró fabricando una jaula para cuando se recuperara.
¡Darío, mi querido Darío! La primera vez que mis ojos se cruzaron con los suyos supe que sería mi amor.
Me dolió su rechazo, pero luego, al aceptar mi amistad fui inmensamente feliz. Y ahora...ahora lo amo y él a mí.
Nadie lo sabe, sólo Pipa y Rosario, voy a ser médica. Sé que es una locura que una mujer estudie, está mal visto, pero no me importa. ¡Yo seré medica!, y encontraré la cura para las crisis de Darío. En los libros prohibidos sobre medicina que le compré a don Gervasio y que leo a escondidas, descubrí que Darío sufre de "epilepsia", una enfermedad del cerebro. El tío Idelfonso la llama "enfermedad sagrada" porque es considerada como un castigo de Dios...¡imbécil!, en realidad, él es el castigo para esta familia. ¡Ojalá muy pronto nos liberemos de él! Lo noto viejo y agobiado...
Felipa me contó en confidencia que su abuela Filomena es una bruja poderosa, fue ella la que le causó la muerte a la sanguinaria doña Aurelia, ¡bien hecho!, una lacra menos en esta sociedad hipócrita y pacata.
Me propuse tener una conversación con doña Filo, ella sabe mucho de yuyos, quizás sepa de alguno que ayude a calmar el malestar de Darío,  Hipócrates lo denomina "convulsiones", eso fue lo que leí ayer.
Una bendición, al menos para mí, es que Rubén continúa en el ejército del General San Martín muy, muy lejos de aquí. Su acoso me estaba desquiciando. No sé que le ve Rosario, vive suspirando por esa escoria.
¡Cómo disfruté cuando Rubén le comunicó al tío su decisión de formar parte del ejército libertador! El viejo casi revienta. Su hijo dilecto por primera vez se enfrentó a él, fiel defensor de los intereses de la corona española. Pero pronto cambió de parecer el viejo zorro al comprobar el avance victorioso de los criollos sobre los realistas. Lo primero, resguardar sus bienes y sus inversiones.
Ruego que Rubén permanezca por mucho tiempo en Chile. Me avergüenza reconocerlo, pero deseé con todas mis fuerzas que se cayera del caballo mientras cruzaba la Cordillera de los Andes y se extraviera entre esas cumbres cubiertas de nieve. ¡No, por desgracia no se cristalizó mi deseo! Llegó ileso a Chile y hoy su padre se enorgullece de él y del triunfo del ejército patrio que logró la Independencia del país hermano.
Alejo y Lautaro, siempre juntos, marcharon hacia la provincia de Tucumán con el Ejército del Norte al mando del general Manuel Belgrano. No pudieron realizar una cuarta expedición al Alto Perú como era el sueño de Belgrano, pero fueron enviados hasta Tarija donde obtuvieron pequeñas victorias hasta que fueron derrotados en Chuquisaca teniendo que huir para no ser apresados. Los dos regresaron a principios de junio, fatigados y demacrados. Alejo, herido de bala en una pierna y Lautaro con un ojo menos. El tío Idelfonso apenas se inmutó delante de su hijo herido, frío como una lápida mandó a llamar al doctor de la familia para que lo atendiera.
Felipa casi se muere del susto cuando vio a Alejo llegar con muletas. Con la ayuda de mi madre lo cuidó con fervor hasta que pudo caminar por sí solo. Pipa, no llores, pronto será el mismo Alejo de siempre y lo verás saltar como una cabra salvaje, solía decir para levantarle el ánimo.
A Lautaro lo asistí yo con la ayuda de Rosario. Mi pobre hermana se desmayó cuando le quité la venda y quedó al descubierto la cuenca ocular vacía. Lautaro se avergonzó tanto...creo que está perdidamente enamorado de Rosario".
_ ¡Felicitas! _ la voz de su enamorado interrumpió sus pensamientos _ ¿qué mirás con tanto interés? _ Darío fue hasta ella, le tomó la mano y con delicadeza la acercó a sus labios y la besó, un fuego exquisito recorrió el cuerpo de Felicitas excitándola.
_ Pipa y Alejo merecen ser felices _ suspiró Felicitas _ Como lo merecemos nosotros _ dijo con ardor tirando el libro de poemas del cordobés Tejeda y Guzmán sobre la cama de Darío. Esa soleada tarde de primavera hablaban con libertad, Abelarda que siempre los acompañaba oficiando de chaperona había acudido a la cocina ante el llamado de doña Rosaura. "Esta doñita es muy culta, pero muy bruta cocinando", se quejó mientras dejaba olvidado su tejido sobre la silla que ocupaba.
_ Eso va ser difícil mi amor, todo está en nuestra contra: mi enfermedad, mi padre, tu madre, nuestro parentesco...¡además soy un perfecto inútil, Feli, no te merezco!_ se lamentó desolado.
_ ¡Basta! No digas tonterías. Sos todo para mí, juntos lucharemos para lograr tu cura...juro que yo la encontraré. Nada ni nadie impedirá que estemos juntos. Pipa y Alejo también lo conseguirán.
El silencio de la siesta no pudo sosegar la pasión de los dos jóvenes que se entregaron sin pudor a la danza del amor.
En la biblioteca Idelfonso trazaba planes, escabrosos planes para Felipa. "Hace mucho que te deseo, ya estás madura; el tiempo de la siega ha llegado".