jueves, 23 de febrero de 2017

FELIPA, EN CARNE VIVA Cap.11

"Tú tienes para mí todo lo bello; 
 yo tengo para ti todo lo que ama;
 tú, para mí, la luz que resplandece;
 yo, para ti, sus llamas". Almafuerte

La luna resplandecía en su trono de estrellas, cuando entró a hurtadillas en el dormitorio. Ella dormía profundamente. Se detuvo al pie de la cama a contemplarla.
"Bella, bellísima", sus ojos acariciaron con veneración la piel sedosa, tentación acuciante; deseó esos labios, tibios y carnosos, y anheló enredarse en besos de fuego; sus manos temblaron, ansiosas por sumergirse en ese cuerpo voluptuoso, manantial de pasión.
Alejo se acercó a ella con cautela, no quería pertubar su sueño, aunque en realidad, ¡sí!... sus sentidos rugían por fundirse en ella.
Felipa presintió su presencia, aún en sueños. Lentamente abrió los ojos, más azules que un cielo de verano, y sonrió complacida. Tendida en la cama, extendió los brazos invitándolo...
Alejo no lo pensó dos veces y sin poder controlar su ímpetu saltó sobre ella.
En ese momento las palabras carecían de valor, sólo las caricias y los besos eran los soberanos.
Alejo rozó los labios de Felipa y en su interior explotó el éxtasis. Profundizó el beso mientras se apoderaba de sus pechos. Felipa gimió de placer.
El, se arrodilló entre las piernas de ella y con el pulgar estimuló el clítoris. Felipa sintió que se derretía como la nieve bajo el sol. Él era fuego, el sol de su vida. Él era el artesano y ella, arcilla maleable en sus manos.
La penetró con rudeza y ella lo gozó. Lo amaba así, salvaje, indómito.
Lo abrazó experimentando la fortaleza de los músculos viriles. Pasó la lengua sobre ellos, saboreando la fina película de sudor que los cubría. Lo abrazó con deseperación no queriendo separarse jamás de él. Él era su ancla, su refugio.
Al llegar al orgasmo acalló el grito, si alguien los descubría se desataría el caos y eso es lo que Felipa más temía.
Riendo, con un beso tapó la boca del muchacho. A él nada le importaba, sólo su amor por Felipa y por ese amor estaba dispuesto a todo. El ruego y las lágrimas de ella, siempre temerosa, habían evitado que hasta el momento enfrentara a su padre.
Alejo, extenuado, se tumbó a un lado y Felipa se acurrucó junto a él sin romper el abrazo.
_ Te amo _ le susurró ella.
_ Si es cierto permitirás que hable con mi padre. Estoy cansado de amarte a escondidas _ sonó hastiado.
_ ¡No!, por favor, ¡no!_ empujada por el miedo se levantó de un salto. Su desnudez recortada por la luz de la luna le provocó una nueva erección.
Llamado por el deseo fue al encuentro de ella y la tomó por detrás. Esta vez Felipa no pudo ahogar el gemido que broto desde su vientre. Sintió que por sus venas corría fuego líquido, fuego que la volvía cenizas.
Alejo la embestía como un toro bravío y ella, con los ojos cerrados, arañaba la pared que los contenía mientras repetía: "más...más...así, así...más amor mío".
Terminaron en el suelo hechos dos guiñapos. En el silencio de la noche la respiración entrecortada de los amantes competía con el canto de los grillos.
El sueño los venció quedándose dormidos sobre una alfombra raída, sus cuerpos enlazados por un mágico sortilegio.
Antes del amanecer un lamento desgarrador la despertó.
_ ¡Alejo!, ¿qué pasa? _ lo zamarreó con el corazón desbocado por el miedo.
El forcejeó maldiciendo. Pasados unos segundos recuperó la conciencia, sintiéndose aturdido.
_ Tranquila Pipa, sólo fue una pesadilla.
_ ¿La misma que te persigue desde tu vuelta a casa? _ la mirada de la joven lo perforó llegándole hasta el alma.
_ Si _ dijo cubriéndose los ojos con una mano. _ No quiero hablar de ello.
_ Los que se aman no tienen secretos. Me callé, no insistí, pero ahora quiero saber. ¿Qué pasó en aquella batalla?¿Acaso no confiás en mí?
_ Claro que confío en vos, solo que no quiero preocuparte.
_ Tu silencio me duele, siento que me apartás de tu vida _ las primeras luces del alba resaltaban el brillo de sus ojos, tan dulces, tan hechiceros.
El, lentamente, comenzó a desgranar la historia que le oprimía el corazón.
_ Eramos 400 soldados encomendados por el General Belgrano a Lamadrid para avanzar hasta Oruro, distrayendo así al enemigo. En territorio tarijeño se nos unió un ejército de montoneros redoblando nuestras fuerzas. En la batalla de "La Tablada" conseguimos liberar Tarija. Este triunfo significó la captura de armas, municiones, víveres y prisioneros. Luego, ebrios de gloria, marchamos hacia Chuquisaca, y fue allí donde...
Alejo se interrumpió, la vista perdida en un pasado plagado de fantasmas, de espíritus sedientos de venganza.
Felipa presionó su mano sobre la de él instándolo a continuar. El la miró perplejo, retornando del infierno.
_ El enemigo nos sorprendió a la medianoche. Casi no combatimos. En un momento conversaba con Lautaro recordando viejos tiempos, tiempos de nuestra infancia, el tiempo en que te conocí; y en otro momento luchaba cuerpo a cuerpo por mi vida. Los gritos de dolor de mis compañeros, atravesados por las bayonetas, me aturdían. Los relinchos de los caballos desorientados en la contienda, las descargas de los fusiles y  los cadáveres, cientos de cadáveres, Pipa, todos amigos,  personas con las que luché por dos años, con las que compartí sueños, ideales, confidencias...¡muertos!. No sentí la bala que me atravesó la pierna, ¡no!, sólo sentía dolor por lo que me rodeaba. Y después lo ví, Lautaro apuntando a un realista y antes de que pudiera disparar, otro se le tiró encima y le aplastó la cara con una piedra y después, después ya no tenía un ojo, ¡se lo habían reventado!...¡Dios! y yo no pude hacer nada, no pude ayudarlo, ¡no pude!_ y comenzó a llorar como cuando era pequeño y Abelarda le comunicó la muerte de su madre.
Felipa lo acunó en sus brazos, besó los cabellos trigueños y levantando el rostro del muchacho, bebió cada una de las lágrimas derramdas.
_ No pudiste ayudarlo porque estabas impedido, amor, no podías moverte. Tenías la pierna destrozada y Lautaro lo sabe _ le recordó entre sollozos.
_ Pensé que me moría sin volver a verte y eso me hirió más que cualquier bala.
_ Pero eso no sucedió. Estamos juntos ahora y siempre _ se unieron en un beso, eco de la pasión que los consumía.
_ Pipa, es necesario que le cuente a mi padre este amor que sentimos. No alarguemos este tormento. Te necesito conmigo.
_ No lo hagas Alejo, todavía no _ fue una súplica queda, aterciopelada.
_ Sufrimos demasiado Pipa, merecemos ser felices _ le dijo pasando un dedo por la mejilla arrebolada.
_ Lo sé, pero tu padre no permitirá lo nuestro. Nos separará, estoy segura _ mortificada se colgó del cuello del joven y comenzó a llorar sumida en la angustia.
_ Entonces escaparemos... _ decidió.




domingo, 19 de febrero de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.14

"¿Por qué me convertí en un ser viviente
  que soporta una sangre que es de lava
  y la angustiosa oscuridad excava 
 sabiendo que su audacia es impotente?".   Guadalupe "Pita" Amor

Amparado en las sombras de la noche, fría como una lápida, recorrió las calles porteñas timidamente iluminadas. El sombrero negro de ala ancha y la pesada capa, ocultaban su siniestra fisonomía. Su paso era rápido y decidido.
Al llegar a un callejón ubicado en los suburbios de la ciudad, ralentizó su andar. Se detuvo frente a un portón de madera maciza y pintura desconchada. Buscó con nerviosismo la llave en el bolsillo de su gabán.
La habitación lo recibió con un profundo olor a moho y humedad. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, caminó con seguridad hacia el centro de la sala. El piso de madera crujió bajo sus botas de montar.
Al encender una lámpara de gas, un escenario maquiavélico cobró vida para su satisfacción.
Sobre una larga mesa de roble descansaba un variopinto instrumental médico: pinzas, bisturís, ganchos separadores, tijeras, punzones, sondas, agujas, hilos para suturar, trépanos cilíndricos, gubias...
Repentinamente fue conciente del llanto quedo que flotaba en la estancia perturbando el silencio que él reverenciaba.
Furioso fijo la mirada en uno de los rincones. Allí había una enorme jaula y dentro de ella un niño de unos ocho años, un esclavo.
_ ¡Calla, negro inmundo! _ vociferó lanzando contra los barrotes de madera una botella de vino. El llanto cesó al instante.
_ Tus lágrimas no me conmueven, ya deberías saberlo _ continuó, clavando en el pequeño una mirada perversa.
Sin interés en el pequeño, que temblaba de miedo y frío, se despojó de la capa, del sombrero y del abrigado gabán. Se arremangó la camisa de delicada seda blanca y aflojó el corbatín. Una vez cómodo, se dispuso a preparar el brebeje: un veneno potente, capaz de matar en minutos.
Mientras machacaba en un mortero una pequeña cantidad de hojas de adelfa, sonrió con sorna. "A pesar de todo tengo buen corazón, mato a mis víctimas antes de diseccionarlas".
_ ¡Come! _ ordenó, y el niño agradecido, aceptó el trozo de carne asada condimentada con una salsa especial. La devoró con ansias, hacía dos días que no probaba bocado.
El se sentó frente al niño y esperó con paciencia bebiendo un brandy. El espectáculo estaba por comenzar y él, como de costumbre, lo disfrutaría.
Al poco rato de terminar su festín, el pobre desgraciado, primero vomitó y luego de convulsionar atrozmente, murió.
Imanol, abrió la puerta de la jaula tirando a un costado el candado oxidado que la mantenía cerrada. Sorteó el vómito del piso; con un trapo sucio limpió la boca de su víctima y alzándolo en los brazos, tan liviano como una pluma, lo depositó sobre la mesa.
De un clavo aferrado a una pared encalada, tomó un delantal de tela basta. Luego de ponérselo se acercó a la mesa frotándose las manos, entusiasmado con la tarea que le esperaba.
Observó con devoción el rostro desfigurado del niño. Lucía dos enormes moretones, uno en el ojo derecho y otro en el pómulo izquierdo. Sus ojos, entreabiertos, eran un mudo ruego de clemencia...un grito silencioso de terror. Sus dedos crispados, expresaban todo el horror vivido en los días pasados.
Imanol, con una de las tijeras, cortó la andrajosa camisa manchada de vómito y sangre dejando expuesto el famélico abdomen.
Con natural perversión pasó sus manos por la piel del inocente. Inmediatamente experimentó una erección que lo hizo gemir. No tuvo necesidad de masturbarse, la extrema exitación le provocó un potente orgasmo. Se vació sobre el cadáver aullando de placer.
Una vez recuperado, limpió con delicadeza inusitada el semen derramado sobre el cuepo. A medida que lo hacía, recordó la forma rápida y fácil con que atrapó al negrito.
Lo encontró en una de sus frecuentes recorridas nocturnas. Estaba agazapado debajo de una carreta, la del aguatero, temblando de frío.
_ ¡Niño!, ¿qué haces ahí? _ le preguntó olfateando a su víctima.
_ No me lastime señor, por favor _ apenas comprendió su respuesta por el contínuo castañeteo de dientes.
_ Nada te haré pequeño, sal, ¡ven! _ lo animó con una sonrisa embaucadora.
_ ¡No!, Su Señoría me entregará a mi amo y él me molerá a a palos.
La esclavitud encubierta seguía vigente en Buenos Aires a pesar de ser totalmente abolida por la Constitución Nacional de 1853.
_ No temas, ven conmigo. Sé de un lugar en donde estarás a salvo. Confía en mí.
Como el niño no atinaba a ceder a su protección lo tentó con un suculento plato de mazamorra y canela.
_ En ese lugar comerás cuanto quieras _ prometió saboreando su victoria al ver al negrito saliendo de su escondite.
_ Vamos, pue´ _ dijo agradecido clavando sus grandes ojos negros en el extraño que le tendía la mano.
Imanol condujo al niño a su laboratorio. Las calles solitarias eran el marco perfecto para su propósito macabro.
Al llegar lo introdujo de un fuerte empujón y sin preámbulos, lo sodomizó. El pequeño intentó defenderse, pero fue en vano. Imanol estrelló dos veces su puño en el rostro desencajado de la criatura que quedó hecha un guiñapo sobre el piso de madera.
Desde aquel cruel episodio habían pasado dos días y ahora, por fin, cumpliría su segundo objetivo: estudiar los órganos humanos.
Con un bisturí cortó con destreza el cadáver del cuello a la ingle. Con sapiencia ahondó el corte hasta abrir la cavidad abdominal. Extrajo el baso, el hígado y el estómago, y los pesó en una báscula. Luego los rebanó y colocó las muestras en el microscopio para estudiarlas con mayor detención.
Descubrió una inflamación en las paredes del estómago y una alteración en la mucosa de los intestinos.
"Gastroenteritis", diagnosticó volviendo la vista hacia el piso de la jaula impregnado de diarrea.
"Debo hallar el virus que ocasionó la enfermedad". Puso su empeño, entonces, en los pocos residuos de alimentos que encontró en el estómago...allí estaría la solución al enigma.
Con la ayuda de su libro de cabecera, " El Canon de la medicina", de Avicena, médico persa al que admiraba, investigó hasta el amanecer.
Un golpe seco en la puerta de entrada lo alertó. "Seguramente es Tadeo", se tranquilizó. Antes de hacerlo pasar, se desinfectó las manos con alcohol y ordenó el instrumental. Cambió el delantal, ahora manchado de sangre y otras sustancias orgánicas, por el gabán y la capa. Con el sombrero en la mano abrió la puerta. La incipiente luminosidad del día impactó en sus ojos. Tardó unos segundos en enfocar la anatomía obesa de Tadeo, un negro ladino que conoció en un burdel y al que contrató para deshacerse de los cadáveres.
_ Espera, como siempre, hasta que el sereno anuncie la medianoche y luego de asegurarte que las calles estén vacías lleva al niño hasta el río y lo haces desaparecer. Aquí tienes tu pago _ le dio un talego con cuatro monedas de plata _ Y recuerda que si hablás de más cortaré tu asquerosa lengua y  la tiraré a los perros.
_ Por más en pedo que estea, ni una palabra saldrá de mi boca, patrón _ respondió sudando aunque el frío cuarteaba la piel.
_ Mejor para ti _ dijo, y cubriéndose con la capa desapareció como un espectro en la bruma.
Tadeo permaneció rígido observándolo. "San la Muerte me ampare de este demonio", y se santiguó tres veces.
Todos dormían aún cuando atravesó el patio de la casa. Cuando entraba a su dormitorio una voz lo detuvo.
_ ¿Dónde has estado? No es la primera vez que te ausentas durante toda la noche _ le reclamó Amelia indignada.
_ Y a ti que te importa. Sabes muy bien que detesto que me vigiles _ contestó destilando veneno.
_ Nuestro padre así me lo encomendó _ le retrucó envalentonada.
_ ¡Al carajo mi padre y tú con él! _ se abalanzó sobre ella y la tomó del cuello con ímpetu cortándole la respiración._ Yo haré lo que me plazca y nadie me detendrá, ¿has entendido?
_ S-s-sí _ balbuceó roja como la grana.
_ Así me gusta hermanita, que me comprendas y obedezcas _ dijo mientras aflojaba las manos.
_ ¡Estás loco Imanol, completamente loco!_ gritó apartándose de él y masajeándose el cuello.
_ Pero este loco es el que hará que Bautista caiga en tus brazos.
La sola mención de Bautista transfiguró el semblante de Amelia.
_ ¿Lo harás? _ el tono de reproche cambió por uno meloso.
_ Confía en mí _ dijo empleando las mismas palabras con las que engatuzó al pequeño esclavo _ Confía en mí.