miércoles, 8 de marzo de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap 17

"Llorar a lágrima viva, llorar a chorros...
 Lloraralo todo, pero llorarlo bien...
 Llorar de amor, de hastío, de alegría..."  Oliverio Girondo

Lola le ajustó el corsé según ella le indicó. Deseaba resaltar sus curvas, reduciendo la cintura y marcando el busto y las caderas. Debía impresionar, ese era su objetivo.
_ Niña, ¿está sigura que va podé respirá? Está muy aprietao _ temió la negra.
_ ¡Claro que voy a poder! Alcanzame la crinolina _ Lourdes levantó los brazos y Lola le pasó por la cabeza la enagua con aros de acero flexible.
Fue hasta el inmenso ropero de algarrobo y se sumergió en él buscando el vestido adecuado. Revolvió, descartó y volvió a revolver hasta que lo encontró: un vestido de muselina verde oscuro de pollera vaporosa y con mangas campana que resaltaban sobre otras de encaje negro.
Se miró en el espejo de cuerpo entero y se gustó. Coqueta, se colocó una faja angosta de terciopelo negro que enfatizó su estrecha cintura; la puntilla de los calzones largos apenas asomaban por el ruedo de la amplia pollera. Giró sobre sí misma varias veces y por un instante se sintió feliz.
Lola peinó su largo cabello formando un rodete bajo.
_ No me gusta, lo llevaré suelto, sujeto en ambos costados por estas peinetas de plata _ le indicó decidida. "Cuando nos amábamos el solía soltar mi cabello y enredar sus dedos en él", añoró nostálgica.
_ Ta´güeno niña _ obedeció con una sonrisa cómplice, ella sabía cuanto le gustaba a don Rafael ver a su mujer con el cabello suelto. Muchas veces los había espiado cuando, a la luz de la luna y creyéndose a solas en el jardín, se besaban con pasión bajo el naranjo y él, poseído por la pasión, acariciaba los salvajes rizos  de su mujer.
_ Ahora me parezco a aquella Lourdes, ¿no Lola? _ al comprender el desasosiego de la negra le explicó _ Aquella Lourdes que esperaba ansiosa la llegada del hombre que la hacía volar hasta las nubes.
_ Si, niña. Está igualita _ asintió aunque sin entender. Lo importante era que veía a su niña feliz y eso hacía que su corazón brincara de alegría.
_ Ahora un poco de carmín en los labios y, por último, una gotitas de perfume aquí y aquí _ Lola observaba embelesada el ritual de belleza mientras olas fragantes de ámbar y jazmines inundaban la habitación.
En medio del revoltijo, encontró la mantilla y el bolso que completaban su atuendo.
_ Gracias Lola, buscá tu rebozo que me acompañarás a la casa de Rafael _ le reveló.
_ ¿En dónde vamo a ir?_ gritó sorprendida la negra.
_ A la casa de Rafael _ le repitió con tranquilidad aunque en realidad el cuerpo le hormigueaba por los nervios.
_ ¡Usté está loca!¿Y a qué va? _ preguntó con recelo.
_ ¡Confianzuda!, ¡a vos que te importa!. Hacé lo que te digo, y ¡calladita! _ explotó contrariada.
Lola, con "el rabo entres las patas", desapareció sin retrucar.
Mercedes estaba en la sala saboreando un licor de mandarina, hecho por Tomasa, la cocinera,  y hojeando una revista de moda llegada de España, cuando irrumpió Lourdes malhumorada.
_ Querida, ¡que cara! _ exclamó cerrando la revista.
_ Es Lola, se empecina en sacarme de quicio. En fin, ya tendría que estar acostumbrada a sus desplantes _ más relajada se sentó junto a su abuela y se sirvió una copa de licor. _ ¡Humm!, está exquisito.
_ ¿Pensas salir Lourdes? _ se alegró al contemplarla arreglada, bella como una rosa.
_ Voy de visita...¿Miguelito y Alba? Supuse que estaban con usted _ intentó cambiar de tema distrayendo a Mercedes con los niños.
_ Están con Tina tomando un chocolate, los muy golosos apenas se despertaron de la siesta corrieron a la cocina a importunar a la pobre Tomasa. Pero, ¿a quién visitarás?, ¿te acompaño?.
_ No, gracias abuela. Llevo a Lola.
_ Como quieras, ¿a dónde vas? _ se empecinó en averiguar.
_ A la casa de Joaquín Insúa.
_ ¿Vas a devolver la visita a Clara? _ Mercedes se extrañó, hacía sólo tres días que las amigas se habían reunido para compartir confidencias.
_ A la antigua casa de Joaquín, donde viven sus primos y...Rafael _ esto último lo dijo en voz baja temiendo la reacción de su abuela.
_ ¡Estás loca, Lourdes! ¿A qué vas? _ por el impacto de la revelación se levantó de un salto y a consecuencia del movimiento brusco, empujó con una mano la botella de licor que cayó al piso haciéndose añicos.
Lourdes se apresuró a juntar los trozos de cristal y a secar con una servilleta el líquido derramado.
_ ¡Dejá eso!, te vas a cortar criatura._ preocupada por las ideas absurdas de su nieta, la tomó del brazo y la sentó a su lado _  Lourdes,¡¿cómo se te ocurre hacer semejante locura?!. ¿Qué pretexto utilizarás para explicar tu visita? Allí estará Amelia, no lo dudes.
_ Abuela, se parece a Lola. ¡Siempre metiéndose en mi vida! _ se paró abruptamente dejando a Mercedes con el corazón oprimido.
Lourdes caminó hacia la puerta que daba al jardín y allí se quedó, perdida en sus pensamientos. Cuando volvió la vista hacia su abuela, notó que lloraba. Avergonzada por su proceder, voló hacia ella y la abrazó.
_ Perdón abuelita, tiene razón estoy loca, completamente loca. Loca de dolor, loca de hastío...me lastima ver a Rafa del brazo de esa mujer, me mata que no me recuerde...¡no lo soporto!_ y en ese momento Mercedes recordó a Consuelo, aquella hija que una vez se postró sobre su regazo con idéntica amargura.
_ Lourdes, mi tesoro, ¡cómo no comprender tu pena!_ sus lágrimas caían en cascada humedeciendo el cabello de su nieta, que como un manto de oro cubría su pollera de seda azul._ Todas las noches le rezo a tu madre rogándole que su luz acuda en tu auxilio. Ella es tu ángel guardián, Lourdes. Confia, dejá que ella te guíe.
La joven se incorporó lentamente. Su rostro revelaba congoja, arrepentimiento y amor hacia esa anciana dama que siempre fue su baluarte en las batallas que le tocó vivir, su roca en la tormenta.
_ Eso haré abuela. Pero quiero que entienda que necesito hablar con él, necesito enfrentarme a Amelia...dejar en claro que no me quedaré con los brazos cruzados mientras ella trata de arrebatármelo. Sé que lo desea, lo he visto en sus ojos. Y él...él está perdido en la oscuridad del olvido, pero yo sabré conducirlo hacia mí, yo seré su faro _ lo expresó con calma y decisión, aferrando con fuerza las manos delicadas de su abuela.
_ Entonces no tengo nada más que agregar, querida. Mientras estés alli, yo estaré rezando _ la besó con ternura en ambas mejillas impregnadas de lágrimas.
Con el espíritu ligero, luego de hacer las paces con Mercedes, Lourdes subió al carruaje con Lola.
Sonrió, no estaba sola, su madre la acompañaba.
Luego de veinte minutos de viaje, los caballos se detuvieron frente a un caserón de paredes encaladas con un gran ventanal al frente en el que asomaban una gran variedad de helechos.
Domingo, el cochero y padre de Lola, diligentemente, la ayudó a bajar del carruaje. Lola la siguió cabizbaja y, milagrosamente, en silencio.
Con mano firme tomó la aldaba que remedaba a una cabeza de león y la hizo resonar dos veces sobre el macizo portón de roble oscuro.
_ Soy Lourdes Aguirrezabala de Cané, ¿está doña Amelia? _ se presentó con voz severa y sin titubeos a la negra que le abrió estudiándola con ojos de lechuza.
Lourdes notó que la criada temblaba, indecisa ante la posibilidad de permitirle el paso. La advertencia de Amelia golpeaba la cabeza de la flacucha sirvienta : "Si una tal Lourdes se presenta algún día, ¡ciérrale la puerta en las narices!".
La negra optó por obedecer, pero Lourdes captó su intención y de un empujón la echó a un lado pasando con porte regio hacia el zaguán. La negra, una vez recobrada, comenzó a protestar. Lola, pasó a su lado imitando la elegancia de su niña y con un gesto la hizo callar.
Amelia, intrigada por el vocerío, se asomó por la puerta del salón comedor. Palideció al descubrir a Lourdes que la observaba con malicia. Enseguida se recuperó, cobrando fuerzas para el combate que estaba en ciernes.
_ ¿Qué busca en mi casa?¡Nunca la invité! _ soltó sin diplomacia, dejando de lado las leyes de la hospitalidad _ Y tú, negra estúpida, ¡desaparece! Más tarde me encargaré de ti _ arremetió descargando todo su odio en la infeliz.
_ Busco a Rafael, mi marido. Pero antes, quisiera mantener una pequeña charla de amigas con usted _ ironizó.
_ ¡Que remedio me queda! Adelante _ la sangre de Amelia era fuego que corría por sus venas. "Me encantaría retorcerle el cuello como a una gallina", deseó al tiempo que tomaban asiento en unas espléndidos sillones importados de Francia cerca de la chimenea, en ese momento apagada. A pesar de estar en otoño, el clima continuaba cálido.
_ ¿Un té?, será de algún yuyo de estos lares porque mi preferido, el té inglés, se nos terminó_ mintió_ Y mate nosotros no acostumbramos tomar, nos parece una costumbre vulgar _  lo expresó con una sonrisa sardónica imprimiendo superioridad a sus dichos.
_ No, gracias _ Lourdes fingió no acusar a los desplantes de Amelia y contraatacó_ Sólo quiero hacerte una advertencia _ la tuteó a sabiendas _ Rafael sigue siendo "mi" marido y vos no tenés ningún derecho sobre él, ¡¿entendido!?. En consecuencia, no te atrevas a separarlo de mí  o sino...
_ ¡Sino,¿qué?!_ se puso de pié bruscamente, un latido delirante se vislumbró en su sien derecha.
Lourdes, también se puso de pié. Parecían dos guerreras defendiendo un botín. Ninguna de las dos dispuesta a retroceder.
_ Sino sabrás de lo que es capaz una mujer por su hombre _ escupió con rabia cada una de las palabras.
_ ¿Y eso es? _ la agujoneó con sorna.
_ Te voy a agarrar de esos pelos de alambre que adornan tu vacía cabeza y  los ataré a la cola de mi caballo. Me montaré en él y de esa manera te arrastraré por todas las calles de Buenos Aires hasta que se te vean cada uno de tus miserables huesos. Te voy a despellejar viva. ¡Eso es lo que haré!_ bramó fuera de sí.
Amelia se quedó momificada, no podía creer la transformación de esa mujer. De apariencia frágil y etérea, a un volcán en erupción. Quiso replicar, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. Entonces el rostro de su hermano se dibujó en sus pensamientos concediéndole paz. "Imanol sí es un demente, y él se encargará de ti, tonta ramera".
De repente la incredulidad y el asombro se borró del semblante, blanco como la cera, de Amelia. Sus labios esbozaron una sonrisa siniestra que desconcertó a Lourdes.
_ Haz lo que quieras, no te temo en absoluto. Además recuerda que si le dices la verdad intempestivamente puedes provocarle un infarto cerebral _ exageró para amedrentarla.
_ Lo ayudaré a recordar con cautela, con todo mi amor _ le respondió sin miedo, con intrepidez.
Amelia se disponía a replicar cuando la aparición de Bautista la detuvo.
_ ¡Lourdes!, ¡que agradable sorpresa! _ Bautista llegaba de la redacción del periódico luego de una jornada intensa.
Pasó delante de Amelia, y con placer le besó la mano a Lourdes. Luego se volvió a Amelia y repitió el gesto, esta vez por simple costumbre. Al notar la diferencia, el sabor amargo de la bilis subió hasta su boca provocándole naúseas.
Lourdes aprovechó el desconcierto de Amelia para hacerle una invitación atrevida.
_ Bautista, me gustaría dar un paseo por la Alameda. ¿Me acompañarías? _ y mientras lo decía entornó los ojos con coquetería simulando timidez.
_ Encantado. Vamos entonces _ respondió radiante, actitud que enfermó a Amelia.