miércoles, 15 de marzo de 2017

FELIPA, EN CARNE VIVA Cap.13

"Mi alma está grabada con tus señales.
 Y no hay viento ni agua que pueda lavarlas..."
Gioconda Belli

Esa tarde, como todas las tardes a la hora de la siesta, Felipa se encontró con Alejo en el galpón abandonado a orillas del Río de la Plata; aquel en el que de niños se reunían con Lautaro para pergeñar aventuras temerarias y devorar los pastelitos de dulce de batata que le robaban a Abelarda.
Allí se besaron por primera vez, un beso tímido, ignorante, que con el correr de los años se volvió fogoso y experimentado. Muchas veces se preguntó Felipa como Alejo había logrado tanta pericia en el arte de amar. Conocía a la perfección cada uno de sus  rincones secretos que con caricias diestras la hacía trepar más allá del cielo. El temor a una respuesta dolorosa, le impidió satisfacer su curiosidad.
Él hacía tiempo que la esperaba, ansioso de apretarla contra su cuerpo...ansioso por poseerla.
Cuando la vio asomarse por la puerta se avalanzó sobre ella con la fiereza de un depredador. La deseaba con ardor, un fuego fatuo que nunca se consumía. Bebió de sus dulces labios el néctar que lo fortalecía, que le daba sentido a su vida. Sin ella, él no existía.
Felipa se entregó, delicada y suave, sin mediar palabra. Se comunicaban a través de besos salvajes y caricias, que de tiernas y acarameladas se volvían exigentes...vehementes.
Exhaustos y saciados, cayeron abrazados sobre un acolchado de paja y alfalfa.
_ Alejo, tengo que pedirte un favor _ la voz prístina deFelipa rompió el delicioso silencio.
_ Claro, lo que quieras _ Alejo, aún respirando aceleradamente, se incorporó intrigado.
_ Felicitas, Rosario y yo, necesitamos que esta noche después de la cena y cuando todos duerman, nos lleves a la casa de mi abuela.
_ ¿A la casa de tu abuela Filomena?, ¡en el "Candombe"! Están locas, es muy peligroso internarse en ese barrio y encima de noche _ sorprendido, se negó rotundamente.
_ Por favor Alejo, debemos hablar con mi abuela, es urgente _ trató de convencerlo con rápidos besos en el cuello.
Alejo cerró los ojos y suspiró deleitándose con el roce aterciopelado de los labios de Felipa. ¡Cuánto la amaba! Haría cualquier cosa por ella, pero internarse en el Candombe con tres jóvenes bellas y blancas, era una insensatez. Podían toparse con algún negro cuchillero que trabajaba en el matadero...¡y que Dios los librara de las consecuencias! Alejo no estaba dispuesto a arriesgar la integridad de Felipa ni la de sus primas.
_ Por más arrumacos que me hagas, no me vas a convencer. Vos mejor que yo, sabe lo peligroso que es el Candombe. Por las noche todos están borrachos y con ganas de pelear. Si nos topamos con una pandilla de negros fascinerosos yo solo no podré hacerles frente y aunque pueda, mientras tanto ustedes quedaran indefensas. ¡No, no iremos...de ninguna manera! _ alterado, comenzó a caminar con nerviosismo de un lado al otro. Felipa lo observaba sentada sobre la paja cubriendo su desnudez con la camisa de Alejo.
_ Alejo, por favor... _ trató de insistir, las lágrimas pugnando por derramarse.
_ Pipa, no me mires de esa forma, ¡no llores!, no resisto verte llorar _ Alejo se acercó a ella, le tomó una mano haciéndola levantar. Con delicadeza le arrebató la camisa y la aprisionó entre sus brazos, deseaba sentir el calor de ese cuerpo armonioso que lo excitaba hasta la demencia, impregnarse de su perfume a lavanda y rosas.
_ ¿Qué es eso tan urgente que deben consultar con doña Filomena? _ le susurró al oído mientras pasaba sus manos por la espalda en un sutil masaje.
_ Felicitas quiere preguntarle a mi abuela sobre un brebaje para Darío, algo para calmar sus convulsiones _ mintió sin mirarlo con la cabeza apoyada en el pecho viril.
_ Pero hace tiempo que Darío no pasa por una crisis _ argumentó.
_ Es verdad, pero Felicitas quiere asegurarse de que continúe así y como mi abuela conoce mucho sobre yuyos..._ la mentira le produjo un sofoco que trató de disimular. _ Nadie debe saber de nuestra visita, por el bien de mi abuela. Si don Idelfonso se entera la castigaría, él la culpó por la muerte de doña Aurelia Torres y la amenazó con encerrarla de por vida si continuaba practicando sus hechizos_ dijo consternada.
Alejo la sentó sobre un fardo de paja y con ternura le secó las lágrimas.
_ Jamás permitiré que mi padre le haga daño a tu abuela, ¡jamás! No comprendo como mi padre, un hombre culto, puede creer que doña Filo es un bruja, es absurdo. Es verdad, conoce de yuyos medicinales, pero de ahí a ser bruja... _ se rió burlándose de la superstición de su padre.
Felipa lo escuchó sin objetar. Ella estaba segura de los poderes de su abuela, era testigo de ellos.
Una noche, de pequeña, escuchó a su madre hablar con su abuela:
_ No lo soporto más, me persigue durante el día y por las noches se mete en mi cama. Me dan ajco sus manos, su miembro, el olor de su piel. ¡Ay mamita, ayúdeme!, ya no me queda de esa resina que me provocaba sarpullido para ahuyentar al viejo. Además no me gusta como mira a la Pipa, ¡es un degenerao!
_ Tranquila hija, yo me ocupo.
A los pocos días Alfredo Torres cayó en cama. Los doctores nunca supieron las causas de su mal y apenas pudieron ayudarlo con sus medicamentos.
La pregunta insistente de Alejo la volvió al presente.
_ Pipa, ¡Pipa!, ¿te parece que le pida a Lautaro que nos acompañe? Será de gran ayuda si se presenta un inconveniente.
_ Sería perfecto. Entonces, ¿vamos? _ la ilusión y la alegría se reflejaron en su rostro.
Alejo no repondió, se tumbó a su lado y ya nada tuvo sentido, sólo el amor que los encadenaba.