sábado, 15 de abril de 2017

FELIPA, EN CARNE VIVA Cap.16

"Ella es ahora hueso de mis huesos, carne de mi carne..."
Génesis 2, 23

El dormitorio de Felicitas y Rosario era un verdadero desastre. Vestidos, enaguas, medias de seda y corsets, tirados por todas partes. Y en medio de aquel alboroto, dos bellas jóvenes se descubrían ilusionadas en el enorme espejo veneciano.
_ ¡Están preciosas hijitas! _ Rosaura emocionada no pudo contener el llanto.
_ Mamita no llore _ dijeron al unísono las dos muchachas abrazando a su madre,
_ Lo único que le ruego al Cielo es que sean felices. Ustedes son lo más preciado para mí, si las viera sufrir mi corazón no lo soportaría _ continuó diciendo entre lágrimas.
_ ¡Como no ser feliz con Darío! Es el hombre que amo desde pequeña. El lo es todo para mí _ declaró Felicitas alborozada.
_ Pero su enfermedad..._ se angustió Rosaura.
_ ¡Su enfermedad está controlada! ¡Yo la tengo bajo control! _ se enfadó
_ ¡Felicitas!, ¿qué sabes tú del mal que aqueja a Darío? Hace años que está bajo el cuidado del doctor Albarracín y aún hoy no pudo hallar la cura _ las tristeza le nubló la mirada.
_ Mamá, el amor que nos tenemos es la mejor cura _ nunca le revelaría todo cuanto había investigado sobre la epilepsia en los libros prohibidos que de contrabando adquirió en la librería de don Manuel García Blanco; menos aún le confiaría sus visitas a doña Filomena, la abuela de Felipa, para que la asesorara sobre yuyos medicinales, yuyos que obraron milagros para mitigar las convulciones de Darío.
_ ¡Ojalá así sea querida! _ Rosaura omitió decirle sus dudas, no quiso oscurecer la alegría de su hija. "Siempre estaré a tu lado, seré tu sostén en los malos momentos que seguramente deberás atravesar", pensó con pesimismo.
_ Mamita, por mí tampoco se preocupe. Soy inmensamente feliz. _ expresó rozagante Rosario.
_ Espero que Rubén sepa apreciar el tesoro que se lleva, mi querida Rosario. ¿Estás segura de tu decisión? Todavía estás a tiempo de desistir _ Rosaura temía por su hija menor. Nunca le gustó la idea de casarla con ese muchacho agresivo y altanero. Tampoco comprendía su manera rápida de cambiar de opinión: hoy decía amar a Felicitas y de pronto se casaba con Rosario.
_ Estaba confundido tía. La belleza avasallante de Felicitas me perturbó, no me permitió apreciar la bondad y la dulzura de Rosario. Es a ella a quien amo _ le declaró Rubén con seguridad una tarde del mes de enero durante la merienda mientras pasaban la época estival en la quinta del Retiro.
Ella trató de dilatar el tema todo lo que pudo. No deseaba a ese hombre junto a su pequeña Rosario. Sin embargo, la joven, saltó de alegría cuando le contó la proposición de su primo.
_ ¡Ay mamá!, ¡qué felicidad! _ la vio girar por toda la habitación celebrando la noticia que a ella le quebraba el alma.
_ Mamá estoy completamente segura. Lo amo _ la rotundez de las palabras de su hija la trajeron al presente diluyendo las imágenes de un pasado reciente.
_ Entonces no tengo más que agregar. ¡Las quiero! _ las abrazó otra vez, pero con mayor intensidad. Su corazón de madre le advertía que oscuros nubarrones se avecinaban, pero también sabía que ella estaría firme junto a sus hijas, como bastión en la tormenta.
_ Aquí traigo los ramos...¡uy!, ¿interrumpo? _ Felipa permaneció en la puerta del dormitorio presenciando el tierno cuadro familiar. En ese momento añoró más que nunca a su madre. "¡Cuánto daría por sentir la calidez de tu abrazo! ¡Te extraño tanto mamá!".
_ Pasa, pasa Felipa. ¡Que bonitos han quedado los ramos!_ se asombró Rosaura.
Ahogando sus lágrimas se acercó a las mujeres con una sonrisa.
_ Muchachas, ¡que lindas están!_ Felipa admiró sin envidia a sus amigas. Parecían dos hadas, como las del cuento que una noche de lluvia Darío les leyó después de la cena. "Undine", un hada del agua se casa con un hidalgo caballero para ganar un alma inmortal. A Felipa le encantaban esas historias llenas de magia y misterio. Le hacían recordar los relatos de su madre.
"Cuando conocí a tu padre se me cortó la respiración. Era tan buen mozo y gentil...¡gentil conmigo una pobre esclava! El, un hombre importante, se fijó en una negra ignorante y tonta. Nunca entendí que vio en mí, pero me amó y yo lo amé a él con la misma pasión. Jamás dudes del amor de tu padre, Pipa. Phillip prometió regresar por mí y hasta el final de mis días lo voy a esperar. Sigo creyendo en su promesa".
Su madre era un hada de ébano enamorada de un caballero inglés, un aristócrata, que le robó el corazón. Muchas veces durante las largas noches de invierno, cuando aún vivían juntas en la casa de don Alfredo Torres,  la escuchaba llorar ocultando la cara en la almohada para no perturbar su sueño.
_ ¿Por qué lloras mamita?
_ Por nada, tesoro. Me duele un poco la cabeza, una pavada _ solía responder, pero ella, a pesar de ser pequeña sabía que su madre lloraba por aquel hidalgo caballero y sus besos de fuego.
Y ahora, delante de ella, Felicitas y Rosario, etéreas en sus vestidos de novia,  flotaban entre tules y encajes, níveos como copos de algodón.
_ ¡Están preciosos, Pipa! _ Felicitas tomó con delicadeza el ramo de peonias y orquídeas. Rosario la imitó, aceptando el ramo de rosas y azahares.
_ Los hice poniendo en ellos todo el cariño que siento por ustedes, mis amigas incondicionales. Ruego a la Virgen Morenita que sean inmensamente felices _ las tres se abrazaron. Siempre estarían unidas para ayudarse y consolarse.
_ Somos más que amigas, Pipa, somos hermanas _ prorrumpió conmovida Felicitas.
_¡Hermanas! _ repitió Rosario dando un beso sonoro en la mejilla a Felipa.
Todas rieron, incluída doña Rosaura. Si sus hijas eran felices, ella también lo era. Los reparos a aquellas bodas los guardó en un rincón de su alma, hoy debían disfrutar; mañana, Dios diría...
Al romper el abrazo notaron que Felipa lloraba.
_ Niña, ¿qué te sucede? _ se preocupó la madre de las jovenes. La tomó de la cintura obligándola a sentarse en una de las camas. Ella se acomodó a su lado sosteniéndole las manos, las tenía heladas. Rosario y Felicitas las rodearon espectantes.
_ Vamos Felipa, ¡cuéntanos! _ la alentó doña Rosaura.
_ No quiero traer tristeza en este día especial _ respondió sin levantar la vista. Sus lágrimas, como perlas, caían sobre su regazo.
_¡Tonterías! Habla de una buena vez. ¿Es por el terco de Alejo, verdad? _ presionó alterada la mujer. _ Pues claro,¿quién más puede hacerte llorar? _ adivinó ante el silencio de Felipa. Sólo Alejo era capaz de hacerla sufrir con tanta intensidad._ Cuando regrese me va a escuchar. Pero dime, ¿por qué se pelearon esta vez?
Felipa no podía revelarle el verdadero motivo del enojo de Alejo. No podía confesar que deseaban fugarse, que Alejo se enfureció cuando ella se negó a partir justo en la boda de sus amigas, y que por eso mismo huyó exasperado a la quinta de Retiro dejándola sola y alterada.
"Te vas a arrepentir de tu estúpida decisión Pipa. Siempre hay otro antes que yo. Muy bien quedate con tus amiguitas, yo me voy...¡Adiós!", al recordar las hirientes palabras se le crispó la piel.
_ Esta bien, no me lo digas. Seguramente fue por sus tontos celos _ escuchó decir a doña Rosaura _ No llores querida, no vale la pena. Cuando ese muchacho necio regrese, se las verá conmigo.¡Habrase visto!, hacer sufrir a nuestra hermosa Pipa._ y en el abrazo que le dio doña Rosaura sintió la ternura de su madre.
Rosario, solícita,  le acercó un vaso de agua.
_ Vas a ver como regresa mansito, con el rabo entre las patas suplicando tu perdón _ le dijo convencida Felicitas.
"¡Ojalá!", rogó Felipa mientras el agua fresca sofocaba el temor de su corazón.