martes, 27 de junio de 2017

FELIPA, EN CARNE VIVA Cap.18

"Te toqué y se detuvo mi vida"
Pablo Neruda 

Buenos Aires, Enero de 1819
El calor agobiante la impulsó a abandonar la recámara buscando una brisa fresca a orillas del río.
Con sigilo descendió de la cama, él dormía profundamente. Como de costumbre, apenas le dio un frío beso en la mejilla acompañado de un "Buenas noches, querida". Eso era todo, ni una caricia ni una palabra de amor. Casi un año después de la boda, estaban allí, en la quinta de verano, en las afueras de la ciudad, compartiendo con la familia su luna de miel. Rosario lloró su error. "¿Por qué me empeciné en este matrimonio?, ¿por qué no escuché los consejos de mi madre, de mi hermana y Felipa? ¿Por qué fui tan tonta? El profundo amor que le profesaba hoy es un profundo odio".
Rubén expuso decenas de pretextos para no realizar el viaje de bodas, todos sin fundamentos. Ella aceptó la decisión de su marido con sumisión y con la tonta esperanza de hacerlo realidad más adelante.
Felicitas y Darío hicieron un corto viaje a Montevideo. La muchacha no deseaba estar fuera de Buenos Aires mucho tiempo por temor a que Darío sufriera una recaída. Si bien la salud de su marido era buena últimamente, ella era muy precavida y deseaba tener todo bajo control.
Rosario sonrió al recordar el rostro eufórico de su hermana al regresar. Se la veía feliz y agradecida a la vida por haber cruzado su destino con el de Darío, un hombre que la amaba con desesperación.
¡Cuánto la envidiaba! A Felicitas, y a Felipa, también. Se avergonzó de ese sentimiento egoísta. "Si sufro, es exclusivamente por mi culpa, por mi necedad. El nunca me amó".
Se cubrió con un mantón azul bordado con hilos de seda multicolores, cerró con cuidado la puerta del dormitorio, en puntillas cruzó el comedor y se dirigió a la cocina. Todo estaba en penumbras. Sus pies desnudos gozaron al ponerse en contacto con el frío piso de piedras. Salió a la intemperie por una puerta trasera. El cielo estrellado le dio la bienvenida y la luna, muy oronda, la tiñó de plata.Corrió como una chiquilla traviesa los pocos metros que separaban la casona de la ribera.
Parecía un hada medieval: el viento tibio golpeaba su rostro haciendo que su largo cabello castallo se desplegara como alas de mariposa. El mantón resbaló por su espalda dejando en evidencia sus suaves curvas a través del camisón de gasa transparente. Toda ella era luz.
Lautaro la observaba de lejos, apoyado en el tronco de un sauce que una tormenta de verano arrancó de raíz. No podía apartar su mirada de aquella visión mágica, de otra dimensión.
Obnubilado, recordó las historias de su abuela, una poderosa "Machi" de su tribu, una curandera capaz de resucitar muertos.
Rosario, bella y etérea, le recordó la leyenda de  "Nube Azul", esposa del cacique Melín a quién amaba perdidamente. Cuando él se ausentaba, ella no hablaba con nadie hasta que regresara, y sólo derramaba lágrimas de amor.
Cierta vez el Ejército de los blancos atacó la toldería en una tristemente célebre campaña para desterrar a los indígenas de las Pampas. El grupo de ranqueles comandado por el cacique Melín fue emboscado y masacrado sin piedad. De la matanza sólo sobrevivió Nube Azul, que a lomo de su caballo huyó hasta llegar a una laguna. Y allí, aterida de dolor, maldijo a los blancos antes de morir.
Las palabras de su abuela flotaban en las sombras de la noche: "Los antiguos aseguran que en las noches de lluvia el espíritu de la india sopla y sopla para que el agua llegue hasta el pueblo de los blancos para su aniquilación. Dicen también que hasta que no haya un acto de desagravio por tamaña matanza, su espíritu lleno de furia, dolor y amor por su hombre, seguirá rondando y los males no cesarán para el maldito invasor".
Lautaro apreció el brío de esa india indómita en Rosario. Envuelta en una nube de gasas y sedas, parecía flotar sobre la bruma que se desprendía de las aguas del Plata.
La vio detenerse frente a la inmensidad del río y como una paloma herida por un flecha certera, desplomarse en la arena húmeda.
Sin pensarlo, salió disparado hacia ella. Debía abrazarla...debía saber que le sucedía.
Se arrodilló a su lado, ella ni se movió. Notó que lloraba y se atrevió a tomarla entre sus brazos. Era la primera vez que tocaba su piel. Lo quemó. ¡Cuánto la deseaba! Desde pequeño la deseaba...la amaba en secreto. Sólo Alejo sabía de su sufrimiento.
Ella no se opuso al contacto, todo lo contrario, descansó en su cuerpo. Rosario lentamente elevó la cabeza y sus miradas se cruzaron. Ella sonrió con timidez, él la imitó. Permanecieron en silencio...enlazados... descubriéndose.
Sin meditarlo, la besó. El, el indio bastardo, nieto de "Chamanes", besó con codicia y pasión a la princesa blanca, la niña de sus sueños...y ella, no sólo lo permitió sino que lo correspondió.
_ Rori _ se escuchó decir mientras saboreaba el dulzor de su boca exquisita.
"Soychu ha premiado mi paciente espera", pensó agradecido al dios Sol por el tesoro que tenía entre sus brazos.
La tendió con delicadeza sobre la arena y él se recostó a su lado sin dejar de besarla.
Conteniendo sus tremendas ansias de ella, desabrochó uno por uno los diminutos botones de la pechera del camisón.
Temblando, dejó al descubierto los pechos níveos, turgentes, que lo invitaban a saciar su sed. Se apoderó de ellos, no con rudeza como lo hacía Rubén sino con ternura, con reverencia.
Rosario jadeó y él, envalentonado, recorrió con sus manos ásperas y callosas la piel sedosa y fragante de su amada. Olía a moras silvestres, dulces y frescas.
_ Te quiero, Rori, siempre te quise, en silencio y sufriendo por creerte inalcanzable _ le confesó.
_ Lautaro, fui una tonta. Persiguiendo un espejismo, no advertí el verdadero amor. Ahora lo sé...estoy segura. Yo también te amo, siempre lo supe, pero me negué a aceptarlo _ Lautaro la escuchaba sorprendido.
_ ¿Cómo ibas a querer a un indio inorante y encima tuerto? Vo´sos una princesa, como esas de los cuentos que Alejo nos leía en nuestro refugio de la ribera cuando éramos chicos, ¿te acordá?_ hablaba sin interrumpir sus caricias, cada vez más atrevidas.
_ ¡Shh! _ Rosario lo silenció poniendo un dedo sobre sus labios, él inmediatamente, lo atrapó entre sus dientes y lo saboreó como si fuera una confitura de azúcar.
_ Jamás vuelvas a repetir eso de "indio ignorante y tuerto". Perdiste el ojo en una batalla defendiendo la libertad de nuestra Patria. Te respeto y admiro por eso. Y si no acepté mi amor por vos fue por miedo al rechazo social. Soy muy cobarde...terca, necia y cobarde. Perdón Lauti. _ el usar el disminutivo con el que cariñosamente se llamaban en la infancia, lo desarmó. La apretó contra su corazón, con fuerza y fogosidad. La penetró con urgencia. Y ella sintió fuego corriendo por sus venas.
Se amaron con intensidad. Por primera vez Rosario gozó. Rubén la ultrajaba, la humillaba; en cambio Lautaro la elevó hasta el séptimo cielo.
Rosario llegó primero al orgasmo, una explosión de sentidos que la hizo volar hasta alcanzar las estrellas.
Lautaro creyó que su corazón iba a estallar, tan acelerado estaba. Estar dentro de ella era la gloria.
Cuando la tormenta de sentimientos amainó, Rosario se acurrucó junto al muchacho y suspiró satisfecha.
_ Lo odio _ dijo en voz baja.
_ ¿Te maltrata? Porque si eso hace lo mata ya mesmo _ se enfureció Lautaro.
_ No, sólo me ignora _ respondió para tranquilizarlo revelando sólo una parte de la verdad. Rubén la despreciaba, se burlaba de su inocencia en las artes amatorias, comparándola siempre con su amante, una francesa que conoció en el burdel que solía frecuentar y que luego acomodó en una coqueta residencia en las afueras de la ciudad. Por vergüenza nunca se lo contó ni a su hermana ni a Felipa, menos a su madre. No quería que sufrieran por ella.
_ Rosario prometeme que si ese mal nacido te pone una mano encima me lo vas a contar enseguida _ ante el silencio de la joven volvió a insistir con vehemencia _ ¡Prometémelo!
Ella acarició con ternura el parche que ocultaba la cuenca vacía. El se lo permitió, a ella se lo permitiría todo porque ella era su dueña.
_ Si, mi amor, te lo prometo _ mintió, jamás lo pondría en peligro.
"Mi amor", esas palabras pronunciadas por Rosario y dirigidas a él, lo emocionaron. Nunca, ni en su más loco sueño se ilusionó con escucharlas alguna vez.
_ Tonce, ¿soy tu amor? _ preguntó apocado.
_ Claro que sí, siempre has mi amor. Yo fui la tonta que no lo supo ver _ contestó divertida por la turbación de su hombre _ Lauti, debo regresar antes de que Rubén se despierte y no me encuentre.
La ayudó a sacudirse la arena del camisón y del cabello. Pero al tocarla la tentación lo asaltó y sin resistirse la besó con apetencia.
_ Debo regresar... _ le repitió apenas convencida. Ella también deseaba prolongar ese momento fascinante y singular.
A regañadientes se separaron. De la mano la acompañó hasta la entrada de la cocina. Un último beso y la promesa de encontrarse al atardecer siguiente sirvió de consuelo para despedirse.
Rosario, con el alma ligera, regresó a la cama. Apoyó la cabeza en la almohada que olía a lavanda y cerró los ojos. Recordó los besos brujos de Lautaro y sonrió ilusionada.
Rubén. a su lado, en sueños añoraba los besos con sabor a opio de su amante.
Lautaro caminó reflexionando sobre lo sucedido hasta su rancho, una pobre edificación en los linderos de la propiedad de su patrón, don Ildefonso. Al pensar en él se enfureció; lo odiaba y a Rubén, el hijo, también.
"Hijo de puta, si me entero que la hacés sufrir te despellejo vivo", caviló fuera de sí.
Al llegar se tiró en el catre, puso los brazos detrás de la nuca y clavó la mirada en el techo de paja. Se distrajo por un segundo con una araña que tejía meticulosa su elaborada tela, trampa para algún insecto distraído.
"¿Y aura?, ¿qué hago? Quiero a la Rosario con mi vida, pero no tengo nada pa´ofrecerle. Vivo en este rancho de mierda, y encima no es mío, es de don Ildefonso. ¡Todo es de él hasta yo mesmo le pertenezco, carajo! Ella se merece lo mejor y yo no tengo nada, sólo mi amor. De una cosa estoy seguro, no la vuá  dejar en manos de ese bellaco. Rosario me mintió, sé muy bien que Rubén la trata como si juera un trapo y yo no lo vuá permitir. ¡Maldito marica! Me la vuá llevar lejos de acá...sí eso vuá  hacer. Antes tengo que hablar con Alejo, él es mi amigo, mi único amigo. El me va a aconsejar, confío en él". Al llegar a esta conclusión cayó en un sueño profundo y tranquilo. Por fin su deseo inalcansable se había hecho realidad y no permitiría que ningún "gualicho" se lo arrebatara.