domingo, 6 de agosto de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.34

"Ni el pasado está muerto
 ni está el mañana,
 ni el ayer escrito".  Antonio Machado

Rafael, intrigado por la reacción de Mercedes y Lorenzo al nombrar al Jefe de Policía, clavó su mirada en ellos esperando una respuesta.
_ ¿Lo conocen ustedes a don Esteban Salguero? Estoy seguro Lorenzo, que cuando le comenté que la semana pasada me entrevisté con el Jefe de Policía, usted me dijo que no lo conocía _ afirmó levantando una de sus cejas adoptando una postura de perplejidad e intriga.
_ Sí, si, lo conocemos, pero este no es momento de dar explicaciones. Rápido Rafael, corra a buscarlo. Si Salguero puede ayudarnos, pues, ¡que ayude! _ expresó contrariada Mercedes.
_ ¡Vaya, vaya muchacho! No tenemos un minuto que perder _ lo apuró Lorenzo.
Lo último que Lorenzo y Mercedes deseaban era abrir un capítulo del pasado que tanta tristeza les ocasionó a todos.
Rafael siguió el consejo de Lorenzo y en compañía de los dos vigilantes se dirigió presuroso a la casa de Salguero.
_ ¿Quién es ese Salguero? _ Tina le susurró a Mercedes mirando de reojo a Lourdes que estaba recostada con los ojos cerrados en la chaise longue. Lola estaba a su lado tomándola de la mano.
_ Acá, no. Vamos a la biblioteca _ sugirió Mercedes invitando con un movimiento de cabeza a su hermano.
_ ¿Por qué tanto misterio? _ una vez solos preguntó con interés Tina al observar como Lorenzo cerraba con llave la puerta.
_ Esteban Salguero es el padre de Lourdes _ soltó a boca de jarra Mercedes y se desplomó en una de las sillas.
_ ¿Queeeé? _ Tina, sorprendida, imitó a Mercedes._ ¿Pero cómo lo descubrieron? Lourdes cree...yo creía que ustedes no sabían quién era el padre _ la novedad la aturdió.
_ Nos enteramos por casualidad, poco después de la Primera Comunión de Lourdes. Para ser más específico, en la fiesta que ofrecimos a nuestros amigos luego de la misa _ Lorenzo encendió un cigarro, necesitaba fumar, necesitaba despejar la mente.
_ ¡Mi buen Dios! _ gimió tensa Tina._ No me dejen sobre ascuas, por favor, cuéntenme.
_ Muy bien _ suspiró Mercedes _ Sucedió en esa bendita reunión. Un matrimonio conocido de Lorenzo...
_ Con el hombre, Aldo Rivero de Zúñiga, hice varios negocios...venta de ganado, de cueros..._ intervino Lorenzo _ Una persona ingeniosa y honesta.
_ Aldo es de mi agrado, pero su mujer, Teresa, es una víbora. Siempre metiendo las narices en los asuntos ajenos. Y precisamente esa arpía nos reveló el secreto mejor guardado de Consuelo _ manifestó meneando la cabeza Mercedes.
_ Teresa, aprovechando que el marido y yo manteníamos una acalorada conversación sobre política, él estaba a favor de Rivadavia y de su pésimo decreto de prohibir la venta de terrenos fiscales y yo, por supuesto, en acérrima oposición.
_ Al grano Lorenzo, al grano _ se impacientó Mercedes.
_ Como decía _ Lorenzo fastidiado por la intolerancia de su hermana continuó _ aprovechando la distracción de su marido se llevó a Mercedes a un lugar apartado y...
_ Y allí Teresa me contó que en un viaje que hicieron a Córdoba, provincia a la que huyó el muy cobarde cuando se enteró del embarazo de Consuelo, asistiron a una reunión en la casa de la familia Salguero. Fue entonces cuando Esteban le confió a su marido la verdad: que el padre del hijo de Consuelo Aguirrezabala era él _ terminó Mercedes, los ojos cargados de lágrimas, la voz estrangulada.
_ ¡Maldito hijo de puta! _ Lorenzo dio un tremendo golpe con su puño sobre el escritorio, una pila de libros tambaleó y el tintero se volcó provocando un desastre al derramarse la tinta sobre unas invitaciones y algunos documentos.
_ ¡Lorenzo!, mirá lo que conseguís alterándote _ con un trozo de tela basta que encontró en uno de los cajones del escritorio trató de absorber la tinta que manchaba las invitaciones del gobernador Pastor Obligado a la demostración práctica de la telegrafía eléctrica mediante una línea tendida entre el Hotel Provence y un local de daguerrotipo ubicado sobre la plaza de la Victoria.
_ ¡Mujer!, que importancia tienen esas estúpidas invitaciones en este momento _ vociferó Lorenzo, cada vez más alterado,
_ Tenés razón, ¡a la mierda con esto! _ y de un manotazo arrojó las invitaciones al cesto de basura escondido bajo el escritorio.
_ Me dejaron sin palabras. Y ahora este Esteban Salguero está al frente de la búsqueda de Miguelito...¡de su nieto! Tenemos que decírcelo a Lourdes _ propuso tímidamente Tina.
_ De ninguna manera _ se opuso Mercedes, ya bastante sufrimiento tenía su nieta para agregarle uno más.
_ No seas terca mujer. Tina tiene razón, ya es hora de que Lourdes sepa la verdad sobre su padre _ Lorenzo se acercó a su hermana y la abrazó con ternura, ella apoyó la cabeza sobre el hombro de él y lloró quedamente.

_ ¡Esteban!, ¡Esteban! _ Laureana, la sirvienta de Salguero golpeó nerviosa la puerta del dormitorio liberándolo de su eterna pesadilla... de su conciencia atormentada por los remordimientos...de la imagen de Consuelo.
_ Ya voy, ¿qué sucede? _ abrió la puerta frotándose los ojos, amenazado por una fuerte jaqueca.
_ Un tal Bautista Roldán pide verte _ la negra retorcía su delantal con vehemencia.
_ ¿A estas horas?, ¿qué quiere? _ se molestó _ ¡Estoy indispuesto, no puedo atenderlo!
_ Es que...está muy angustiado...¡está como loco!, ¿qué le digo tonce? _ le gritó descontrolada.
_ Calma Laureana, ¿dónde está? _ transigió vencido por la desesperación de la mujer.
_ En la sala _ respondió con un hilo de voz.
Lo encontraron caminando de un lado al otro, como un león enjaulado.
_ Don Salguero, algo terrible sucedió. Miguelito, el hijo de doña Lourdes Aguirrezabala desapareció.
Al escuchar el apellido se paralizó. ¿Aguirrezabala?
_ ¿Cuando sucedió? _  trató de no tartamudear, debía controlar los nervios.
_ Fue esta mañana, jefe _ contestó con energía el vigilante de bigote frondoso.
_ ¿Y por qué no se me avisó? Dejé órdenes específicas al respecto: si otro niño desaparecía debían avisarme sin demora _ se enfadó.
_ El oficial Saturnino pensó que podríamos resolver la situación sin necesidad de molestarlo...como usted, jefe, estaba con licencia por enfermedad..._ se defendió el vigilante. El otro apoyó el argumento de su compañero.
_ ¡Al carajo con mi enfermedad! Ante una urgencia deben buscarme inmediatamente. Y esto es una urgencia. ¡Entendido! Don Bautista, me cambio de ropa y salimos para la comisaría. ¡Laureana, mi uniforme, rápido! _ entre gritos y órdenes desapareció por el zaguán. Escucharon decir a la negra:
_ ¿Cómo te vas a ir? Si estás volando de jiebre _ se alarmó. Laureana intentó hacerlo desistir sin éxito.
_ Laureana no me jodas y hacé lo que te digo ¡ya! _ la enfrentó malhumorado. La negra a regañadientes lo ayudó a vestirse.
De camino a la comisaría, Rafael lo puso al tanto de todos los acontecimientos ocurridos hasta el momento. Le contó sobre la amnesia que lo separó de su familia. Le reveló su verdadero nombre: Rafael Cané. Y cómo la gran alegría del reencuentro con Lourdes, el amor de su vida se oscureció con el rapto de su hijo Miguelito. Salguero lo escuchaba obnubilado. Por fin el Cielo le daba una oportunidad para purgar su culpa. "Lourdes, hija, prometo devolverte a tu hijo, mi nieto, sano y salvo, aunque me cueste la vida".
Los vigilantes, a su vez, le detallaron las pistas que obtuvieron a partir de su conversación con don Nicanor, el dueño de la fonda.
_ Sin lugar a dudas, "El Búho" está involucrado en esto, lo siento don Rafael _ dijo mientras desmontaban y dejaban los caballos al cuidado de un jovencito, aspirante a policía, que salió al encuentro de los recién llegados.
Rafael sintió el impacto de la feroz aseveración en todos sus huesos, como un puñetazo desvastador.
_ Vamos a mi despacho. ¡Saturnino! _ llamó al oficial que salía del sanitario secándose las manos con una toalla raída.
_ ¡Jefe!, ¿está mejor? _ el oficial se sorprendió al verlo. Por un lado temió una reprimenda por desobedecer sus órdenes, pero por otro lado, sintió alivio de tenerlo nuevamente al frente de la investigación.
_ Eso es lo de menos _ y continuó crispado _ Saturnino, me extraña su transgresión, ¿por qué no me avisó cuando las cosas se complicaron? Estamos en un momento sumamente delicado.
_ Perdón Jefe, no se volverá a repetir _ respondió cabizbajo.
_ Eso espero, y ahora traiga una botella de ginebra para aflojar la tensión. Aquí al amigo le vendrá bien algo fuerte _ dijo palmeándole la espalda a Rafael.
_ Pe-pe-pero estamos en servicio Jefe _ se escandalizó.
_ ¡Una mierda el servicio!, una copita para entonar no entorpecerá la investigación. No se quede ahí parado como un ganso, ¡muévase!_ mientras esperaban que Saturnino regresara con la bebida, Salguero interrogó a Rafael; debía saber que lo relacionaba con los Aguirrezabala...con su nieto. ¡Dios mío!, ese niño desaparecido era su nieto y posiblemente estaba en las garras de "El Búho".
_ ¿Qué relación tiene con la víctima? _ trató de parecer frío y distante cuando en realidad estaba espantado.
_ Es mi hijo._ respondió escuetamente.
_ De manera que usted es...
_ El marido de Lourdes Aguirrezabala _ completó algo irritado.
_ Ahora comprendo su angustia. ¡Saturnino!_ gritó asomándose por la puerta de su despacho _ ¡A ver si se apura!.
El pobre hombre se abrió paso a codazos entre los vigilantes que se amontonaban en los distintos escritorios comentando los sucesos del día. Debajo de su gabán, oculta la botella de ginebra. Una vez en la oficina del Jefe, se encerraron para pergeñar un plan. No había tiempo que perder y ya habían perdido demasiado. La vida del niño corría peligro.
_ Saturnino, usted cree que El Búho tiene a Miguelito _  Salguero clavó sus ojos oscuros, insondables en el rostro ajado del oficial.
_ No me cabe ninguna duda Jefe. La certeza me la dio don Nicanor, el dueño de la fonda. La descripción que nos dio del hombre misterioso coincide con El Búho. Un hombre alto, corpulento, de cabello oscuro, bien vestido...un caballero, de buenos modales _ respondió convencido. A continuación descorchó la ginebra. Se hizo un breve silencio mientras todos bebían.
_ ¿Cómo obtuvieron esos datos? _ preguntó intrigado Rafael _ La semana pasada cuando hable con usted poco se sabía. Sólo tenían un testigo y poco creíble, una tal Chinga, una india loca que acostumbra entonar canciones fúnebres.
_ Como le aseguré en ese momento, ordené a mi personal reforzar la vigilancia sobre todo en la periferia de la ciudad.Vigilamos los barrios bajos las veinticuatro horas del día, hablamos con la gente...a veces amigablemente, otras no tanto, no es tiempo para andar con remilgos. Los vecinos de Monserrat tienen miedo, mucho miedo. Ellos dicen que Mandinga recorre las calles con sed de sangre. Les preguntamos bajo que forma humana se presenta Mandinga, el Diablo. Y ellos santiguándose nos respondieron: "un hombre de gran estatura siempre cubierto con una capa negra y luciendo un sombrero de copa. En su mano, un bastón de oro con el que señala a su víctima, siempre niños". Indagando descubrimos que han desaparecido más niños de los que están denunciados. Muchos de ellos son huérfanos, indigentes que viven de la limosna o el robo. También seguimos la pista que nos dio la Chinga y resultó que la loca tenía razón. Dimos con el negro que nos describió, en pedo y durmiendo a pata suelta cerca del río. Lo encerramos durante dos días, pero como no pudimos sacarle ni una palabra, parece que es retrasado el infeliz, lo soltamos. Igualmente lo tenemos vigilado. Tengo el presentimiento que está vinculado con El Búho. Como se dará cuenta, el oficial Saturnino Robles y sus vigilantes a caballo han hecho un excelente trabajo _ finalizó Salguero.
_ Sin embargo no lo atraparon y mi hijo sufre las consecuencias _ se alteró Rafael arrojando su vaso de vacío contra la pared.
_ Tiene razón amigo, tiene toda la razón, pero no me va a negar que estas pistas pueden llevarnos hasta El Búho y a su guarida _ trato de tranquilizarlo Saturnino Robles _ Tómese otra copita, le va a caer bien _ sacó otro vaso del cajón del escritorio y le sirvió ginebra hasta el borde.
_ No quiero ginebra, no quiero más palabras vacías...¡quiero encontrar a mi hijo!, ¡ahora! _ sin embargo aceptó el vaso que le ofrecía Saturnino y enfurecido hizo fondo blanco.
_ Saturnino, informe a los vigilantes a caballo que dentro de media hora saldremos a patrullar los alrededores de la parroquia de San Ignacio. Allí nos divideremos, su grupo se desplegará por la zona costera, y don Rafael y yo nos dirigiremos al área de pulperías con otro grupo de vigilantes. Don Rafael le aseguro que esta misma noche encontraremos a su hijo y daremos caza a El Búho _ le aseguró Salguero palmeándole la espalda.
Pasada la medianoche, el grupo encabezado por Salguero y Rafael cabalgaba por una calle fangosa y apenas iluminada por unos pequeños faroles colgados en la puerta de alguna pulpería y de algún que otro burdel. Los acordes de una guitarra y el canto lejano de un payador quebraban el silencio de la noche.
De repente divisaron un bulto que se acercaba envuelto en la niebla nocturna. Si hubieran sido supersticiosos hubieran pensado que San La Muerte se acercaba en su busca. Pero no, no era San La Muerte, era un hombre enorme conduciendo una carreta.
A una orden de Salguero, todos se detuvieron bloqueando el camino.
Tadeo intentó cambiar de dirección. Los caballos se retovaron y la carreta casi vuelca.
En cuestión de segundos lo bajaron del asiento y lo enlazaron como si fuese ganado. El negro gritaba y pateaba. Salguero desmontó al instante y lo silenció a rebencazos.
_  ¡Callate negro de mierda! ¿Para dónde vas a estas horas? ¡Hablá carajo! _ tronó desquiciado.
Tadeo lo miró aterrado; la nariz chorreando sangre. Recordó la terrible paliza que le habían propinado cuando lo encerraron días pasados.
_ Si hablo me mata _ balbuceó.
_ ¿Quién?, ¿quién te va a matar? _ Rafael intervino y como el negro se negaba a responder le propinó un feroz puntapie en los cojones. Tadeo aulló como un lobo. _ Si no hablas te mato yo, engendro del demonio.
_ El Búho _ respondió entre sollozos.
_ Jefe venga a ver ésto _ Salguero dejó al negro con Rafael, colapsado por la confesión, y corrió junto a Saturnino.
_ El cadáver de una mujer y por el color de la piel supongo que fue envenenada _ Saturnino quitó la manta que cubría el cuerpo para que Salguero lo apreciara bajo la luz de una antorcha.
_ Tiene razón, la envenenaron. ¡Rafael! _ lo llamó.
Rafael se puso lívido al reconocerla. ¡Amelia! ¡Dios santo! ¿Qué estaba sucediendo?
_ ¿La conoce? _ se sorprendió Salguero al notar la repentina palidez del muchacho.
_ Es la hermana de Imanol Pacheco del Prado, mi médico y primo de mi mejor amigo, Joaquín Insúa._ contestó sin dar crédito a la escena que tenía delante de él.
_ Saturnino regrese con sus hombres a la Comisaría. Lleven la carreta con el cuerpo y den aviso a los familiares de la difunta. Rafael y yo forzaremos al negro para que nos guíe hasta la guarida de El Búho.
Pero al regresar junto a Tadeo lo encontraron muerto. El y los dos policías que lo custodiaban, muertos.
_ Dardos venenosos _ sentenció Salguero al inspeccionar los cuerpos.