martes, 15 de agosto de 2017

UN NUEVO AMANECER, Cap.35

"¡Y ved cómo ahora soy castigado!
 El Infierno no guarda terrores para mí.
 Esta es mi condición".
James Joyce 

Imanol, luego de despachar al indio Tadeo con el cadáver de su hermana, celebró su triunfo, un triunfo que bullía en su sangre descorchando un aromático champagne francés que encontró oculto en un rincón privilegiado de la bodega.
_ ¡Supremo! _ suspiró inhalando el bouquet del vino, un aroma floral a violetas y acacias que lo transportó a Perpiñán, un pueblito ubicado al sur de Francia. Una sombra enturbió su felicidad, el recuerdo de Jean le revolvió las tripas y de un manotazo apartó la botella de su vista. La deliciosa y cosquilleante sensación de las burbujas en su paladar se volvió áspera y más amarga que la bilis.
_ Jean _ pronunció con dolor derrumbándose en uno de los sillones de la sala, cerró los ojos y la imagen del hombre al que amó con locura lo arrastró a las sombras de un pasado imposible de olvidar, un pasado grabado a fuego en cada una de sus malditas células.
Dieciocho años tenía Imanol cuando su padre, el duque de Nájera, lo envió a estudiar medicina a Montpellier. El joven estaba exultante, por fin libre de la vigilancia paterna, opresiva y asfixiante. Por fin haría realidad su sueño, estudiar el interior del cuerpo humano. La curiosidad y las ansias de investigar lo consumían. Sin embargo, grande fue su decepción cuando luego de un año de estudio intenso se topó con la dificultad de encontrar cadáveres para diseccionar.
Los dedos de Imanol escocían de ansiedad por tomar un bisturí y rasgar la piel, cortar la carne inerte, separar los diversos tejidos, y cual cortina que se corre, descubrir los órganos y sus misterios.
Debía hallar una solución para su apremio y además debía hacerlo clandestinamente porque la Justicia prohibía la disección de cadáveres.
Si Leonardo Da Vinci habia logrado descuartizar treinta cadáveres y observar su interior para realizar sus ilustraciones anatómicas, él también lo conseguiría.
Una mañana, mientras hojeaba un volúmen sobre Patología ricamente ilustrada en la biblioteca de la Facultad, un joven se sentó delante de él, mesa de por medio, y lo miró con insistencia.
_¿Qué quieres? _ se enfadó Imanol. Odiaba las interrupciones cuando estaba enfrascado en sus estudios.
Pero cuando confrontó al impertinente, su corazón brincó descontrolado. Unos fascinantes ojos verdes, como el más puro jade, lo observaban con interés. Disimuló su desconcierto y repitió con tono ácido.
_ ¿Qué quieres? ¡Detesto los entrometidos! _ "mentira, a ti te deseo", pensó contrariado sin poder controlar sus sentimientos.
_ Me llamo Jean y pertenezco al los Resurreccionistas. Su merced sabrá a lo que me refiero, ¿verdad? _ una sonrisa cómplice acompañó su respuesta jovial y desenvuelta. Los "Resurreccionistas" se dedicaban a desenterrar cadáveres para venderlos para la disección.
_ ¡Claro!, y con eso..._ Imanol lo supo en ese momento: amaría a Jean oponiéndose a toda condena social, pisoteando tabúes y prejuicios.
Desenfadado,se estiró sobre la mesa hasta casi rozar el rostro de Imanol. El aliento cálido del joven con resabio a cerveza y almendras no le molestó, todo lo contrario, imaginó un beso profundo e interminable.
_ Vengo a ofrecerle mis servicios. Esta misma noche puedo conseguirle un cadáver _ dijo confidencialmente bajando la voz.
La afirmación lo dejó atónito. Por fin sus ruegos fueron escuchados por Dios o por Satán, lo mismo daba.
Imanol cerró de un golpe el libro que tenía entre sus manos y con un gesto de la cabeza invitó al joven a seguirlo.
Se internaron en los jardines que rodeaban la Universidad buscando privacidad.
_ ¿Cómo lo harás? _ preguntó exaltado. La posibilidad de cortar un cuerpo lo exitaba, como en ese momento lo excitaba la proximidad de Jean...alto...fibroso...apetecible.
_ Esta madrugada ahorcaron un sodomita _ el delito heló la sangre de Imanol _ Y como nadie reclamó el cuerpo, los policías lo tiraron en la fosa común del cementerio, donde van los delincuentes y los marginales. Apenas está tapado por una fina capa de tierra, no será dificil sacarlo. Además si a eso le agregamos una buena propina al cuidador...
Alli comenzó una relación que con el correr de los días se volvió febril. Jean resultó ser un amante fogoso que lo encendía con sólo rozarlo.
Por las tardes, una vez finalizada la jornada de estudio, huían a Perpiñán y en una hostería a orillas del río Tët, se amaban libremente, ofreciéndose él uno al otro sin inhibiciones.
Pero el idilio pronto se quebró como un leño seco. Encontraron a Jean degollado en un callejón maloliente.
La noticia devastó a Imanol, y más aún cuando se enteró por una carta de Amelia que su padre había dado la orden.
_ ¡Siempre me vigila!. Es un perro sarnoso que no se cansa de roer mis entrañas. No te aflijas padre, ya me encargaré de ti y para mí será el Paraíso oirte suplicar _ despojándose de los recuerdos, se sirvió otra copa de champagne.
_ ¡Por ti, Jean! _ vació la copa de un trago y la estrelló con furia contra la pared _ Rafael, ¡maldito seas!, te amé casi tanto como a mi adorado Jean, pero tú no supiste apreciarme, ciego a mi amor por esa zorra. Ahora tendrás tu merecido. Encontrarás a tu hijito, claro que sí, tendido sobre la mesa de mi laboratorio y su pequeño corazón en una caja de terciopelo. Mi regalo para Lourdes _ una carcajada perversa reverberó por toda la casa.
Recobrado de sus amargos recuerdos, se enfundó en su capa de terciopelo negro y abandonó la casa montado en un zaino.
"Tadeo seguramente hace rato que habrá llegado", pensó satisfecho. Primero gozaría sexualmente con Miguelito, para después continuar gozando con él, pero científicamente. Rió por lo bajo.
Galopó por las calles silenciosas, todos dormían salvo su víctima que esperaba el desenlace fatal de su destino.
Imanol sintió el miedo del niño correr su sangre y se excitó. Apuró al caballo azotándolo con el rebenque.
Cuando estaba llegando la luz de antorchas lo alertó. Aminoró la marcha y buscó un camino entre los árboles, alejado del principal.
Grande fue su sorpresa al ver a Tadeo con las manos y los pies amarrados entre dos vigilantes armados con sendos trabucos. A poca distancia de ellos, camuflado por las sombras de los árboles, bajó del caballo, extrajo una cerbatana y tres dardos de la alforja que colgaba de la silla de montar. Los dardos estaban untados con batracotoxina, un veneno que Imanol extrajo de un especímen de rana llamada "Phyllobates tirribilis". Calentarlas sobre el fuego para que el veneno gotee era una diversión extraordinaria para él.
Colocó los dardos en la cerbatana y sopló dando en el blanco con suma precisión. Uno...dos...tres...
Convulsión, parálisis y muerte...todo en un pestañear de ojo. Asunto resuelto.
Volvió a montar y sigilosamente se alejó del lugar. Nunca encontrarían su laboratorio, de eso Imanol estaba seguro. Tadeo podría haberlos guiado, pero ahora estaba ardiendo en el Infierno. Sofocó una carcajada y continuó la marcha. Miguelito lo esperaba.
Quince minutos después desmontó  frente a un edificio en ruinas, su laboratorio, su solaz. El chirrido de la cerradura al girar la llave despertó a los murciélagos que descansaban en las ramas de una acacia blanca de tronco recto y copa globosa bajo la que dejó ramoneando tréboles al zaino.
La oscuridad le dio la bienvenida. Cerró la puerta y escuchó. Nada. Ni llanto ni lamentos. "Extraño, muy extraño", pensó buscando encender una vela. Con incertidumbre alumbró la jaula en donde tenía encerrado a Miguelito.
_ ¡Mal rayo me parta!¿Dónde coño está ese niño? _ rugió como un volcán escupiendo lava.